Relato de terror: “Somos Géminis”.

 Por: Andrés Gandía.

 

–        ¡Hola!. -Dijo Paco-.

–        ¿Quién eres?, -respondió Francisco-.

–        Soy tú. O tu otro yo. O tú eres mi otro yo. O….

–        Vale, vale, Paco. Ya estás otra vez dando la tabarra. Pero si lo de ponerse trascendente me corresponde a mí…

Francisco estaba sentado en su sillón del salón de su casa; una casa de familia acomodada, un apartamento muy grande y céntrico en una capital de provincia. La casa estaba decorada con bastante buen gusto. No porque Francisco hubiera empeñado el mínimo esfuerzo en ello, sino porque su mujer, Jacinta, había impuesto su criterio.

–        Yo, con que me dejes sentarme en mi sillón, me doy por satisfecho.- Solía decir Francisco -. Por lo demás, puedes hacer lo que te venga en gana.

–        Tu siempre vas a la tuya – respondía Jacinta-  Pero si no fuera porque yo me ocupo de todo…

Jacinta era una mujer de mediana edad, con alguna arruga, fruto de ver crecer a sus dos hijos y de, como ella decía, “aguantar” a su marido; que tuvo que ser bella de joven y todavía retenía ese señorío de quien se ha sentido admirada por todos, pero, sin embargo, poco valorada por los suyos. Callada en su labor de ama de casa hacendosa, con una carrera universitaria de grado medio no ejercida por aquello de que “alguien tiene que criar a los niños”. Una mujer que, a veces, lloraba en silencio sus frustraciones….

Como se puede observar, se trataba de un matrimonio como otro cualquiera. ¿O no?. Bueno, ya veremos. Pero volvamos a la conversación entre Paco y Francisco:

 

–        ¿Qué lees?.- Dijo Paco -.

–        Es evidente que estoy leyendo el periódico. Y tu también.

–        Si; pero tu estás en la sección de Política mientras que a mi me gustaría ver los anuncios de tías.

–        Eso ya lo hemos visto antes…- Farfulló Francisco mirando por encima de las gafas -.

–        Pero solo de pasada.

–        ¿Y qué mas quieres?.

–        ¡Esta claro, que seamos un poco más yo y un poco menos tu!.

–        Siempre estamos con lo mismo…

–        ¡Pues claro, somos Géminis!.- Esta afirmación la apoyó Paco levantando la voz con una pizca de orgullo.

–        Con la leche de los Géminis, estamos siempre hechos un lío.

–        Oye, que lo de leche me toca decirlo a mi, que soy el mal hablado. Tu eres el comedido.

–        Si, pero como me cabreas, pues salto. Además cuando somos tu, nos metemos en unos líos de tres pares…

–        Lávate la lengua, Francisco, que nos decía nuestra madre, y no digas lo que ibas a decir porque no llevas razón. Mas bien al contrario,. Cuando hemos sido yo, hemos hecho grandes cosas.

–        Si por ti fuera hubiéramos sido futbolista o actor o torero o escritor y gracias a que impuse mi criterio somos ingeniero.

–        Doctor Ingeniero, perdona, y esto gracias a mi impulso.

–        Y a mi constancia y tenacidad, que tu tienes arrancada de caballo y parada de burro.- Espetó Francisco que manifestaba a las claras su hartazgo de la situación-.

–        ¿Tú me hablas de parada?. ¿Tú que quisiste abandonar la carrera en segundo curso para pasarte a Ciencias Exactas, como se llamaba entonces a la Licenciatura en Matemáticas, porque te habían vuelto a suspender?.

–        “Nos” habían vuelto a suspender, perdona Paco. Y no era tan mala decisión.

–        Pero ahí me hiciste caso y tiramos hacia delante, a pesar de todo, ¿quién fue el tenaz entonces? .

–        Tu, o yo; o yo que sé. Pero si estamos siempre hechos un lío…- Insistió Francisco, repitiéndose una vez mas.-

–        ¿Un lío?.- Masculló Paco.- ¿Un lío porqué?. Si al final siempre estamos de acuerdo.

–        Hombre, siempre, siempre…- Dijo Francisco en voz baja, aferrándose al periódico y sin dejar de mirar por encima de las gafas.-

–        Si te refieres a nuestras contradicciones, eso es otra cosa; pero te advierto que son cosas normales, que les pasan a todos.

–        ¡Pero si tu y yo seremos cualquier cosa, menos normales!. – Dijo Francisco, empezando a ponerse nervioso-.

–        Mira, te voy a poner algunos ejemplos. – Explicó Paco.- A ti te parece muy bien, como a mi, que se puedan observar, disimuladamente, eso si, señoritas en top-les en la playa, porque son una alegría para la vista y, además es gratis, ¿no?.

–        Por supuesto, – Dijo Francisco -, y eso ¿a qué viene?.

–        Pues viene a que si la que se pusiera con las domingas al aire fuera nuestra Jacinta, o Merceditas, nuestra hija, ya no te parecería tan bien. ¡Y a mi tampoco!, como a cualquier hijo de vecino.-Concluyó Paco-.

