Tintín, el eterno periodista que jamás escribió un artículo.

Por: Luis M. Ariza

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Cortesía de Weta Digital/Dreamworks Pictures, del film Las Aventuras de Tintin, de Steven Spielberg.

No me considero un tintinófilo y a seguro que más de uno pondrá el grito en el cielo para sacarme errores, pero lo cierto es que, treinta años después de la muerte de Hergé, resulta imposible resistirse a escribir unas líneas sobre el periodista más famoso del mundo que jamás escribió nada: el periodista que se convierte en el corazón de la historia, en el protagonista. Cuando las reglas del periodismo dictan que el mejor periodista es el narrador invisible que cuenta lo que ve.

Pero es que Tintín es más. Mucho más.

Tras 23 albumes, traducciones en ochenta idiomas, y más de 230 millones de ejemplares en ventas, uno concluye que Tintín no es solo mero entretenimiento infantil. Spielbergrealizó la mejor versión cinematográfica de un personaje que adquiere vida como ningún otro en el papel, el universo al que genuinamente pertenece. Y si atendemos al excelente documental de Anders OstergaardTintin et Moi, el joven reportero resulta la extensión de la vida de un genio como Hergé, el cual supo plasmar en este boy-scout sus ambiciones, sus miedos y crisis personales y los convulsos tiempos que vivió. Hergé trasladó todos esos elementos cimentando su universo paralelo. Y cada vez que abro una de sus páginas, este universo me atrapa.

¿Cual es la razón de su éxito?

Me atrevo a decir que Hergé supo alimentar al mundo de Tintín con las contradicciones, tragedias y alegrías del suyo propio, proyectando sus miedos, sus frustraciones, sus deseos de libertad y sus legítimos sueños. Triunfando donde la mayoría de los creadores fracasan, cuando tratan de insuflar vida a sus muñecos de arcilla, con el vano objetivo de que sean inmunes al tiempo.

Se ha atacado a Hergé por su educación católica; por presentar a un Tintín asexuado; por haber tenido un mentor como el reverendo Wallez, que dirigía una revista ultracatólica como Le Vingtiëme Siëcle, alguien que no ocultaba su admiración por Hitler y los nazis y que tenía un retrato de Mussolini colgado en su despacho (el propio Wallez puso a Hergébajo la supervisión de su secretaria, con quien finalmente el artista se casaría); por su postura racista y colonial y el trato dado a los nativos en Tintín y el Congo. Incluso se ha llegado a ridiculizar a Tintín en comics alternativos de pésimo gusto donde el reportero, por ejemplo, tenía apetito sexual por Bianca Catasfiore.

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Fotografía cortesía de APF/Getty Images. Georges Remi o Hergé, creador de Tintín.

Todos estos ataques e imitaciones, son, permítanme la expresión, un poco o bastante idiotas según el caso, y siendo elegante, se pueden despachar como anacronismos absurdos, ya que proceden en su mayoría de un mundo mediocre y gris. La mediocridad que precisamente Hergé rechazaba de canto por haberla padecido durante su infancia y adolescencia.

Hergé vivía en Bruselas, en tiempos donde la alianza entre el fascismo y la Iglesia era pan común. Tintín nació como un reportero católico para luchar contra el comunismo, y erradicar el mal. Pero este origen propagandístico también se ha producido en otros comics populares, como el Capitán América. Hace un par de años visité esta hermosa ciudad, y pude comprobar la marca de Hergè en sus calles.

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Tintín y Haddock en una fachada de Bruselas. Foto LM Ariza.

Cuando Hergé decidió que Tintín viajaría a China, el propio entorno religioso del reverendoWallez le advirtió que no cayera en los clichés que por entonces se tenían de los chinos; gente malvada con coleta y uñas largas que dedicaban su tiempo a maquinar conspiraciones y comían nidos de golondrina.

Hergé conoció a Tchang Tchong Jen, un amigo que le abrió los detalles del universo oriental, pero no supo de él durante décadas. Hergé quedó fascinado y plasmó su primera obra maestra, El Loto Azul, maravillosamente documentada en cada detalle, donde se destilaba como trasfondo el horror de la ocupación japonesa de China. Tintín se liberó de sus ataduras y comenzó a crecer, expandiendo las ansias de libertad del propio Hergé en un mundo acostumbrado a la represión ideológica.

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Una escena tomada del álbum El Loto Azul. Cada detalle y mensaje escrito en chino estuvo meticulosamente documentado. Dibujos de Tintin cortesía de Hergé/Moulinsart Studios Hergè

A finales de los años treinta, con los soldados nazis desfilando por Bruselas, Hergé siguió publicando sus dibujos en Le Soir, otro diario católico generalista –la anterior publicación fue disuelta precisamente por culpa de la ocupación alemana– y recibió anónimas críticas de lectores desencantados que pedían que no firmara en una publicación que simpatizaba con los nazis, nos cuenta Ostergaad.

