Relato de terror: “El sabor de la muerte”.

Andrés Gandía

Estábamos en Italia, cerca de la frontera, en Julio de 1918, contaba el periodista a su íntimo amigo, era de noche, pero el cielo se iluminaba con los continuos estallidos del fuego enemigo. Como sabes, yo estaba enrolado en el Cuerpo de Ambulancias. Era oficial, a pesar de mi juventud. Ya sabes, estas cosas pasan en las guerras. Pues bien , estaba agazapado en la trinchera, escuchando el sonido entrecortado de fusiles y morteros,  y, no se cómo, un proyectil enemigo me hirió gravemente. Después, un montón de metralla que no se de dónde había salido, me alcanzó en las rodillas.

Trataba de respirar, pero no tenía aliento. Sentía que mi cuerpo salía fuera de mi y flotaba alrededor. Me iba velozmente, todo mi ser se iba y supe que estaba muerto y , sin embargo, tenía la sensación de estar equivocado al pensar que acababa de morir. Luego flotaba y sentí como si me deslizara hacia atrás. Por fin respiré hondamente y regresé a la vida.

El amigo le escuchaba atónito, pero sabía que lo que estaba oyendo era cierto y no fruto de los vapores etílicos después del montón de copas que habían tomado entre ambos, cosa bastante habitual en sus reuniones.

Quien contaba estas cosas era nada menos que Ernest Hemingway, que participó en la primera guerra mundial.

Años después, en su novela “Adiós a las armas” contó esta misma experiencia en el capítulo en que el protagonista, al que llama en la novela Frederic Henry, cae herido.

Este tipo de “muertes sin morir” son relativamente frecuentes y descritas por mucha gente que ha sufrido trances parecidos. Se da mucho en hospitales y, claro, también en las guerras. Incluso en accidentes de carretera.

Hay quien describe incluso haber visto una luz brillante al final de un túnel y, los que han llegado más lejos, dicen haber visto a familiares y amigos suyos ya fallecidos, antes de volver a su cuerpo y seguir viviendo.

En lo que todos coinciden es en que a partir de esa “¿vivencia?”, su actitud ante la vida cambió totalmente y, desde luego, perdieron cualquier miedo o temor a morir. Esa experiencia cercana a la muerte, acabó con él.

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