Misterios de El Bosco.

El rincón del misterio

Viajero del más allá, pintor de criaturas imposibles, hereje de una secta antiquísima o maestro de vida y muerte sombrías, Hyeronimus Van Acken, El Bosco, es uno de los grandes enigmas de la historia del arte. ¿Qué misterios se ocultan en sus inquietantes obras?

Del autor de cuadros tan famosos y extraños como El jardín de las delicias, composición fascinante que hace detenerse en seco a los visitantes del Museo del Prado, sabemos muy poco. Casi nada. Eso es lo primero que sorprende al investigador que, como yo, se aproxima al viejo enigma que rodea a uno de los creadores más singulares que hayan visto los siglos.

 

Realmente se desconoce cuándo nació El Bosco. Las fechas bailan dependiendo de las biografías y los historiadores, que no se ponen de acuerdo en absoluto, como sucede con prácticamente cada elemento que tiene que ver con este maestro flamenco primitivo. Del lugar sí se tiene certeza: Hertogenbosch (la actual Bois Le Duc, en Holanda), pequeña ciudad provinciana de cuya terminación extrajo su pseudónimo y desde la cual a finales del siglo XV irradió asombro y temor en sus tablas incomprensibles, llenas de los terrores más profundos que asolaban al ser humano de un tiempo todavía apocalíptico y tenebroso.

Fue, a su modo, un cronista de la parte oscura del alma: la que nadie se atrevía a retratar con fidelidad y crudeza, esa misma que plasmó en cuadros que “hipnotizaron” a los gobernantes más poderosos de su tiempo.

El “perro negro” de El Escorial

Fue una orden que aún hoy, cuatrocientos años más tarde, nadie puede o quiere comprender. Felipe II, el monarca en cuyo imperio no se ponía el sol, se debatía febril en su lecho mortuorio. Durante cincuenta y tres días, las bubas y pústulas se le habían reproducido por todo el cuerpo, convirtiéndolo en una especie de cadáver viviente que apenas mascullaba algunas palabras a su fiel consejero, el padre Sigüenza. Sabedor de que el momento final avanzaba de manera inexorable y casi sintiendo los pasos de la Parca rebotando en los largos pasillos de los aposentos reales, dio orden de que trasladasen algunos cuadros y los pusieran ante sus ojos en la austera pared vacía, que parecía haber sido calculada desde hacía tiempo y con precisión para aquel macabro menester. “¿No me han oído? ¡Traigan las pinturas de El Bosco!”, ordenaba.

Según narran cronistas oficiales de El Escorial, como Ricardo Sepúlveda, que bucearon en el siglo XIX en el material secreto relativo a la agonía de Felipe II, la obsesión y las alucinaciones ya se habían apoderado de la mente de su majestad. Mirando fijamente aquellas composiciones, entre las que destacaban La tabla de los siete pecados capitales, La extracción de la piedra de la locura o el mismísimo tríptico de El jardín de las delicias, parecía penetrar en una espiral maléfica que lo absorbía poco a poco, un túnel oscuro donde cobraban vida aquellos seres de pesadilla, aquellos emisarios de muerte con cuerpos híbridos de hombres y animales; aquellos rostros de demonios que nunca nadie se atrevió a pintar de un modo tan inquietante e hipnótico, provistos de una malignidad que daba la sensación de poder abandonar la superficie del cuadro y convertirse en onírica realidad.

“¿No comprende que el ‘perro negro’ es una invención del populacho inculto?” La arenga del padre Sigüenza, situado junto a la cama que aún se conserva en pleno corazón de ese templo mágico que es El Escorial, no causó efecto alguno. No sólo el monarca, sino todos y cada uno de los miembros de la comitiva real que hacían guardia en aquel desangelado lugar, habían oído hablar e incluso habían visto la temible figura de un perro famélico y etéreo que siempre vagaba por las inmediaciones antes de que se produjera alguna desgracia importante. Como un emisario del mal. Otros juraron haber visto la imagen de un niño quemado, avanzando solitario hasta evaporarse en cierto momento.

