Mujeres de cuidado…

David Hidalgo

“Las vidas de estas mujeres consideradas escandalosas no han sido otra cosa que pequeños episodios revolucionarios vetados por la inseguridad de los varones de su tiempo”.
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La justificación más elegante de la chismografía histórica es esta frase de Lord Byron: “Los escándalos muertos constituyen buenos temas para la disección”. Algunos episodios de la historia universal tendrían que ser vistos a la luz de la intimidad de sus protagonistas. La primera ministra de la historia, la rusa Alexandra Kolontai, no sólo se hizo famosa por la actividad política que la llevó a formar parte del entorno de Lenin sino como autora de varios tratados a favor de la igualdad del hombre y la mujer entre sábanas. “La liberación total de la mujer obrera y la creación del fundamento de una nueva moralidad sexual siempre serán el fin más elevado de mi actividad y de mi vida”, escribió en el libro: “Autobiografía de una mujer sexualmente emancipada”. Kolontai fue conocida como la “Valkiria de la revolución”. Décadas después, otra feminista definiría la importancia de este enfoque de la historia: la artista estadounidense Betty Dodson se quejaba del paradigma social por el que las mujeres deben guardarse para el hombre que las protegerá toda la vida. “[…] En una sociedad en la que no hay igualdad económica entre los sexos, fui obligada a negociar con el sexo cualquier esperanza de seguridad financiera. El matrimonio, en esas circunstancias, es una forma de prostitución”. De manera que, con seguridad, las historias de mujeres consideradas escandalosas no han sido otra cosa que pequeños episodios revolucionarios vetados por la inseguridad de los varones de su tiempo.

LA PECADORA

El escritor italiano Giovanni Papini escribió que los lectores perversos de la Biblia han buscado en el Evangelio las mujeres que olían a pecado y parecían más semejantes a las mujeres de sus sueños. “Se han apropiado, engalanándolas con los terciopelos de los adjetivos, con las sedas de los verbos, con las joyas y pedrería de las metáforas, de la desconocida arrepentida –con el nombre de María Magdalena–, de la desconocida adúltera de Jerusalén, de la bailarina Salomé, de la siniestra Herodías”. De todas estas, acaso la que más se cita como señal de escándalo es la supuesta mujer de mala vida que tuvo el atrevimiento de visitar a Jesús. “Ninguna mujer lo amó tanto como la pecadora que lo ungió con aceite de nardo y lo regó con sus lágrimas, en casa de Simón”, señala el converso autor de Historia de Cristo.

La mujer había llegado con una actitud de profundo arrepentimiento y, a diferencia de los fariseos que participaban de la cena para Jesús, no tuvo el menor reparo en postrarse de rodillas ante él. La crítica silenciosa de los presentes fue neutralizada con la parábola del Mesías sobre el prestamista y los dos deudores. Según el relato, los hombres le debían distintos montos que no podían pagarle y el acreedor les perdonó la obligación. “¿Quién de los dos te parece que le amará más?”, preguntó Jesús a Simón, el dueño de casa. El fariseo respondió que aquél que debía más. La alusión a la mujer era clara. “Mucho le será perdonado porque ha amado mucho”, dijo el maestro, según las escrituras. Papini considera que este episodio está mal repetido y peor comprendido.

Muchos recuerdan el episodio bíblico por el morbo de la prostituta ante el Salvador. Lo que se recuerda menos, si acaso, es el sentido premonitorio de la escena. Cuando los apóstoles, encabezados por Judas, expresan sus reparos, Jesús responde: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Ella ha hecho una buena obra conmigo: […] se adelantó a ungir mi cuerpo para la sepultura”. El acto lloroso de la mujer revela una certeza que se adelantaba a la de los propios apóstoles. Dice Papini: “La pobre pecadora, elegida misteriosamente para este rito profético, tiene, acaso, un confuso presentimiento de terrorífico significado de este anticipado embalsamamiento”. Había sido un sacramento por adelantado.

