Relato de terror: “La cita”.

Andrés Gandía

Mi nombre es Ana. Soy una chica mas bien madurita, pero soltera. Reconozco que no soy muy agraciada, aunque de peores que yo han encontrado su media naranja. Yo es que he tenido mala suerte y también que soy algo retraída, tímida.

A ver si esta vez… Si, puede que esta vez, con Felipe, encuentre mi pareja ideal.

Es la segunda vez que salgo con él. La primera fue una cita a ciegas, por medio de una de esas redes de  ordenador. Yo creo que nos caímos bien mutuamente. De hecho, esta tarde nos vamos a volver a ver. Me ha propuesto llevarme a su casa y enseñarme su colección de trofeos. No se de qué es la colección, parece que quiere que sea una sorpresa.

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Felipe es casi de mi misma edad. Está solo, como yo. Conmigo se muestra muy amable y solícito. Siempre está pendiente de mi, de lo que me gusta, de lo que no me agrada, de qué es lo que quiero hacer…Nunca me habían tratado así.

Me demuestra u cariño llamándome “corazón”. Al principio me sorprendió, porque aquí en Sevilla, todo el mundo te llama “mi alma”, pero él me pidió permiso casi desde el primer momento para llamarme “corazón”. Me resulta gracioso a la vez que cariñoso.

Por ahí viene. Tiene un cochecito normal. Tampoco voy a pedir que tenga un cochazo. Total, ¿para qué?. Nos vamos a su casa. Tiene mucho interés en lo de la colección. Debe ser algo fuera de lo común. Veremos…

¡Vaya!, parece que su casa está algo apartada. En las afueras. Se llega finalmente por un camino de tierra. Se trata de una casa de campo. Realmente, para estar aquí hay que venir adrede, porque no es camino de paso para ninguna parte. ¡En fin!, ¿Qué le vamos a hacer?.

Ya entramos en casa de Felipe. Bueno, parece que no está muy mal decorada. Hasta tiene gusto para elegir los muebles y las cortinas. Me hace pasar a su despacho, que dice que es, a la vez, su sala de trofeos.

¡Qué horror!. Esta habitación tiene un aspecto macabro. Aquí se ha lucido el pobre de Felipe. ¡Qué barbaridad!. ¡Qué cosas mas raras tiene!.

Bueno, ahora va a enseñarme sus trofeos, que los tiene tapados con unas telas de pasamanería. Vamos a ver…

¡Socorro!. ¡Los trofeos son corazones humanos conservados en formol dentro de unas urnas!. ¡Y tiene muchos!. ¡Dios mío!. Por eso me llamaba “corazón”. Ahora dice que el mío va a ser el siguiente…

¡Auxilio!. ¡Socorro!. ¡Ayuda!….

 

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