Y así, azotado por los temores más profundos, dejó de existir Felipe II una noche de septiembre de 1598 ante los cuadros que él mismo había perseguido durante años por toda Europa, pagándolos a precio de oro y desoyendo los consejos de su comité de expertos en arte. Hay quien asegura que el rey, recio defensor de la ortodoxia católica pero amante de la alquimia, la astrología y las ciencias ocultas, sabía muy bien lo que hacía.

Nosotros, y los historiadores que aún se interrogan por la presencia obsesiva de cuadros de un pintor herético en los aposentos del gran guardián de la fe, lo desconocemos por completo.

La última noche de aquel rey atormentado ante unos cuadros provistos de auténtica “alma oscura” fue sólo una de las piezas del puzzle de misterios que fui descubriendo en la elaboración de mi libro Camposanto.
En 1994 mis padres, especialistas en arte flamenco y propietarios de la galería Theotokopoulos, lograron comprar una pequeña composición de uno de los pocos seguidores de El Bosco. Fue entonces, mientras observaba en ella las figuras fantásticas que aparecían deambulando en una especie de ciudad imaginaria de altas torres de cristal, cuando escuché hablar por vez primera de las teorías del mayor especialista en El Bosco, Wilhelm Fraenger, quien defendió siempre la pertenencia de este maestro a uno de los grupos heréticos más inquietantes de la antigüedad: los adamitas.

Esta secta surgió en realidad en tiempos muy remotos, que los especialistas sitúan alrededor del siglo III de nuestra era. Creían en el retorno a un paraíso puro, anterior al pecado original, a un instante gobernado por Adán, figura a la que rendían devoción y para la cual efectuaban sacrificios en algunas zonas del norte de África.

Con diversas modificaciones, la herejía resurgió en el siglo XIII como por arte de magia, impulsada por una mujer enigmática, Marguerite Porète, ajusticiada y crucificada en el año 1310 por revivir esta doctrina y por escribir libros malditos, como El espejo de las ánimas simples. Ese acontecimiento caló profundamente en muchos de sus seguidores, que fundaron una división heterodoxa y compleja denominada Hermandad del Espíritu Libre, bien conocida en todos los catálogos y manuales de cultos y religiones, que fue perseguida de modo fiero por la Iglesia católica incluso en España, donde hubo quemas de herejes en Vizcaya, Burgos y Toledo.

La causa principal de esta represión fue el credo del grupo, una fe sometida a los instintos primarios, a la satisfacción de todos los placeres, a la práctica del sexo comunal e incluso a la violencia y asesinato de los enemigos. Un compendio de creencias más o menos delirantes para la época, auspiciadas por la seguridad de que sólo se logra comulgar con la divinidad a través del pecado.

¿Paraíso adamita?

Precisamente uno de los cuadros más célebres de la historia, El jardín de las delicias -nombre impuesto por sucesivos catalogadores siglos después de que fuese pintado-, ha estado siempre bajo la sospecha de ser la imagen del paraíso soñado por los adamitas. En él, con una profusión iconográfica jamás vista hasta entonces, destaca una tabla central -flanqueada por otras dos en las que se representan creación e infierno- donde decenas de cuerpos de todas las razas se recrean en mil juegos sexuales grupales, incluso con escenas de homosexualidad. Además, en diferente partes de la obra aparecen elementos, símbolos y señales de conocimiento de alta magia que, sin duda, podrían haber llevado de inmediato a El Bosco a la hoguera: la mano de Dios atravesada por un puñal, un cerdo vestido con tocado de monja, un clérigo con las tripas putrefactas…

Las investigaciones históricas llegan a un punto muy sugerente en toda esta historia. La Hermandad del Espíritu Libre fue liderada por un sombrío individuo llamado Jacobo de Almaigen. Este gran maestre era un acaudalado noble que para celebrar la ceremonia en la que se rebautizó en la doctrina de la secta eligió un lugar muy concreto: Hertogenbosch, donde se encontraba un siniestro pintor que, según parece, jamás salía de su oscuro estudio.