Que haya sido una mujer (y de su condición) la protagonista de este episodio es una doble reivindicación que suele pasar inadvertida ante los ojos ansiosos de escándalo. Que Judas haya estado a la cabeza de los fustigadores tiene un significado más primario para Papini: “Los eternos celos del hombre contra el hombre ante una mujer se confunden con la codicia burlada”.

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LA NINFÓMANA

El inventario universal de tribulaciones femeninas tiene como capítulo principal la historia de lady Ellenborough, considerada una de las mujeres más atractivas de la Inglaterra victoriana y protagonista de un desaforado historial amoroso. “En el transcurso de las siete décadas que vivió, tuvo por lo menos cuatro maridos y posiblemente nueve, casándose con cada uno de ellos en una capital distinta de Europa o del Próximo Oriente”, escribió Irving Wallace. Además, según el autor estadounidense, existen pruebas documentadas de por lo menos doce amantes, “pero es probable que gozara de un número triple”.

La bella Emma Ellenborough empezó su vida de escándalo cuando su marido, un aristócrata muy odiado, puso a debate su divorcio en la Cámara de los Lores. Tras cuatro años de matrimonio, ella se había escapado con un príncipe austríaco que había conocido durante un baile. Para el momento en que estalló la comidilla en Londres, estaba refugiada en un departamento en París, embarazada de su amante. El divorcio la dejó libre, pero no le trajo la felicidad: poco después, el austriaco la abandonó para seguir su carrera diplomática. Fue en ese momento que conoció al más brillante de los hombres con los que tuvo amores: Honoré de Balzac.

Los presentó una condesa amiga en común. Lady Ellenborough era alta y esbelta, de una belleza radiante según diversos testimonios de la época; él era bajo y grueso, de apetito grotesco y peor apariencia. “Pero tenían muchas cosas en común. Ambos eran emocionales, apasionados, amantes de la aventura y extravagantes”, señala Wallace. Y cada cual tenía una historia amorosa congestionada, por decir lo menos. En esa época, Balzac tenía varias amantes, incluyendo dos ricas aristócratas. Ella, por su parte, había empezado con las fugas desde niña, cuando escapó con una banda de gitanos y luego se enredó con un mozo de cuadras. También había tenido amores con un primo y un bibliotecario, antes de conocer al príncipe que la desgració.

El romance fue breve, un par de meses, pero suficiente para que el escritor concibiera una novela: El lirio del Valle. En el relato, el protagonista conoce a una Lady inglesa con la que tiene una apasionada relación carnal. Se dice que en su tiempo, fue muy sencillo para los lectores identificar a lady Ellenborough como la inspiración.

Balzac escribía de manera enfebrecida, de modo que el lazo entre ambos se enfrió por falta de atención. Entonces, ella empezó un periplo que la llevó a Munich, donde fue amante del rey Ludwig I de Baviera y más tarde del hijo de éste, Otto. Se casó con un barón alemán, al que tres años después engañó con un conde griego. Por esa época, harta de las intrigas de esposas celosas y amantes frustrados, abandonó Europa rumbo al Medio Oriente y se dijo que su galería de conquistas creció de modo exponencial. Se enamoró de un general de la milicia palikar y se desenamoró a golpes. Se enredó con un árabe en Siria y más tarde con un jeque en Damasco, con quien se quedaría hasta el final. Una vez le preguntaron si escribiría sus memorias y ella se negó con una confesión: “La lista de mis maridos y amantes parecería una perversa edición del Almanaque de Gotha”. Se refería a una publicación que compendiaba a los miembros de todas las casas reales y la nobleza de Europa.

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LA INFIEL

Gustave Flaubert convirtió el adulterio femenino un síntoma de su tiempo. “Emma Bovary fue, como él mismo, no una víctima del amor sino de su sociedad y de su clase –escribe Octavio Paz–: ¿qué hubiera sido de ella si no hubiese vivido en la sórdida provincia francesa?”. El detalle está en que su logro no fue del todo metafórico. Su desdichada heroína nació de un antecedente no menos escandaloso en la realidad. Se llamaba Delphine Couturier y su vida fue un drama irresistible para un escritor en busca de una gran historia.

