Relato: “Tenía melancolía”.

Andrés Gandía

Casona 300 San Francisco

Corría el año 1409, en plena Edad Media. La hija mayor de aquella casa de familia adinerada se había enamorado en secreto de un conocido, poco mayor que ella, que frecuentaba sus lares. El muchacho era aguerrido y se apuntaba a todas las escaramuzas contra el enemigo, que eran frecuentes.

Estas ausencias, sumían a la muchacha en una tristeza profunda que empezó a preocupar a la familia hasta tal punto que hicieron venir al químico o médico, para visitarla.

El diagnóstico, tras varias pruebas que ahora nos resultarían esotéricas estaba claro: la joven padecía de melancolía.

Afortunadamente, había una solución que sólo conocía aquel alquimista, por una receta venida de oriente y reformada por sus conocidos al otro lado de la frontera, los bereberes. Consistía en elaborar y suministrar a la doncella unas píldoras del tamaño de una semilla de cáñamo con una mezcla de azufaifa, polvo de cuerno de toro, cola de lagarto machacada, almizcle, cinabrio, sublimado de azufre y mercurio. Este preparado no sólo era útil para curar o aliviar la melancolía. También había demostrado su eficacia en el tratamiento de ansiedad, palpitaciones nerviosas, indigestión, entumecimiento, visión borrosa, sordera, fiebres, síntomas por vientos cálidos intempestivos, hidropesía, intoxicación, ataque cardíaco e incluso la posesión demoníaca.

Se procedió a administrar la famosa píldora a la muchacha y aunque aparecieron síntomas similares a los de una intoxicación, esto fue atribuido a la reacción sanadora del remedio.

Coincidió que por esos días el amado volvió de una de sus rafias y, claro, la chica mejoró de su dolencia. Todos atribuían la mejoría al preparado engullido. Y siguió la mejoría hasta que el robusto mocetón tuvo de nuevo que ausentarse por motivo de aquellas continuas batallas. De nuevo aparecieron los síntomas. De nuevo la melancolía hizo acto de presencia y también de nuevo se le administró a la doliente el preparado milagroso, solo que esta vez, como la batalla se prolongara, no hubo la mejoría esperada. Hubo que hacerle tragar a la enamorada una de aquellas píldoras cada semana, exactamente a las 12 del mediodía del miércoles.

Como el lector podrá intuir, el mercurio fue produciendo  su efecto pernicioso y finalmente, la muchacha falleció envenenada.

Claro que el diagnóstico final fue que había muerto de melancolía incurable.

Cuando volvió de sus batallas el enamorado guerrero se estaban llevando a cabo las exequias fúnebres. Mucho lo sintió el mocetón, pero no pudiendo hacerse nada, buscó en la más cercana casa de lenocinio alivio a su dolor.

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