Las pesadillas, ¿cuándo empiezan?

Los sobresaltos nocturnos pueden tener distinta naturaleza y para paliarlos hay que intentar establecer rutinas que relajen al bebé.
RAFAEL LAMELAS | GRANADA

Los niños crecen por fuera y por dentro. Igual que conforme pasan ciertos meses de vida se les introducen nuevos alimentos, a los que poco a poco se va acostumbrando, el bebé también siente como madura su sistema nervioso. Algo que se hace especialmente evidente cuando tratamos de que duerma de noche y se ve afectado por cualquier tipo de trastorno. Aunque las pesadillas como tales se desarrollan por lo general a partir de los dos años, no es extraño que haya pequeños que se despierten sobresaltados a mitad de la noche, o bien que les cueste conciliar el sueño, o rompan a llorar cuando llevan solo un rato dormidos.

Es imposible adelantar el motivo del despertar repentino, pues se puede debe a múltiples motivos. Desde una exposición a imágenes televisivas que le hayan sobresaltado en el rato previo a acostarse, a un cambio sustancial en sus rutinas previas a entrar en la cuna. En algunos casos, la mera ansiedad de tratar de dormirse les solivianta, incluso la sensación de alejamiento de los padres puede derivar en el malestar.

Como el día que come verdura o fruta por primera vez, cada hijo afronta de una manera diferente el tránsito entre las diferentes fases del sueño. Es a veces en estas transiciones cuando se altera. También por un ruido repentino o un movimiento brusco propio, que le despierta. Una personalidad nerviosa puede conducir a estos sobresaltos, pero de cualquier forma hay medidas para intentar evitar una noche confusa. Velar porque inicie un periodo de relajación previo, sin ver la televisión, dándole un baño caliente, con un cuente que le guste o algo de juego que le deje tranquilo, sin alterarle. Si el malestar se produce, es fundamental que se tranquilice a la criatura, sin aparentar nerviosismo y evitando, según consejo de los padres con experiencia, que la solución sea que acabe en la cama de los padres. A veces, con una charla calmada o una pequeña luz se palía todo esto.

En cualquier caso, si estos episodios se repiten en demasía es preferible acudir al especialista, sobre todo si el llanto dura continúa por cerca de media hora o se aprecia rigidez en el cuerpo del bebé. Hay que distinguir entre un mero quebranto del sueño, la pesadilla (que aparece con el niño algo más mayor) y el terror nocturno, un episodio que sorprende a los padres por la tremenda expresividad con la que aparecen. Llanto desatado, gritos, angustia… con el niño completamente dormido. Tanto, que ni se acuerda de lo ocurrido, en algo muy similar al sonambulismo. Mientras las pesadillas suelen acaecer al final de la noche, los terrores nocturnos normalmente suceden al principio. No es necesario despertar al bebé cuando esté así, sino favorecer su relax para que siga durmiendo.

En mi caso, he notado con frecuencia que los días en los que se alteramos sus hábitos, bien porque come más tarde o porque estamos fuera de casa, suele desencadenar en una mayor dificultad para conciliar el sueño, despertándose cabreado inesperadamente durante las primeras horas. En general, actuar rápido, con caricias y una voz suave, nos sirve como fórmula. Con el tiempo, veremos si las pesadillas se hacen presentes. A los padres nos toca enseñarles que dentro de los armarios no hay ningún monstruo.

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