No son pocos los que, tras la verificación de esta coincidencia, aseguran que el fantástico tríptico de El jardín de las delicias fue un encargo de aquél al artista. Entonces, para todo el que tenga cierto sentido detectivesco, surgen dos preguntas obvias: ¿por qué compró Felipe II esta obra a precio de oro, protegiéndola de quienes veían en ella un insulto a los valores de la Iglesia y haciéndola llevar hasta su lecho de muerte en su último instante?, y ¿cómo sobrevivió y no fue quemada, tras la muerte del rey, por los inquisidores que la perseguían desde hacía tiempo?

Visiones del más allá

La muerte del maestro de Hertogenbosch me ha obsesionado a lo largo de todo este tiempo de investigación. Es otro enigma. Oficialmente su fallecimiento se produjo en 1516, pero lo único de lo que realmente se tiene certeza es de la aparición, en dicha fecha, de los legajos de unas misas pronunciadas por su alma en la parroquia de su ciudad natal. El lugar y la forma del óbito siguen siendo un completo misterio. Para muchos especialistas, podría haberse desencadenado tras el último y único viaje del pintor a un enclave mágico y obligado para los artistas de su tiempo: Venecia.

Hay una gran discusión sobre cuál fue la última composición de El Bosco. Algunos aseguran que se trata de La adoración de los reyes, que se expone en el Museo del Prado; un cuadro armonioso y tranquilizador que alivia a quien comprueba que, al menos por un instante, el artista abandonó sus pesadillas.

Sin embargo, soy de los que piensan que la clave de la recta final de su vida se encuentra en unas obras terribles, llenas de poder: tablas que te hacen temblar al postrarte frente a ellas; piezas que, sin que aún nadie sepa cómo ni por qué, aparecieron en el interior de las prisiones más temidas de su tiempo: los pozzi del Palacio Ducal de la ciudad italiana, unos conductos húmedos y oscuros por los cuales uno nota cómo el oxígeno va escaseando al tiempo que camina junto a mazmorras donde apenas cabe un hombre, inscripciones de agonía grabadas con las uñas en las paredes y restos de aparatos de tortura que estuvieron funcionando a pleno rendimiento durante varios siglos.

Y es que en ellos, justo bajo el célebre Puente de los Suspiros, actuó despiadadamente un cuerpo de élite conocido como Signori di Notte –señores de la noche-, una serie de comandos represivos de las herejías y desmanes que tanto abundaban en una ciudad alegre y licenciosa como Venecia. En los pozzi murieron miles de personas y deambular por ese entramado bajo tierra es hacerlo por un auténtico laberinto de la muerte.

Allí, precisamente allí, apareció la creación de El Bosco que los expertos llamaron Visiones del más allá y que, personalmente, me dejó sin aire que llevarme a los pulmones, asombrado y abrumado ante una auténtica crónica del viaje al otro lado de la muerte. Pero ¿qué hacía en ese lugar? ¿Lo pintó El Bosco en uno de los pozzi? ¿Buscaba una experiencia límite? ¿Empleó los métodos de ensoñación y visualización a base de ayuno y vigilia que practicaban los miembros de la secta para ver los rostros del “otro lado”? ¿Acaso fue atrapado y encarcelado por los Signori di Notte?

No podemos confirmar nada, tan sólo observar el cuadro y su túnel de luz -una composición tridimensional pionera en aquel tiempo-, sobrecogiéndonos ante el viaje del ánima -¿quizá la propia conciencia de El Bosco?- que vaga por una espiral hacia el punto de irradiación prodigiosa donde, sin verse las facciones, avanzan figuras que alzan las manos en señal de bienvenida… o indicando que aún no es el momento.
Mientras me encontraba sobre los pozzi, anotando en mi cuaderno sensaciones vivas y profundas ante aquella composición, no tuve dudas respecto al sentido del cuadro: se trata de la plasmación de una Experiencia Cercana a la Muerte, o ECM, que tanta gente ha tenido en los cinco continentes en trances de coma. Es el testimonio a pincel, trazado hace exactamente quinientos años -en 1505-, de alguien que regresó de la otra orilla tras una experiencia entre dos mundos.

Después de esos trazos sabemos poco más sobre él. Y, como en toda la obra de este maestro, tan sólo nos queda contemplar en silencio y sentir el alma que aún reside en unos cuadros llenos de secretos que esperan pacientemente una última solución.

Fuente: escrito por Iker Jimenez

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