Andrés Gandía

Era una fría noche de invierno. Se me había hecho muy tarde, cosa poco habitual en mí, pero se habían complicado las cosas en el trabajo. De hecho, todavía no estaban resueltos los problemas.

Pensando en ello estaba, mientras conducía mi pequeño utilitario camino de casa, en aquella noche oscura sin luna, en el tramo entre Castilleja de Guzmán y Valencina. Hacía poco que había dejado a mi izquierda un gran hospital. Apenas me había dado cuenta, ensimismado como iba en mis pensamientos.

De pronto acerté a ver cómo de un ribazo bajaba a la carretera una figura extraña, como de un hombre muy delgado y alto. Oscuro como estaba, no apreciaba el modo en que iba vestido, pero por el contorno parecía ir desnudo o bien con una vestimenta muy ajustada al cuerpo. Parecía que llevaba algún colgajo que a mi se me antojó como unas vendas, por lo que pensé podría tratarse de algún enfermo del hospital que había escapado o había salido y deambulaba perdido.

Aquella sombra me hizo señales como de que parara y así lo hice, por si podía ayudar en algo. Se acercó a la ventanilla del acompañante y yo accioné el mecanismo de bajada del cristal. De repente, cuando aquello se acercó a la ventanilla, observé una faz horrible, extraña, inhumana. No tenía pelo, la boca en forma de pico, las orejas grandes y los ojos almendrados. Metió la mano en el coche a la vez que yo accionaba de nuevo el mecanismo de la ventanilla, para subir el cristal. Me pareció que tardaba en subir una eternidad, pero en un momento dado, quedó atrapado el brazo de aquella extraña cosa. El cristal siguió subiendo. Parecía como que aplastaba aquel brazo un poco más arriba de la muñeca. Inesperadamente, el brazo se partió, la mano cayó en el asiento y un chorro de un líquido viscoso me manchó los pantalones. Yo aceleré rápidamente y huí. Si huí con más miedo que vergüenza de aquel lugar. Al llegar a casa, aparqué el coche en el garaje y me di cuenta de que aquello no era una mano sino una garra de color verde, con dedos muy largos y uñas como de perro. No me atreví a tocarla. De hecho todavía está allí. Hace tres días que no me acerco a mi coche. Voy al trabajo en moto, a pesar del frío. He dicho a todo el mundo que el coche está averiado. Los pantalones, manchados de verde, están en el cesto de la ropa sucia.

No se qué voy a hacer, pero desde entonces tengo extrañas pesadillas en los momentos, pocos, en que consigo conciliar el sueño…

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