El misterio del Hindenburg, el Titanic de los nazis, resuelto 76 años después.

Miguel Ayuso

El misterio del Hindenburg, el Titanic de los nazis, resuelto 76 años después

El dirigible Hindenburg en llamas, una imagen que dio la vuelta al mundo.

El dirigible Hindenburg –bautizado así en honor del segundo presidente de la República de Weimar, el mariscal Paul von Hindenburg– era el orgullo de la Alemania nazi. El zepelín, de 245 metros de largo, alcanzaba los 135 kilómetros por hora gracias a sus cuatro motores diesel y permitía viajar de Europa a América en sólo tres días, algo increíble para la época. Pero, al igual que el Titanic, el dirigible no alcanzó la fama por su poderío técnico, sino por un aparatoso accidente en el que murieron 36 personas.

El accidente ocurrió en la noche del 6 de mayo de 1937. Tras haber cruzado el Atlántico, partiendo desde Frankfurt, el dirigible llegó a la Estación Aeronaval de Lakehurst (en Nueva Jersey) en medio de una tormenta. Después de esperar varias horas a que se calmara el tiempo para organizar las maniobras de amarre, el Hindenburg logró anclar su enorme estructura a la torre de la estación. De repente, se prendió fuego en la parte superior de la popa y el dirigible quedó destruido por completo en menos de 40 segundos. El accidente fue radiado en directo y protagonizó la primera plana de los periódicos de todo el mundo. La imagen del zepelín ardiendo es, de hecho, una imagen icónica del siglo XX (y no sólo por ilustrar el primer álbum de la banda a la que dio nombre), pero las causas del incendio siguen siendo fuente de disputa.

Buscando la causa de la explosión

En la época, las causas del desastre protagonizaron un airado debate, en un ambiente prebélico abierto a todo tipo de interpretaciones. La realidad es que el dirigible era una bomba en potencia, pues volaba gracias al hidrógeno, un gas altamente inflamable que fue elegido por los ingenieros alemanes ante la imposibilidad de usar helio, el gas que realmente tenían en mente. La exportación del helio fue vetada por el Ejército de Estados Unidos, único país que por entonces tenía reservas de éste, y los alemanes tuvieron que conformarse con el hidrógeno, el único sustituto que podían producir en cantidad suficiente.

Pese a la elección del hidrógeno, los ingenieros alemanes confiaban en su correcta manipulación ya que, de hecho, lo habían usado en dirigibles anteriores sin problema. El accidente pilló a todos por sorpresa. Nadie esperaba que el orgullo de la aviación de la época pudiera irse a pique tan rápida y aparatosamente. En Alemania muchos creían que el dirigible había sido objeto de un sabotaje premeditado, otros apuntaron a la pintura que recubría el ingenio, altamente inflamable, pero nadie llegó a ofrecer una conclusión definitiva. Hasta ahora.

Nadie esperaba que el orgullo de la aviación de la época pudiera irse a pique

Un grupo de científicos, liderado por el ingeniero británico Jem Stanfield, del South West Research Institute de Estados Unidos, ha realizado un modelo a escala del zepelín, de 24 metros, para probar las distintas teorías sobre la destrucción del artefacto. El experimento, que forma parte de un documental que se emitirá este jueves en el Channel 4 de Reino Unido, llega a la conclusión de que el accidente se produjo debido a la electricidad estática que se acumuló en el dirigible debido a la tormenta.

El hidrógeno no era una buena elección

Según el equipo de Stanfield, un cable roto o una válvula defectuosa provocó una fuga en los depósitos de hidrógeno y éste se coló en el conducto de ventilación. El exterior del zepelín estaba cargado con electricidad estática y cuando la tripulación sujetó los amarres a la torre de la estación el dirigible se conectó a tierra, se prendió fuego en la cola de la nave y éste se extendió en cuestión de segundos gracias al gas inflamable, que no estaba tan bien controlado como pensaban los orgullosos ingenieros del Reich.

El suceso forzó la jubilación de los dirigibles, que dejaron de usarse definitivamente para el transporte de personasPese a lo aparatoso del accidente lo cierto es que el desastre pudo ser mucho peor. De las 97 personas que viajaban en el zepelín sólo murieron 35. El resto se salvó gracias a la rotura de los depósitos de agua del dirigible, que cayeron sobre los tripulantes salvándoles la vida. El suceso, no obstante, forzó la jubilación prematura del resto de zepelines alemanes y los dirigibles dejaron de usarse definitivamente para el transporte de personas.

En los noventa, se volvieron a construir varios dirigibles que se siguen usando hoy en día como soporte para publicidad y, en la actualidad, hay varios prototipos de dirigibles que podrían llegar a usarse para el transporte comercial dada la facilidad que tienen para alcanzar altitudes mayores y trasportar cargas pesadas.

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