Al igual que la protagonista de Madame Bovary, Delphine se casó de muy joven con un hombre dedicado a la medicina, un viudo llamado Eugene Delamare. Al inicio la idea la entusiasmó, pero pronto la vida de casada le resultó demasiado aburrida. En la novela, la protagonista soñaba con un amante irresistible que le proporcionara una vida excitante, pero se había casado con un hombre mayor, de pocas luces y escasas aspiraciones. Delphine pasó por lo mismo. Para salir de la monotonía, empezó a comprarse vestidos y a gastar en exceso. En seguida empezó cambió la afición por los amantes.

Se enredó con trabajadores de su granja y también con vecinos de la zona. Tuvo amores con algunos militares y cuanto hombre se interesara por ella. Su marido no se daba por enterado. La soledad llegó a tal extremo que dedicaba un día a la semana a cenas en las que era la única invitada. Pronto empezó a ser conocida en la región de Normandía por esa y otras extravagancias: las cortinas de rayas negras y amarillas del salón, el hecho de hacer que sus sirvientes le hablaran en tercera persona. Una extendida versión dice que al cumplir nueve años de casada, ya maltratada por los trajines y con un marido arruinado, Delphine Delamare tomó una dosis de arsénico. Poco después, el esposo se enteró de sus infidelidades y también se mató.

Una tarde, la suegra de Delphine llegó de visita a casa de la madre de Flaubert en busca de consuelo ante tanta tragedia. Llevaba junto a ella a la huérfana de la pareja desgraciada. Un amigo del escritor le recordaría años después esa historia durante un periodo de sequía creativa. “La esencia de la tragedia era el desagrado que (Delphine) experimentaba en relación con el ambiente que la rodeaba, más allá del cual había aprendido, aunque vanamente, a mirar; era la infección del romanticismo”. Cuatro años después, Flaubert publicó Madame Bovary.

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LA CORTESANA

Los historiadores de la intimidad dicen que la diferencia entre una cortesana y una prostituta es que la primera siempre elige con cuidado a sus amantes. Puede que la cortesana más célebre de la Edad Moderna haya sido Anne de Lenclos, más conocida como Ninon. Fue la dueña del salón más solicitado de París del siglo XVII, una mujer irresistible que en su momento atrajo la atención de hombres célebres como Moliere o La Rochefoucauld (incluso de un púber Voltaire), y de poderosos como el cardenal Richelieu (que nunca logró gozar de sus favores). Una mezcla de sensualidad e inteligencia la convirtió en un referente erótico de su tiempo.

Había comenzado muy temprano, como amante de un conde. Pero en su palmarés amatorio hubo luego escarceos simultáneos con un abate y un mariscal, un marqués y un duque, el hijo del marqués y una serie de personajes influyentes a los que cambiaba a su antojo. Era famosa y eso le daba cierto poder. Con el tiempo, decidió sacar provecho de su reputación de amante prodigiosa con un negocio ad hoc: puso en su casa una Escuela de Galantería, en la que impartía charlas sobre modales, seducción, erotismo, la forma de pensar de las mujeres y diversas técnicas para acrecentar la virilidad. Fue una sensación entre los jóvenes aristócratas de su tiempo. Incluso señoritas de familias nobles le pedían participar en las clases, a lo que ella se negaba siempre. El suyo era un negocio para varones.

