Siete afirmaciones cotidianas que creemos ciertas y están muy lejos de serlo.

Siete afirmaciones cotidianas que creemos ciertas y están muy lejos de serlo

¿Cuánto equivale un año de un perro en los humanos? (Corbis)

Podemos calificar como mito a cualquier cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene. A medida que la humanidad fue avanzando, y el método científico se impuso como la forma valida de razonamiento, muchas de las cosas que creíamos ciertas fueron desmentidas, no sin importantes conflictos. Hoy todo el mundo sabe que el Sol no gira alrededor de la tierra (o casi todo el mundo), y que las sanguijuelas y sangrías no sirven para sanar a nadie, pero sigue habiendo muchos mitos que todo el mundo da por cierto, sin plantearse que son absolutamente falsos.

La mitología, más allá de las leyendas urbanas, está presente en todo tipo de temas, aunque en la actualidad es especialmente acusada en asuntos sanitarios, en lo que respecta a la comida y en asuntos históricos –alentados en muchos casos por el patriotismo mal entendido–. Estos son siete de los mitos (falsos) más extendidos.

1. “Si crujes tus articulaciones acabarás teniendo artritis”

Que el crujir de las articulaciones (al que son tan aficionadas algunas personas) saque de quicio a la gente que les rodea, no significa que vaya a acabar con su movilidad. Según han comprobado diversos estudios, no hay ninguna asociación entre esta costumbre y la artritis, y las articulaciones de los crujidores y los no-crujidores no presentan ninguna diferencia significativa. Los aficionados a esta práctica, no obstante, deberían tener cuidado. Lo que sí han comprobado los médicos es que el crujir de las articulaciones puede provocar lesiones en los ligamentos y tendones.

2. “Napoleón era un retaco”

La imagen del que fuera emperador de Francia está marcado a fuego en nuestras mentes. Todos sabemos que era muy bajito e iba siempre con una mano en el pecho, pero actualmente sabemos que, ni era tan bajito, ni estaba todo el rato con la mano bajo el abrigo –una costumbre que adquirió para imitar a los emperadores romanos en los retratos–.

Siempre se ha creído que Napoléon media poco más de metro y medio, pero muchos historiadores creen que en realidad medía 1,68 metros. El error en el dato podría deberse a un error de cálculo entre las distintas unidades, que por aquel entonces estaban en plena reforma (Francia fue el primer país en adoptar, desde la Revolución, el actual sistema métrico decimal). La altura de Napoléon no era nada del otro mundo, pero estaba en torno a la media de la época, y aún así superaba en altura a Sarkozy, su más bajito sucesor.

3. “No des mucho azúcar a los niños, que se vuelven locos”

Un clásico de las fiestas de cumpleaños infantiles. Se empiezan a repartir los refrescos (sin cafeína) y las bolsas de chucherías y los niños se transforman en pequeños gremlins, que arrasan con todo a su paso. La creencia popular nos dice que no debemos dar demasiado azúcar a los niños pues, pasado un límite, se vuelven completamente hiperactivos.

La revista científica de la Asociación de Médicos Americamos publicó el año pasado una interesante revisión de estudios sobre los efectos del azúcar en los niños y llegó a la conclusión de que el azúcar no tenía ningún efecto sobre su comportamiento. En realidad, son los adultos los que están predispuestos a pensar que existe tal relación, y piensan que la culpa de que los niños se descontrolen es del azúcar, y no de que estén pasándoselo bien juntos .

4 “Los vikingos llevaban cascos con cuernos”

Los historiadores saben desde hace mucho tiempo que los vikingos no andaban por ahí luciendo cascos con cuernos, ni siquiera las autoridades de la época. Pero si pensamos en un vikingo lo primero que nos viene a la cabeza es un señor fornido, a poder ser pelirrojo (en esto no nos equivocamos) y con un casco con cuernos.

Quizás la serie de dibujos animados de Vicky el vikingo tuvo mucho que ver con la construcción en nuestro país del imaginario sobre los invasores escandinavos, pero vaya por delante que nadie se preocupó por una correcta recreación histórica. La equivocación, no obstante, viene de lejos. Los vikingos paganos realizaban sus enterramientos con cascos (que sí usaban) y cuernos, que nada tenían que ver con éstos, para que el difunto bebiera. Cuando se excavaron los primeros yacimientos de estas poblaciones, en el siglo XIX, los arqueólogos pensaron que los cuernos se habían separado de los cascos y los artistas románticos pronto difundieron imágenes de vikingos empleando cascos con cuernos.

5. “Si sales a la calle con el pelo mojado pillas seguro un catarro”

Es quizás una de las frases más repetidas por las madres españolas. Todos hemos crecido pensando que salir a la calle con el pelo mojado era la forma más rápida de pillar la gripe. Pero lo cierto es que, como han comprobado numerosos estudios, se trata de un consejo sin ninguna base científica. Los catarros y la gripe se contraen por la exposición a los virus, que no tienen ninguna predilección por los pelos húmedos.

6. “Un año de un humano equivale a siete de un perro”

Hay algo que falla en esta ecuación. Todos hemos visto a multitud de perros con 13 años, y los perros mestizos pueden llegar a vivir hasta 20 años. ¿Cuántas personas llegan a 91 años? ¿Y a 140? Está claro que los perros crecen más rápido que los humanos, pero lo hacen de distinta forma. A nivel formativo los perros alcanzan la mayoría de edad con dos años, que según los expertos equivaldrían a nuestros 21, y he aquí el origen del mito. Pero a partir de ahí la ecuación falla, pues el envejecimiento desde ese punto es más regular.

El encantador de perros, Cesar Millán, recomienda la siguiente fórmula para calcular la edad de un perro en “años humanos”: resta dos a la edad real del perro, multiplica la cifra resultante por cuatro y añade 21. Bajo esta norma un perro de 13 años tiene 65, recién jubilado, y uno de 20, 93 primaveras.

7. “La mayor parte del calor del cuerpo lo perdemos por la cabeza”

Se trata de una afirmación muy extendida (y muy útil para los fabricantes de gorros), pero no es cierta. La cantidad de calor liberado por cualquier parte del cuerpo depende en gran medida de su superficie. En un día frío se pierde más calor a través de un brazo o una pierna descubierta que a través de la cabeza. Dicho esto, ponerse algún tipo de protección en la cabeza en invierno es útil, pues es la parte del cuerpo que más veces llevamos al descubierto.

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