La prisión de Alcatraz.

David Hidalgo

Estoy siguiendo la serie de J.J. Abrams con un interés inusual: ocurre que hace unos años pude visitar esa prisión que alguna vez fue considerada la más dura del mundo. Aquí unos apuntes al vuelo sobre lo que recuerdo.

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Hay una celda arreglada para suavizar la imagen de Alcatraz. Es un cubículo del tamaño de un compartimento de tren, con una cama, un lavatorio, una repisa y una pequeña mesa atornillada a la pared. La cama luce un cobertor de tela áspera, doblada con cuidado. La vista de los curiosos que llegan a este punto suele saltar de un libro a un cepillo de dientes, una camisa colgada en la pared, una toalla. Más que el lugar de encierro para un convicto, parece la habitación de un recluta, acaso el dormitorio de una persona tranquila y austera. Ningún dato te da señas sobre su último dueño, de modo que con frecuencia escuchas a los visitantes especular en medio de risas, como quien comenta la escenografía de una película de policías y ladrones. Pero el silencio de los objetos desentona con los antecedentes de sus usuarios: quien haya dormido allí estuvo alguna vez entre los criminales más peligrosos de Estados Unidos, gente que llegaba derivada de otras cárceles en las que ya no la aguantaban porque se portaba demasiado mal. Por ejemplo, el interno que terminaría apuñalando a Al Capone con unas tijeras tras una disputa casual.

Galería del crimen
Alcatraz es imponente. El edificio que albergaba a los presos está ubicado en el punto más alto de la isla, una meseta a la que se llega al final de un camino de al menos cuatro tramos en zigzag. Tres puertas metálicas sucesivas te conducen a la clásica toma cinematográfica: un largo pasillo con tres pisos de celdas a ambos lados y una cascada de barrotes que da una perspectiva claustrofóbica. El interior del pabellón está organizado en cuatro bloques. Puedes caminar por los pasadizos que los separan, entrar a alguna celda vacía y hasta tomarte fotos simulando que eres un interno más. Nunca falta uno que busca el cubículo que usó Clint Eastwood en la película sobre la fuga más famosa de esta cárcel. Los más atentos, sin embargo, suelen detenerse en los espacios que contuvieron a los protagonistas reales de esa historia.

En una habitación está la fotografía de Frank Lee Morris, el último hombre que escapó de Alcatraz. Morris era un delincuente que había caído en distintas prisiones por tráfico de drogas o asaltos a mano armada. Llegó a la isla en enero de 1960. Se dice que apenas pisó su celda, empezó a planificar su salida. La versión oficial es que tuvo la ayuda de tres internos, con quienes llegado el momento se turnó para horadar el muro de su celda, que comunicaba a un pasillo de mantenimiento. La fuga estuvo planeada para la noche del 11 junio de 1962. Morris y dos de sus cómplices llegaron a salir por el hueco, pero el cuarto hombre se quedó atascado y optó por regresar a su celda. El trío salió por los techos de la cárcel, bajó por tuberías, superó vallas y finalmente se arrojó al mar en unas balsas que habían fabricado con trozos de impermeables. Los guardias sólo se dieron cuenta a la mañana siguiente, cuando registraron sus celdas y encontraron tres cabezas falsas embutidas en las camas.

Se dice que Morris tenía un coeficiente intelectual superior que le permitió calcular todo con frialdad y eficacia. Algunos metros más allá, en el pabellón D, otro hombre destacaría también por su tortuosa inteligencia: Robert Franklin Stroud, más conocido como “El pajarero de Alcatraz”. Su fotografía muestra a un hombre de facciones angulosas y mirada amenazante. Se le recuerda como uno de los hombres más violentos de la historia penitenciaria de Estados Unidos. Su primera sentencia fue por el homicidio de un hombre que había agredido a su amante. Una vez en prisión, asaltó la enfermería para conseguir morfina y luego asesinó a otro interno que se dedicaba a la venta de drogas. Por este comportamiento, fue trasladado a una cárcel más segura, donde terminó apuñalando a un guardia que le había llamado la atención. Fue condenado a muerte, pero luego le cambiaron la pena a cadena perpetua. La cumpliría en la Alcatraz. Stroud pasó seis años en una celda de confinamiento solitario. Allí desarrolló una afición por los canarios que le valió el apelativo.

