De muertos que se convierten en momias.

Imagen de una de las personas que ha aparecido momificada. | Foto: F. A. [VEA MÁS IMÁGENES]

Imagen de una de las personas que ha aparecido momificada. | Foto: F. A.

Francisco Argüello | Bogotá

Eliézer Quevedo Ortiz estaba listo para ser desenterrado. Su familia lloraba en el cementerio de San Bernardo, municipio de Cundinamarca, ubicado a dos horas de Bogotá, capital colombiana, en espera del reencuentro.

Eduardo Cifuentes, sepulturero, martillaba la tumba para extraer el ataúd hasta lograr su objetivo: exhumar al hombre, víctima de un homicidio. No obstante, la sorpresa no pudo ser mayor. El cadáver estaba entero, el mismo rostro -aunque descolorido- duro, intacto, igual como fue enterrado. Sus ojos se conservaban; su cabello, también. Estaba convertido en momia.

Los parientes gritaron, lloraron, algunos se desmayaron, confiesa el sepulturero a ELMUNDO.es. “Sentí un frío horrible”, añade. Eliézer terminó despedazado en una caja diminuta en madera escondida en un osario.

Esa fue la primera momia que apareció en San Bernardo en 1974. Y fue el inicio de una gran cantidad de hombres momificados en esta localidad de unos 10.000 habitantes, dice Cilia Monroy, administradora del campo santo. Al menos 60 cadáveres son recordados como momias, asegura.

Susana Acero de Pedraza, Laureano Acosta, Rosa Elena Clavijo, el cura Arquímedes Castro, repitieron la historia, expresa Alfredo Rojas, sepulturero, hoy jubilado, quien exhumó 50 momificados, según sus cálculos. Muchas de ellas fueron hurtadas. Y aunque los familiares reclamaron, no pasó nada. Nadie respondió.

Las momias de San Bernardo son toda una tradición. Lo suficiente para que la Alcaldía construyera desde 2004 un museo para albergarlas. El lugar, ubicado en un costado del cementerio, es misterioso.

“Ingreso: 2.000 mil pesos. Todo niño paga”, dice un letrero escrito a mano por Cilia Monroy, quien cuida los cadáveres.

Cuando se abre la puerta se siente un frío extraño, una tranquilidad en el lugar. “Buenos días mis amigas”, les dice la mujer, mientras pasa un trapo húmedo sobre la urna en vidrio que las cubre. Yo les hablo y creo que me escuchan, asegura al persignarse.

Al frente está Saturnina Torres de Bejarano. Piel rígida, falda blanca, larga, saco verde, una rosa roja que la acompaña desde su muerte permanece intacta. “Es linda. Sus hijos siempre vienen a verla”, explica.

Al lado, Susana Acero de Pedraza, víctima de un cáncer de estómago y muerta en 1987. En un costado, aparece su fotografía en vida. Confirma que después de fallecida permanece intacta. Conserva el mismo vestido largo, blanco, de bolsillos con franja azul que lució en sus 50 años de matrimonio. Los zapatos se los tragó el tiempo. Su esposo, Luis María Pedraza, también fue momia, pero no se exhibe. Su cabeza quedó “antiestética”, dicen. Los hijos de la difunta quisieron retirarla del museo, pero Dora no lo permitió. “Es mi amiga, no pueden separarme de ella”, les dijo.

Laureano Acosta, otra momia, falleció en 1981 y diez años después lo exhumaron. Su piel, pestañas y cejas se conservan. Su bigote, también. La camisa blanca, pantalón beige, medias cafés, que portó en su ataúd, se resisten a desaparecer.

“Nos alegró verlo tan perfecto cuando lo desenterramos. Para celebrar el reencuentro bebimos aguardiente”, narra Gregorio Acosta, su hijo, a ELMUNDO.es. Amalia Filomena Acosta, muerta en 1985 de 82 años, es otro de los cuerpos exhibidos. Su rostro es femenino, su ojo derecho permanece abierto. “Parece que no hubiese muerto”, expresa Jaime López, turista. Cinco niños momias, cuyos vestidos y zapatos despiertan curiosidad y asombro por lo pequeños. Nadie sabe de qué murieron. No tienen identidad. Nadie los reclamó y el museo los albergó.

Aunque antropólogos de España, Estados Unidos, Argentina, Perú y otros países han buscado desvelar el misterio de las momias de San Bernardo, nadie lo ha conseguido.

Guardar silencio

Lina María Ramos, directora de Medicina Legal en el sur de Colombia, explica que es “un fenómeno cadavérico poco usual” asociado presuntamente al clima -en San Bernardo alcanza los 23 grados centígrados- y los minerales que hay en la tierra y que permiten que los cuerpos se conserven.

No obstante, Luis Enrique Rojas, poblador, no lo cree. ¿Por qué unos cadáveres se momifican y otros no? ¿Por qué en Bogotá o Tunja- donde el clima es más bajo- no se produce la momificación? Nadie conoce la respuesta.

“Son obras y designios de Dios”, cree Carlos Julio Cárdenas, párroco del municipio. “Puede ser el clima…”, repite. Mientras se resuelve el misterio, los pobladores siguen creyendo que sus momias se alimentaron de guatila -papa cidra- o balú -frijol de gran tamaño conocido como el árbol que nunca muere- . “Acá comemos en abundancia estos productos para ser recordados por siempre“, apunta Antonio Vibueya, poblador.

Las momias de San Bernardo se volvieron tan populares que muchos extranjeros llegan hasta la localidad a preguntar: “¿Acá es dónde momifican a la gente?” Y Cilia Monroy, les recomienda empezar por comer guatila y balú y orarle a Dios.

En las calles de la localidad no se habla de otro tema. Algunos moradores piden en vida que después de muertos los exhiban si se convierten en momias. Otros, guardan silencio. Dejan que decidan sus familiares.

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