Pero lo cierto es que las historias empezaban a retratar la situación de opresión que sufría en entorno del artista. En El Cetro de Ottokar, el personaje malvado es un calco deMussolini. Y como anécdota, un agente de la policía secreta alemana que visitó su estudio, al ver que uno de los aviones de guerra era un Messerschmitt, le sugirió. “No lo hagas a menudo”.

En tiempos de la ocupación nazi, las historias de Tintín se hicieron más fantásticas, dando todo el sabor a la aventura genuina. Tintín busca tesoros bajo el mar, viaja a países andinos para conocer la cultura Inca. En la Estrella Misteriosa, una bola de fuego amenaza con chocar contra la Tierra, el día del fin del mundo, y el héroe siente una angustia existencialista. El futuro de repente deja de existir. Es la huida mental al dominio nazi del propio Hergé (Georges Remi).

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Tintin se encuentra con unos extraños champiñones en un meteorito que cayó al mar.Dibujos de Tintin cortesía de Hergé/Moulinsart Studios Hergè

Todo eso nos lo narra magistralmente este documentalista danés. Hergé fue tachado de colaboracionista con el régimen nazi, pero paso un sólo día en la cárcel. Y todos los editores que le apoyaron dieron con sus huesos en presidio. De repente nadie le conocía. Pasó a estar en la lista negra.  ¡Absurdo! Hasta que un editor que había trabajado en la resistencia francesa, Raymond Le Blanc, le propone continuar con Tintín en una revista para niños.

Y más adelante, Tintín llega al Tíbet. Son tiempos donde Hergé quiere salir y sentir la vida al romper su matrimonio por culpa de una atractiva joven que trabajaba en su estudio. Algo maravilloso que le desgarró el alma y que le sumió en una depresión. El pecado, la infidelidad, la idea pasajera del suicidio, la ansiada búsqueda de la pureza blanca en las montañas más altas de la tierra. Todos esos fantasmas están reflejados en una de sus mejores aventuras, Tintín en el Tíbet, donde el reportero se reencuentra con su amigo perdido, Tchang.

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Dos escenas de la magnífica historia de Tintín en el Tibet. Dibujos de Tintin cortesía de Hergé/Moulinsart Studios Hergè

Hergé es quizá uno de los pocos artistas cuyo legado y vida pueden examinarse a través de aventuras cuya arquitectura, sencillez y documentación es tan perfecta que, como novelista, solo puedo sentir envidia y un poco de impotencia. Tiene, a mi juicio, una clarividencia e imaginación similar a la de Julio Verne.

En Objetivo y Aterrizaje en la Luna, realizados mucho antes de la carrera espacial que llevó allí a los astronautas de la NASA, los detalles son asombrosos y resisten los análisis incluso hoy en día. Los cálculos de las velocidades del cohete se corresponden con las distancias a las que se va alejando de la Tierra. Y la idea de unas botas magnéticas para contrarrestar la falta de gravedad dentro de la nave se ajusta mucho a mejor a los parámetros de la ciencia que en Star Wars, donde Harrison Ford y los suyos campan a sus anchas dentro de las naves.

¿Han visto alguna vez a los astronautas de la estación espacial bebiendo agua en microgravedad? Pues comparen este video con las dificultades que tiene el capitánHaddock en tragar su whisky.

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El capitán Haddock se queda sorprendido al comprobar que su Whisky flota en microgravedad como una bola. Dibujos de Tintin cortesía de Hergé/Moulinsart Studios Hergé. Video: NASA

En Las Siete Bolas de Cristal, hay una escena en la que una bola de fuego se cuela por una chimenea y da vueltas alrededor de unos alucinados Haddock y Tintín, junto con el profesor Tornasol, hasta chocar contra una momia inca y desintegrarla. Este fenómeno de rayos en bola, según los expertos, no es ficción y puede ocurrir una vez cada millón de descargas eléctricas.

Y en el Asunto Tornasol, escrito en la década de los cincuenta, donde nuestro despistado científico inventa un aparato de ultrasonidos que podría ser usado como arma, comprobamos que Hergè estaba al tanto de las primeras aplicaciones de los ultrasonidos. Llegó a anticipar su uso como medio de destrucción –la pulverización de las piedras en los riñones mediante ultrasonidos solo empezaría a ser una realidad en la década de los ochenta.

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Portada del álbum Las Siete Bolas de Cristal. Dibujos de Tintín cortesía de Hergé/Moulinsart Studios Hergè

Y una última nota. ¿Por qué Tintin no envejece? Claude Cyr, pediatra y profesor de la Universidad de Sherbrooke en Canadá, llegó a publicar en Current Science que nuestro joven reportero tenía un daño en la glándula pituitaria situada en la base del cerebro, que le impedía crecer. Lo que mereció un artículo en una revista de prestigio.

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