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[En la foto: Robert Franklin Stroud, “El pajarero de Alcatraz”]

En el mismo pabellón se puede ver las fotos de Roy Gardner, conocido en su tiempo como “El Rey de los Artistas del Escape”. Fue uno de los primeros internos de Alcatraz. Su carrera como asaltante de trenes le permitió ganar una fortuna a inicios del siglo XX, pero la dilapidó en correrías posteriores que lo llevaron a la cárcel. Gardner escapó tantas veces de prisiones o durante los traslados a las mismas, que se convirtió en la mayor amenaza de su tiempo. En una ocasión engañó a los policías que lo custodiaban y los dejó atrapados con las mismas esposas que poco antes le habían puesto a él. Cuando lo trasladaron a Alcatraz, la gracia se le acabó. Gardner diría de esta prisión que era “el lugar más rudo del mundo”. Años después, cuando obtuvo la conmutación de su pena, escribió un libro sobre sus experiencias y la gente que había conocido allí. Lo tituló: “Hellcatraz: la roca de la desesperación”.

Cocina peligrosa
Al lado del pabellón de las celdas hay un amplio ambiente de paredes de color crema y verde agua, y pisos resquebrajados por el tiempo. Es el comedor de la prisión. Es uno de los espacios más célebres, porque entre las versiones que han quedado para la leyenda de Alcatraz destaca una que asegura que los internos comían muy bien. Una fotografía muestra el menú que se sirvió para el almuerzo del 5 de setiembre de 1949: Jamón al horno, frejoles guisados, ensaladas de apio y pastel de manzana. Los encargados del menú eran internos escogidos por turnos, algunos de los cuales cumplían sentencia de por vida. En el historial de cocineros figuraban algunos convictos por asesinato, tráfico de drogas, secuestro y estafa.

Los encargados de la cocina tenían una posición privilegiada, si la sabían explotar. Su acceso a las alacenas les permitía filtrar a las celdas algunos pasteles y comida que luego traficaban entre sus compañeros o cambiaban por cigarrillos y otras mercancías. “En lo que a mí respecta, yo tuve el mejor trabajo de la isla”, dijo alguna vez Darwin Coon, el antiguo interno AZ-1422. Los cocineros tenían permiso para salir al patio de recreo todos los días y también podían tomar una ducha diaria si así lo deseaban. Pero no todos se conformaban con esos beneficios: de la cocina partieron varios de los más sonados intentos de fuga de la isla.

Uno de estos episodios ocurrió cuando el interno Jim Quillen descubrió una tapa metálica en el sótano de la cocina. Era el ingreso al túnel que comunicaba con el sistema de calefacción de toda la prisión. Quillen se puso de acuerdo con tres de sus compañeros para intentar el escape. Durante días aprovecharon el horario de la cocina para meterse por turnos a probar su resistencia al calor. Las primeras veces terminaron con quemaduras y al borde de la asfixia. Decidieron que tendrían que entrar con la menor cantidad de ropa posible. El verdadero obstáculo era una pared que comenzaron a escarbar mientras todos los demás, presos y guardias, se preparaban para almorzar. El trabajo avanzaba a buen ritmo cuando una tarde Quillen fue impedido de regresar a la cocina y enviado a su celda. Allí se encontró con uno de sus cómplices y un oficial que terminaba de interrogarlo. Los otros dos involucrados no se aparecieron. Los habían traicionado.

El último intento de fuga también partió de la cocina. Un día uno de los cocineros descubrió las huellas de un escape frustrado: las barras de acero de una ventana estaban cortadas y rellenas con cera. Daryl Parker y John Scott se pusieron de acuerdo para aprovechar la oportunidad. La noche del 16 de diciembre de 1962 quitaron el relleno de cera, abrieron los barrotes y salieron por esa vía hacia los tubos de drenaje. Conocían la ruta hacia los techos por los trabajos de limpieza que habían hecho tiempo atrás. La oscuridad les permitió alcanzar la orilla sin ser vistos y lanzarse al mar. Parecía que lo lograban, pero el agua estaba demasiado fría y las corrientes estuvieron en contra. Parker apenas llegó a una pequeña isla de roca conocida como “La pequeña Alcatraz”, de donde fue recogido por una patrulla. Scott llegó a la costa, pero varó cerca de un puesto de vigilancia militar donde fue rápidamente capturado. Un oficial comentó al día siguiente que con ese episodio se empezaba a evidenciar la debilidad de la prisión. Tres meses después, Alcatraz fue cerrado para siempre.

Uno puede caminar por casi todos los ambientes significativos de la prisión. Algunas de las construcciones están derruidas, pero otras parecen listas para servir de nuevo como parte del sistema carcelario. Por ejemplo, una sala para guardias que da a una terraza con una vista fascinante de San Francisco. La terraza suele llenarse de turistas con cámara en mano que sonríen como si estuvieran saliendo de la Casa del Terror de un parque de diversiones. En mi caso, recuerdo haber sentido cierta calma muy parecida a la de un cementerio. Cada quien tiene derecho a explorar su morbo como le venga en gana. Algunos terminarán comprando una taza de metal como las que usaban los hombres enjaulados de otro tiempo. Algunos terminaremos lamentando la oportunidad perdida.

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