El atlantólogo fantasma.

 

Paul Schliemann, un falso nieto del descubridor de Troya, anunció el descubrimiento de la Atlántida en un periódico neoyorquino en 1912.
JULIO ARRIETA | @JulioArrietaSan
El atlantólogo fantasma

Mapa que ilustraba el artículo del ‘New York American’ de 1912.

La Atlántida es un lugar inexistente que, sin embargo, ha sido ‘descubierto’ por un número asombroso de personas. La galería de buscadores de la mítica civilización perdida forma un arco que va desde académicos ilustres que se tomaron el asunto en serio hasta videntes y chiflados inspirados por entidades incorpóreas superiores y desconocidas. En este catálogo de ‘atlantólogos’, hay un investigador que destaca sobre todo los demás: Paul Schliemann. Lo que lo convierte en un personaje notable es que él mismo era tan falso como sus hallazgos.

“He descubierto la Atlántida, he comprobado la existencia de este gran continente y el hecho indudable de que de ella surgieron todas las civilizaciones de los tiempos históricos”. Los lectores del matutino ‘New York American’ se encontraron con estas y otras afirmaciones igual de rotundas en un gran reportaje publicado en las páginas de su periódico el 20 de octubre de 1912. Titulado ‘Cómo encontré la Atlántida perdida, el origen de toda civilización’, iba firmado por un tal Dr. Paul Schliemann. El autor se presentaba como nieto de Heinrich Schliemann, el famoso excavador de Micenas y descubridor de Troya, fallecido en Nápoles en 1890.

Días antes de morir, contaba Paul, su querido abuelo Heinrich había entregado a sus amigos más cercanos un sobre lacrado en el que había escrito esta nota: “Sólo puede ser abierto por un miembro de mi familia que solemnemente se comprometa a dedicar su vida a las investigaciones anotadas aquí”. Una hora antes de expirar, el arqueólogo añadió una última nota ‘confidencial’ que también fue guardada en un sobre lacrado: “Romper el vaso con la cabeza de lechuza. Fijarse en sus contenidos. Están relacionados con la Atlántida. Investigar las ruinas del templo de Sais y el cementerio del valle de Chacuna. Importante. La noche se aproxima”.

El atlantólogo fantasma

El jarrón con la cabeza de lechuza.

Notas secretas

Parece que ninguno de los amigos y familiares del difunto se dejó vencer por la curiosidad, y los documentos fueron depositados en un banco francés. “Después de estudiar durante varios años en Rusia, Alemania y Oriente decidí retomar el trabajo de mi ilustre abuelo”, explica el joven Schliemann en su artículo. En 1906 se hizo con los sobres y rompió los sellos. Encontró varios documentos y fotografías de extraños objetos. “He llegado a la conclusión de que la Atlántida no sólo fue un gran territorio situado entre América y las costas oeste de África y Europa, sino que también fue la cuna de nuestra civilización”, decía una de las anotaciones de Heinrich Schliemann que reproduce su nieto.

El arqueólogo detallaba varios hallazgos en sus excavaciones de Micenas y Troya que había mantenido en secreto. Durante la extracción del famoso Tesoro de Príamo, encontró “un peculiar vaso de bronce de gran tamaño. En su interior había varias piezas de cerámica, algunas imágenes de un metal peculiar, monedas del mismo metal y objetos hechos de huesos fosilizados. Algunos de estos objetos estaban grabados con una frase escrita en jeroglíficos fenicios que decía ‘del rey Cronos de la Atlántida’”. ¿Jeroglíficos fenicios? La escritura fenicia no era jeroglífica, pero, al parecer, Paul Schliemann no se había percatado de ello, porque continúa reproduciendo las supuestas notas secretas de su abuelo. “En 1883 encontré en el Louvre una colección de objetos excavados en Tiahuanaca, en América central. Entre ellos, encontré piezas de cerámica de la misma forma” y otros objetos idénticos a los del Tesoro de Príamo. El parecido “no podía ser una coincidencia”.

El atlantólogo fantasma

La Puerta de los Leones, en Micenas.

Sin reparar en el ‘detalle’ de que Tiahuanaco -y no Tiahuanaca- está en Bolivia, Sudamérica, y no en Centroamérica, Paul Schliemann explica que la arcilla con la que estaban elaboradas ambas colecciones de cerámica era la misma y que, además, no se encontraba ni en Centroamérica ni en la antigua Fenicia. Pero lo mejor eran los objetos de metal: sometidos a análisis se descubrió que estaban fabricados con una misteriosa aleación de platino, aluminio y cobre, “¡una combinación nunca encontrada entre los restos de los antiguos y desconocida hasta hoy!”. Estos objetos, concluían abuelo y nieto, no podían venir de otro lugar que la Atlántida. ¿De dónde si no?

El atlante enamorado

En sus anotaciones secretas, Heinrich Schlimann revelaba otro hallazgo asombroso: “Una inscripción que excavé en la puerta de los leones de Micenas, en Creta”, isla en la que no está Micenas. En todo caso, el texto recogía las vicisitudes de “un sacerdote atlante que, enamorado de la hija del rey Cronos, huyó y después de muchas andanzas llegó a Egipto”.