Una versión dice que en cierta oportunidad uno de sus jóvenes protegidos le declaró su amor y ella lo rechazó firmemente. Ante la insistencia del muchacho, que casi se consideraba su amante, ella tuvo que revelarle la verdad: el romance era imposible porque ella era su madre. El joven la abrazó, se despidió confusamente y minutos después de suicidó en el jardín de su casa. Fue uno de los últimos episodios intensos antes de que ella decidiera terminar con su personaje. Fernando Savater cuenta que Voltaire la conoció en esa época, ya retirada como una dama respetable, y le escuchó hablar de las disputas ideológicas de su tiempo. En algún momento, sin embargo, asomó una oscuridad inevitable que la empujó a estas palabras: “Si se me dijera que tengo que recorrer de nuevo la vida que he vivido, me ahorcaría mañana”.

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LA PROSTITUTA

El personaje que expuso más abiertamente las connotaciones políticas de la prostitución fue la primera mujer que se postuló a la presidencia de los Estados Unidos. “No es probable que existiera antes de Victoria Claflin Woodhill un candidato presidencial con antecedentes tan inestables, caóticos y sexualmente escandalosos”, apunta Irving Wallace. Pero en ese momento, a los treinta y tres años y con una fortuna hábilmente amasada, Woodhull ya tenía experiencia en hacer del escándalo un capital de trabajo.

Había nacido en una agobiada familia de cultores del espiritismo y algunas pseudociencias curativas. Años después ese bagaje le permitió ganar la protección del hombre más rico de Nueva York, el comodoro Cornelius Vanderbilt. No sólo logró convencerlo de que sus supuestas terapias magnéticas eran efectivas (de hecho, hizo que su hermana se convirtiera en terapeuta y amante del magnate), sino que obtuvo de Vanderbilt apoyo financiero para abrir una casa de corredores de bolsa –la primera regentada por mujeres en Wall Street– e invaluables consejos para hacer inversiones exitosas. No pasó mucho tiempo para que Victoria Woodhull se convirtiera en una mujer adinerada. Entonces cometió la imprudencia de proyectarse demasiado.

Woodhull se había hecho conocida como una predicadora del amor libre, un tema que alimentaba los rumores sobre su pasado dedicado a la prostitución. Daba conferencias en las que reivindicaba el derecho de las mujeres a gozar de su cuerpo con quien les viniera en gana, y cuando tuvo dinero puso un periódico para difundir artículos en favor del divorcio, la legalización del meretricio, el control de la natalidad y la abolición de la pena de muerte, entre otros temas polémicos. “Defiendo el amor libre en su más alto y puro significado como el único remedio a la inmoralidad, a la profunda condenación con que los hombres corrompen y desfiguran la más sagrada institución de Dios, que es la relación sexual”, escribió una vez. Sus posturas le atrajeron seguidores y detractores.

Entre los primeros estuvieron algunos miembros del movimiento sufragista, que promovía el voto femenino. Woodhill trató de convertirse en su vocera. Sería una lucha ardua en la que se topó con antiguos intereses y ambiciones. Para liberarse de todo eso, trató de fundar un partido político, pero se topó con más trabas moralistas. Se dice que entonces empezó a utilizar el chantaje: amenazaba a sus oponentes con publicar detalles escabrosos de su vida íntima. El episodio más escandaloso ocurrió cuando acusó de adulterio al pastor protestante más rico de Estados Unidos. El reverendo Henry Ward Beecher se había negado a darle su apoyo en público. Ella reveló en el periódico todos los detalles de la relación extramarital de Beecher con la mujer de un conocido editor.

Fue sometida a varios juicios por difamación y pasó cortos periodos en la cárcel que terminaron por arruinar sus aspiraciones políticas. Su pasado fue ventilado en la prensa con todo el amarillismo posible y ella no se cuidó de ocultar nuevos amoríos escandalosos, fiel a las ideas que profesaba. Incluso algunos de sus más feroces enemigos pasaron por su cama. Su vida se salvó de la ruina sólo porque escapó a Europa y se casó con un adinerado noble inglés que se pasó media vida tratado de borrar las huellas de su pasado. Wallace señala que la frase que mejor define su imagen en la historia la escribió un editor de Nueva Yok que, pese a todo, la admiraba: “Merecería que la ahorcaran y que erigieran después un monumento a su memoria al pie de la horca”.

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