–        Siempre con la nota soez y falaz…., murmuró Francisco.

–        Otro ejemplo, -seguía Paco-, : tu estás en contra del aborto; pero si tu hija fuera violada y quedara embarazada, ¿qué pensarías?.

–        ¡Me pones nervioso!, -estalló Francisco-, ¡no lo sé, no lo he pensado!, dijo, levantando la voz.

–        Si lo has pensado, no olvides que no me puedes engañar, porque pensamos los dos a la vez; pero es verdad que no lo sabes, tienes una inmensa duda, en tu interior estas convencido de que tus principios se irían por la borda ante una situación así….

–        ¡Bueno, basta, déjame tranquilo!, gritó Francisco.

–        Vale, vale, tío…..si a mi me pasa igual…Bueno, qué me iba a pasar, si yo soy tu…. dijo, pensativo, Paco.

–        Oye, y Paquito, nuestro hijo, ¿qué hace que vuelve a las tantas todas las noches?, siguió Paco.

–        Ya sabes, la edad, los amigos, las chicas…, por cierto, tu que eres tan liberal, tan “progre”, tan dispuesto a mantener los derechos de todas las personas a elegir su opción sexual, ¿qué me dirías si Paquito en lugar de interesarse por las chicas, lo hiciera más por lo contrario?…se adelantó Francisco en esta ocasión.

–        Me has cogido en donde más me duele, debo reconocerlo; pero, aún a disgusto, tragaría con ello,- dijo con énfasis y orgullo Paco-. Pero mi argumento no era ese, sino el de las adicciones. ¿Tu estás seguro de que Paquito no le da al porro, a las rayas o al botellón?.

–        Estoy seguro de que del botellón no se escapa, porque me quedo despierto hasta que llega, por tarde que sea,  las noches de los fines de semana y veo en qué condiciones lo hace; y rezo para que la cosa quede ahí, porque, sinceramente, no se qué otra cosa hacer para que no se tuerza su conducta, y más sabiendo que se parece a ti muchísimo, argumentó Francisco, removiéndose en el sillón, como si empezara a estar incómodo.

–        Bueno, dejemos el tema, que a mi también se me erizan los pelos nada más que de pensarlo. Pasemos a otra cosa: los impuestos. ¿Porqué siendo tu tan buen ciudadano, tan cumplidor de tus obligaciones, tan exigente con tus derechos, siempre que puedes evadir impuestos impunemente, al menos en teoría, lo haces?.- Inquirió Paco, con mala idea-.

–        Mira Paco, de este tema nos ocupamos los dos, como de todos los demás. No se trata de evadir impuestos, sino de pagar lo menos posible, de la manera más legal posible. Lo que sucede es que a ti no te remuerde la conciencia en absoluto y a mi, me asaltan las dudas y hasta que pasa un tiempo prudencial, no duermo bien.

–        En resumen, -sentenció Paco-, que entre los dos sumamos lo que cualquier mortal. Que a todo el mundo le pasa lo que a nosotros y que esto de ser Géminis no es más que una excusa que nos hemos inventado para distraernos hablando entre los dos, como otros hablan consigo mismo…….

–        Insisto, -dijo Francisco-, que de normal no tenemos nada.

–        ¡Ay!, siempre leyendo el periódico en voz alta, – musitó Jacinta, que pasaba por allí-.

–        ¡Y esta sin enterarse de nada!. ¡Si no fuera porque tu eres educado, le pegaba un grito!,-dijo Paco-.

–        Ya lo haces a veces,- respondió Francisco.

–        ¡Como todo el mundo!. Pero la verdad es que esta mujer debe estar harta de ti. Del trabajo a casa, de casa al trabajo, recoger a los niños en el colegio, ver la televisión, leer el periódico…siempre el periódico. Estoy seguro de que a ella le voy más yo, que me gusta viajar, visitar hoteles lujosos, tener alguna aventurilla; bueno, esto último, no, claro.- explicó Paco, bajando la cabeza-.

–        No creas, a mi también me gustaría llevar otra vida: ser futbolista o torero famoso, o mejor, autor teatral de renombre o director de cine, con oscar y todo. Incluso haber participado en alguna tertulia en radio o televisión. ¡Ah!, ¡quién pudiera haber vivido las tertulias del Café Gijón!.

–        Ves como somos un hombre normal. La única tertulia en la que participamos es con nuestra suegra, cuando inevitablemente nos cuenta sus enfermedades o las de su difunto esposo. Y siempre hacemos de oyentes.- aseveró Paco-. Pero, eso si, los fines de semana, nos los repartimos por igual: los pares llevamos a la familia a la casita de campo, en donde los niños se ponen perdidos de barro, donde, después de haber llevado miles de bultos pequeños e incómodos, nos damos cuenta a la hora de comer de que falta algo importante, donde los bichos, los ruidos o cualquier otra cosa no nos deja dormir la siesta…Y los impares llega la liberación del fútbol, el enorme puro, el quedarse afónico porque ese arbitrucho es un hijo de puta…¡que gozada!.

