Inventores muertos por sus propios inventos.

Aunque emplearon lo mejor de su talento con sus intenciones más ambiciosas, estos desafortunados inventores vieron truncados sus días nada menos que a manos de aquello mismo a lo que sacrificaron su tiempo y su voluntad —y al final su vida misma.

Franz Reichelt: sastre de profesión, el franco-austriaco Franz Reichelt diseñó el primer paracaídas portátil, el cual sin embargo le falló cuando lo probó arrojándose de la Torre Eiffel en 1912

 

Aunque la innovación científica y tecnológica casi siempre posee un sentido positivo de avance y progreso, existen en la historia de la ciencia y la tecnología algunas excepciones a esta regla no escrita, situaciones atípicas que además resultaron fatales para los involucrados, cobrándoles la vida a manos de sus propias invenciones.

En este top 8 presentamos a igual número de inventores que terminaron sacrificándose, literalmente, a aquello mismo que entregaron su tiempo y su talento con la esperanza, quizá, de mejorar su mundo y trascender en la historia. Y probablemente lo hicieron, solo que por las razones equivocadas.

Otto Lilienthal: aviador alemán que inventó 18 modelos distintos de aeronaves, entre estas la precursora de la llamada “ala delta”. Al probar el que sería el último de sus modelos cayó desde una altura de 15 metros.

Marie Curie: es célebre el caso de Marie Curie, cuyo contacto con materiales radioactivos (cuando todavía no se conocían con certeza las consecuencias de esta manipulación) desencadenó en ella una enfermedad de la médula espinal conocida como anemia aplástica. Murió en 1934.

Horace Hunley: inventor del primer submarino que hundió una nave enemiga —el H.L. Hunley que se utilizó en la Guerra Civil de Estados Unidos— este ingeniero naval se hundió con su propia invención durante un ejercicio de pruebas en 1863.

Wan Hu: cuenta que la leyenda que en el siglo XV hubo en China un hombre que intentó alcanzar los cielos amarrando a una silla 47 cohetes. Luego de la explosión que provocaron estos, los testigos no encontraron nada ni de la silla ni de Wan Hu.

Alexander Bogdanov: aunque no se trata estrictamente de un inventor, Bogdanov fundó el primer banco de sangre en Rusia en 1925; el contacto con este mundo le llevó a creer que realizándose transfusiones sanguíneas de personas sanas obtendría la tan deseada eterna juventud. En 1928, sin embargo, se inyectó sangre de alguien contagiado con malaria y tuberculosis, lo cual le significó la muerte.

Perillo: este legendario inventor de la antigüedad (se dice que vivió en el siglo V a. C.) diseñó para el tirano ateniense  Agrigento Falaris un dispositivo de tortura consistente en un toro broncíneo en el que cabía una persona; el animal metálico se ponía a la brasas con el sujeto del suplicio en su interior; los gritos de dolor se confundían entonces con el bramido del semoviente. En recompensa a su ingenio, Agrigento Falaris probó por primera vez el artilugio con su creador mismo. Entre otros, Dante cuenta esta historia en el canto XXVII del Infierno.

Valerian Abakovsky: ingeniero ruso que en 1917 diseñó un carro de rieles con un motor de avión que, esperaba, alcanzara en tierra las velocidades de este. Al probarlo en 1921, yendo de Moscú a Tula, el vehículo resultó satisfactorio, pero en el viaje de vuelta se descarriló, matando a todos los tripulantes —Abakovsky incluido.

[Huffington Post]

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