Relato: “Mis amigos invisibles”.

Andrés Gandía

Era yo muy pequeño. Tendría cuatro o cinco años. Un buen día los vi. Estaban en la puerta, pero fuera de la casa. Para mi eran desconocidos, pero ellos parecía que me conocían a mí. Eran dos niñas y un niño. Desde entonces fuero mis compañeros  para todo. Para mis juegos, para las comidas, para leer, para correr aventuras en los alrededores de la casa en donde vivía. Fue muy divertido mientras duró porque la casa en que yo vivía, en pleno campo, estaba muy solitaria y ellos me acompañaron e hicieron más llevadera mi soledad.

No eran como los demás. Ellos nunca hablaban, pero yo entendía lo que decían. En mi mente se reproducían los conceptos que querían transmitirme.

Nunca me dijeron sus nombres ni de dónde procedían. Pero a mi no me importaba demasiado. Eran mis amigos.

Un día les dije que entraran en la casa porque estaba cansado de jugar todo el día en el campo y me dijeron que no, que tenían miedo de entrar.

Mis padres, mis tíos y mis abuelos no los vieron jamás. Me decían que eran imaginaciones mías, pero no era verdad. Yo los tocaba y eran suaves y cálidos como yo. Eran de verdad, a pesar de que los demás no los pudieran ver.

Yo, por entonces, veía a las personas como rodeadas de un halo de luz. Ahora sé que era el aura. Pues bien, mis amigos tenían forma de esa luz en todo su cuerpo.

Cuando empecé a ir al colegio, me acompañaban por el camino y me esperaban a la puerta hasta que yo salía, para hacer juntos el regreso a casa.

Cuando tenía que estudiar o hacer los deberes, si hacía buen tiempo, me sentaba en una mesa que había en el porche y ellos me acompañaban. Incluso me ayudaban a comprender algunas cosas y a hacer las tareas, cosa lógica, porque eran mayores que yo. Si hacía mal tiempo y yo tenía que estar dentro de la casa, al lado del fuego, ellos se quedaban fuera, al lado de la puerta, esperándome hasta el día siguiente.

Claro que durante todos los años que estuvieron conmigo no cambiaron lo más mínimo. Siempre llevaban la misma ropa, un poco antigua, la verdad. No crecían, no se hacían mayores, como me pasaba a mí.

Cuando tenía doce años, el día que acabé el curso, me dijeron que se tenían que ir, que ya no les volvería a ver más. Yo al principio me quedé triste, pero conforme pasó el tiempo se me pasó. Quizá porque en la escuela ya había hecho otros amigos y ya tenía con quién jugar.

Algunas noches sueño con ellos. Estoy seguro de que no tendré amigos como aquellos. También lo estoy de que si me hicieran falta en algún momento y deseara con todas mis fuerzas que volvieran, vendrían a ayudarme en lo que necesitara.

La verdad es que gracias a ellos tuve una infancia muy feliz.

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