Tras repasar los misteriosos descubrimientos de su abuelo, Paul Schliemann detalla los suyos propios, fruto de “seis años de infatigable trabajo en Egipto, Centroamérica, Sudamérica y todos los museos arqueológicos del mundo”, nada menos. Empezó localizando y rompiendo el famoso vaso decorado con la cabeza de una lechuza. Dentro había monedas con inscripciones fenicias que decían: “Acuñada en el Templo de Muros Transparentes”. También había un mapa de una expedición egipcia enviada en busca de la Atlántida durante la Segunda Dinastía. Animado por el hallazgo, Paul viajó a Egipto para excavar junto a las ruinas de Sais. No encontró nada, pero un misterioso cazador egipcio le consiguió una colección de medallas similares a las monedas del vaso. Al final reunió piezas casi idénticas de América, la costa marroquí, Troya y Egipto. “Tengo razones para decir que estas extrañas medallas fueron utilizadas como dinero en la Atlántida hace 40.000 años”, concluye.

Según afirma en su revolucionario artículo, Paul reconstruyó el destino catastrófico del reino perdido gracias a su traducción del ‘Tro-Cortesianus Codex’, documento maya que pudo estudiar en el Museo Británico, a pesar de que en realidad estaba -y sigue estando- depositado en la Biblioteca Nacional en Madrid. Aunque en su época el desciframiento de la escritura maya estaba poco menos que en pañales, parece que no tuvo dificultad alguna en traducir ese texto, también conocido como ‘Madrid Codex’. En él leyó que el país de Mu -que él parece identificar con la Atlántida- se hundió, sacudido por terremotos y erupciones volcánicas, 8.000 años antes de la redacción del códice. 64 millones de habitantes murieron en el cataclismo.

Paul Schliemann completó este relato con otro que pudo leer en una inscripción caldea que encontró “en el templo budista de Lhasa”, en Tíbet, sin aclarar de qué modo un texto grabado 2.000 años antes de Cristo pudo acabar en las paredes de un templo budista. El texto detalla algo más la catástrofe, con escenas de multitudes implorando clemencia a los dioses y refugiándose en los templos ante la inminencia del cataclismo inevitable, que acaba tragándose el país de las Siete Ciudades, “con sus puertas doradas y templos transparentes”. ¡Los templos donde se acuñaron las monedas misteriosas!

Cemento en las pirámides

Paul Schliemann termina su artículo comparando las pirámides egipcias con las mayas, ambas revestidas con una capa “de cemento brillante”, según dice, y concluye que ambas civilizaciones aparecieron plenamente desarrolladas y que su indudable parecido se explica sólo con un origen atlante común. Además, añade que ampliará sus descubrimientos en un próximo libro.

Los lectores de ‘New York American’ esperaron en vano. Ni del libro ni del propio Paul Schliemann se volvió a saber nada. Sin embargo, la historia tuvo cierto éxito a pesar de sus llamativos gazapos históricos y geográficos: ¿Jeroglíficos fenicios? ¿Bolivia en Centroamérica? ¿Micenas en Creta? ¿El ‘Madrid Codex’ en el Museo Británico? ¿Inscripciones mesopotámicas en templos budistas? ¿Cemento en las pirámides?… El artículo todavía es citado como verídico por entusiastas de la Atlántida, como se puede comprobar mediante una sencilla búsqueda vía Google.

El atlantólogo fantasma

Un mapa de la Atlántida del siglo XVII.

Para bien o para mal, el texto de Paul Schliemann ha pasado a formar parte de la bibliografía de la atlantología, esa peculiar disciplina “que consiste en una amalgama de literatura, filosofía, geología, oceanografía, arqueología, historia antigua, mitología, historia del arte, misticismo, criptografía y fantasía”. Así la describe Richard Ellis en su libro ‘En busca de la Atlántida’, un estudio exhaustivo en el que dedica un par de páginas al asunto del falso nieto de Schliemann. “La mayoría de los autores repite esta historia sin molestarse en preguntar si Paul era realmente nieto de Heinrich, pero varios investigadores suspicaces han revelado que, aunque Heinrich tenía un hermano que se llamaba Paul, ningún nieto suyo llevaba ese nombre”. El Paul Schliemann real era el menor de los nueve hermanos Schliemann. Jamás mostró interés alguno por la arqueología y la historia, quiso dedicarse a la agricultura y murió en la veintena.

Además, como señala Ellis, casi todo lo que cuenta el artículo del Dr Schliemann de pega parece estar sacado de los textos de Ignatius Donnelly, político, ensayista e historiador autodidacta, que en 1882 había publicado ‘La Atlántida: el mundo antediluviano’, una disparatada compilación de elucubraciones inverosímiles de gran éxito que todavía se reedita de vez en cuando. Según el escéptico Martin Gardner “desde que se publicó el libro de Donnelly, ha aparecido un número increíble de obras similares, aunque ninguna de ellas ha superado todavía la de Donnelly en ingenio y elocuencia”.

El ‘misterio Paul Schliemann’ se explica por la naturaleza del ‘New York American’, el periódico que publicó el artículo. Editado entre 1895 y 1901 como ‘New York Journal’ y con su nuevo nombre hasta 1937, pertenecía a William Randolph Hearst, uno de los grandes promotores del periodismo sensacionalista. De hecho, el ‘New York American’ fue el periódico que dio origen a la expresión ‘prensa amarilla’. En sus páginas se publicó la primera tira cómica en color, ‘The yellow kid’ (‘El niño amarillo’), que acabó por dar nombre cromático al estilo de periodismo que caracterizaba a la publicación, antecesora de cabeceras actuales como ‘National Enquirer’, las que recogen ‘noticias’ como que hay un pacto secreto entre los alienígenas y el Gobierno de EE UU o que Elvis ha sido visto comprando en un supermercado.

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