Fin del pontificado de Benedicto XVI.

El balance de su gestión va mucho más allá de la manera en que enfrentó los abusos sexuales al interior de la Iglesia.

 

A LAS 20 horas de hoy se hará efectiva en Roma la renuncia presentada por Benedicto XVI el 11 de febrero, concluyendo así su pontificado y abriéndose el período de sede vacante, durante el cual el colegio de cardenales deberá escoger un nuevo Papa. Los casi ocho años en el cargo de Benedicto XVI ofrecen un sólido balance en una serie muy variada de ámbitos, muchos de los cuales obedecen a intereses permanentes de la Iglesia Católica y seguirán siendo abordados por su sucesor. Aunque en una institución con dos mil años de historia resulta difícil hablar del inicio de una nueva etapa, es obvio que la sorpresiva renuncia del Papa ha abierto escenarios que hasta hace sólo unas semanas no parecían disponibles.

Pese a que muchos recuentos acerca de la gestión de Benedicto XVI ponen especial énfasis en la manera en que enfrentó los abusos sexuales protagonizados por sacerdotes en las últimas décadas, sería mezquino reducir la labor papal a ese importante aspecto. Siendo la Iglesia Católica una entidad que tiene una preocupación especial por la dimensión sobrenatural, buena parte de su quehacer es desatendido o mal entendido por aquellos sectores que no prestan atención a ese ámbito o descreen de él. Al contrario, estos grupos tienden a concentrar sus análisis en cuestiones temporales que, si bien existen y son relevantes como en toda obra humana, resultan insuficientes para explicar la totalidad de la labor de la Iglesia y de su Pontífice. Por ello, para comprenderla adecuadamente, es necesario incorporar esa dimensión.

Ejes centrales del papado que vive sus últimas horas han sido los esfuerzos por alcanzar un reencuentro entre fe y razón, entendida ésta de una manera amplia, más allá del positivismo; la crítica al relativismo y a convertir al hombre en la medida de todas las cosas;  la necesidad de que “la doctrina cierta e inmutable se profundice y presente de manera que corresponda a las exigencias de nuestro tiempo”, como decía Juan XXIII; la nueva evangelización como mecanismo para enfrentar a una sociedad secularizada y mostrar “la alegría de creer”; la necesidad de dialogar con todos, dentro y fuera de la Iglesia; la urgencia de la conversión, incluso al Interior de aquella; las virtudes de la religión como fuerza para la paz, reconocer lo que es justo y promover un debate público que no postergue lo ético; su esfuerzo por interpretar la vida de Cristo y presentarla en medio de la discusión, evidente en los tres libros sobre Jesús que publicó durante su gestión. Visto su pontificado desde esta óptica, parece superflua la insistencia de algunos por clasificar sus acciones y decisiones como “conservadoras” o “liberales”. Estos esfuerzos parecen provenir desde la “hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura”, como él mismo dijo en un discurso ante la curia en 2005.

Concluye así la labor de Benedicto XVI, quien a partir de hoy será “Papa emérito” y vivirá una vida de reclusión y oración, como anunció ayer durante su última audiencia general ante 200 mil personas en la Plaza San Pedro. Gracias al decreto que firmó el lunes, el cual permite acelerar los procedimientos para la convocación del cónclave, se espera que su sucesor haya sido elegido para mediados del mes entrante.

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