Otro enigma de la Mona Lisa.

Por Eliurka Milán Morejón*

La Habana (PL) ¿Se ha fijado que la Gioconda no tiene cejas ni pestañas? Un artículo publicado en la revista Archives of Dermatology baraja dos explicaciones al respecto: puede que por aquel entonces ya estuviera de moda depilarse las cejas o que Leonardo Da Vinci las pintase, pero con el tiempo se borraran de la obra.

Esta última teoría fue apoyada por un ingeniero francés, quien usó una cámara de alta definición para fotografiar el lienzo y encontró rastros de lo que pudo ser la ceja izquierda de la Mona Lisa.

La verdadera explicación se desconoce, pero un estudio realizado en importantes pinacotecas del mundo por Gertrud Brandl, especialista de la Universidad de Cádiz, confirma la presencia de enfermedades o alteraciones de la piel en personajes de 25 lienzos, entre ellas, la pintura más famosa del mundo.

Al parecer, Lisa Gherardini, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo y musa del florentino inmortal, sufría una dermatitis atópica qu no escapó del pincel del más universal de los artistas.

Otros como Francisco de Goya, Pablo Picasso o Bartolomé Esteban Murillo también retrataron con especial sensibilidad afectaciones dermatológicas de algunos de sus modelos.

Por ejemplo, en La familia de Carlos IV, de Goya, la experta detectó que María Josefa de Borbón padecía en la dermis una lesión benigna conocida como queratosis seborreica. Del mismo autor es La Boda, donde hay un niño sin pelo que al parecer padecía tiña, infección causada por un hongo que afecta al cuero cabelludo y las uñas de los pies.

La tiña, un importante problema de salud pública hace dos siglos, es recurrente en las artes plásticas de los siglos XVII y XVIII. En Santa Isabel de Hungría curando a los niños, Murillo recrea a la divina mujer lavándoles la cabeza a unos infantes con esa patología.

En el caso de Picasso, la investigadora destaca dos cuadros: Dos hombres desnudos y Las señoritas de Avignon. En el primero, el personaje de la derecha tiene lipodistrofia, es decir, presenta una atrofia en la mejilla, que se hunde por la pérdida de grasa. En la segunda pieza, el genio del cubismo dibujó otras afecciones cutáneas, como el melanoma maligno. Ese padecimiento en particular interesó también al reconocido pintor Francis Bacon, que lo plasmó en Head of woman.

En el clásico Los cuatro evangelistas, Jacob Jordaen reflejó el síndrome de Favre-Racouchot, caracterizado por arrugas, quistes foliculares y surcos en la piel. Varios peritos coinciden en que sus personajes suelen mostrar síntomas de dermatitis actínica por exposición solar, y posiblemente carcinomas.

Otra obra imprescindible, Las Meninas de Velázquez. En la frente y las mejillas de la infanta Margarita de Austria son perceptibles las alteraciones conocidas como melasmas o manchas de café. A su vez, en Viejo con su nieto, de Domenico Ghirlandaio, se distingue con gran claridad una rinofima, condición derivada de una forma grave de rosácea, que provoca una notable desfiguración de la nariz.

En esa cuerda, el estudio de Brandl menciona las malformaciones vasculares de Gertrudis Gómez de Avellaneda y las lesiones pigmentadas de Enrique IV. La lista es un verdadero catálogo dermatológico, material de estudio para cualquier facultad de ciencias médicas que, de paso, quiera cultivar el gusto estético de su estudiantado.

/vm/eli

*La autora es periodista de Prensa Latina

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