–        ¿Y eso es lo normal?.

–        Pues claro, como lo es que nunca estamos de acuerdo con Jacinta en cuanto a la frecuencia de lo que mas nos gusta a nosotros. Que cuando más lanzados estamos, aparece la temida jaqueca y acabamos en la ducha… ¡Si eso le pasa a todo el mundo!.

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Fue a abrir Jacinta, la callada esposa. Dos hombres corpulentos, vestidos de blanco, con atuendo como de sanitarios, estaban esperando.

–        Ese es, dijo Jacinta.

Los dos hombres se abalanzaron sobre el pobre Francisco y le endosaron una camisa de fuerza que le maniató completamente.

–        ¿Cómo ha estado hoy?, preguntó el que parecía llevar la voz cantante de entre los dos intrusos.

–        Hoy no ha parado de hablar solo durante todo el día, dijo Jacinta, y lo malo es que parece que lleva una conversación con otra persona que es él mismo….., pobre. Yo creo que lo mejor va a ser internarlo, porque cada vez está peor….

    Los dos hombres arrastraban a Francisco  hacia la puerta cuando Paco dijo:

–        Ya te decía yo que Jacinta nos la iba a jugar, con ese aire de modosita que tiene.

–        Si, realmente no entiendo lo que está pasando, musitó Francisco.

–        ¿Qué no lo sabes?, ¿qué no lo sabes?, ¡Nos va a meter en un psiquiátrico para poder inhabilitarnos y quedarse con nuestro dinero para darse la gran vida ella sola!. ¡Y sin aguantarnos!.

Francisco dejó de resistirse y, resignado, salió de la casa escoltado por los dos hombres de blanco que le asían fuertemente de ambos brazos. Bajaron en el ascensor y salieron a la calle en donde una ambulancia tenía la puerta trasera abierta de par en par. Por esa puerta introdujeron a Francisco y subieron asimismo los dos corpulentos acompañantes. La ambulancia partió haciendo que su sirena entonara ese sonido tan característico.

En el rellano de la escalera esperaba un hombre joven, fuerte, moreno, bien parecido, que una vez hubo desaparecido la ambulancia subió las escaleras aceleradamente para ir al encuentro de Jacinta, la cual le esperaba en la puerta de su apartamento. Ambos se fundieron en abrazos y besos, mientras entraban en la casa y cerraban la puerta.

–        Loco, dijo Jacinta, ¡que nos pueden ver los vecinos y los niños están a punto de llegar!.

–        Loco, pero por ti, no como tu marido. En cuanto a tus hijos, son mayores de edad y se pueden buscar la vida ellos solos. No olvides que tengo los billetes para mañana. En cuanto abran el banco tienes que sacar todo el dinero. Yo te esperaré en el Aeropuerto.

–        Si, mi amor, dijo Jacinta. ¡Por fin voy a ser feliz!.¡Por fin voy a ser esa otra mujer que llevo dentro y que tanto tiempo he ocultado!.

Carlos, que así se llamaba el joven, tenía acento centroamericano. Para un español poco avezado, podría ser colombiano, cubano o venezolano. En realidad era natural de las Islas Canarias, de Tenerife, para ser más exactos; pero había vivido unos cuantos años en  Colombia, intentando hacer fortuna, sin demasiado éxito. Pasado un tiempo, volvió a España y fue a establecerse en aquella capital de provincia, pequeña pero bonita, en donde apenas nadie le conocía. Trabajaba, con contrato temporal, como celador en el ambulatorio de Salud Mental a donde Jacinta había obligado a Francisco a acudir, por sus “conversaciones consigo mismo” y a donde Francisco había acudido, en contra de la opinión de Paco, por aquello de “no discutir”. Allí se conocieron Carlos y Jacinta a la que la amabilidad del celador le resultaba como algo nuevo, encantador, maravilloso…. Una cosa llevó a la otra y, casi sin darse cuenta, se habían convertido en amantes. De Carlos fue la idea de internar a Francisco y huir juntos, con el dinero de Jacinta, claro.

Todo esto le pasó a Carlos por la cabeza en un segundo mientras se alejaba de la casa de Jacinta. Al llegar al primer semáforo se detuvo y musitó en voz baja:

–        Lo hemos logrado, Carlos.

–        Si, Charly, si, creo que si, aunque a mi me sigue pareciendo una canallada.

–        Tu siempre estás con tu miedo y tu sensatez. Si me hubieras hecho caso en Cartagena de Indias, nos habríamos hecho ricos.

–        O estaríamos muertos. ¡Vaya lío me montaste!. ¡No quiero ni recordarlo!.

–        Bueno, déjalo,-dijo Charly-, lo importante es que ahora, en cuanto tengamos el dinero, desaparecemos.

–        ¿Y Jacinta?,-preguntó Carlos-. A mi me da pena dejarla…

–        ¡Siempre con nuestras contradicciones!, – exclamó con fastidio Charly-.

–        ¿Qué quieres?, soy, o mejor, somos Géminis….

 

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