La fosa común del periodismo.

La fosa común del periodismo

Miles de periodistas han sido despedidos en esta aciago 2012. El número de trabajadores de la información inscritos en las listas del INEM se ha multiplicado por seis.

Hace unos cuantos años, los periodistas empezamos a cavar la fosa común a la que ahora nos lanzan las empresas de comunicación, uno tras otro, mientras los que se salvan se miran al espejo encantados de conocerse, justo unos minutos antes de ser el siguiente de la lista.

En algún momento, alguien comenzó a no salir a la calle, a utilizar google en vez de su memoria, a hacer dos llamadas o rehacer una nota o limitarse a reproducir acríticamente una rueda de prensa. En algún otro instante, el éxito nubló la vista de algún compañero o compañera que hizo una bonita entradilla en televisión. No tenía información pero la supo vestir. Poco después, todos se dieron cuenta de que esa forma de hacer las cosas era mucho más cómoda y las empresas de que era más barato y menos arriesgado. Un reportero podía llenar minutos y minutos de televisión envuelto en la nada, con su sola y simpática presencia: “aquí estoy porque he venido”. Un redactor llenaba páginas de lugares comunes y contenidos que hace muchas horas que dejaron de ser novedosos, pero era muy barato. “Hacía el trabajo de tres”.

El problema es que dejó de hacer su trabajo: buscar en la cara oculta de la realidad, mostrar lo que los poderosos buscan ocultar, analizar desde la experiencia y el conocimiento propios o de expertos que nuestros años de trabajo nos han permitido conocer.

Así llegó el día en que el valor añadido del trabajo periodístico fue muy escaso y comenzó la escabechina. Uno puede encontrar ahora faltas de ortografía de primaria en textos de un periódico nacional, puede ver un perfil sobre Santiago Pedraz en un periódico vasco y que la redactora no sepa que Pedraz hizo una rueda de reconocimiento a los Guardias Civiles de Intxaurrondo, cuando Rodríguez Galindo era virrey de San Sebastián, uno puede ver en la cola del paro a periodistas que me enseñaron todo lo que sé y que tienen fuentes, experiencia y conocimientos para contar cosas que nadie sabe. Pero el problema es el pensamiento estratégico. En los medios, la urgencia ha desplazado cualquier otra consideración, el coste a cualquier búsqueda de un nicho de mercado. Quienes trazaron la línea de actuación que ha llevado a los medios a la inanición son quienes se encargan de diseñar las soluciones. Y esas soluciones son paladas de tierra sobre la fosa común del periodismo. Y en ella no sólo se entierra el futuro de muchas personas, sino un derecho básico: el de la sociedad a estar informada. Se reducen los gastos, con la mera sustitución de profesionales experimentados y con fuentes, por jóvenes en precario que “copian y pegan” declaraciones y datos. Nadie va a gastar su tiempo y su dinero para leer algo a lo que puede acceder por sus propios medios.

Los medios de comunicación tienen ante sí dos tareas en el mundo de las TIC: ser infomediarios (seleccionar para el público de entre el mar de información irrelevante aquello que es realmente sustancial) y buscar nuevas noticias (de elaboración propia) bien por la vía del descubrimiento de aquello que se quiere mantener oculto (como el periodista griego detenido por ofrecer los datos de los griegos con cuentas en Suiza) o del análisis riguroso de una situación conocida.

Pero se ha optado por ahorrar costes y eliminar el valor añadido de una buena información. Luego el futuro es aún peor que el ya precario presente.

En el periodismo ocurre como en la política. Quienes tienen el poder y quienes viven de arrimarse a él prefieren su declive a medio plazo, para asegurarse su posición dominante hoy, que un nuevo diseño porque sus destrezas están obsoletas. Prefieren ser protagonistas de una entidad irrelevante que irrelevantes en un colectivo protagonista. Esa actitud les llevará al mismo lugar un poco más tarde. Ellos pueden ser tozudos, pero la realidad lo es más.

El problema es que arrastran al colectivo que afirman guiar hacia el precipicio mientras ellos recogen los últimos restos del banquete y envían a la indigencia a los que dicen defender.

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