Relato: «El embarazo».

 

Andrés Gandía

Si, había tenido varios novios, pero no había cuajado su relación con ninguno de ellos. Profesional como era, su independencia era muy valiosa para ella. Pero estaba cercana a cumplir los 35 años y no quería renunciar a ser madre.

Decidió acudir al SAS. Era muy partidaria de la Sanidad Pública y le habían hablado que la fecundación “in vitro” se realizaba gratuitamente en los hospitales públicos. Parece que existe un banco de esperma que ofrece suficientes garantías, por los reconocimientos previos que se llevan a cabo con los donantes.

Claro que todo tiene sus reglas. Concretamente en estos casos, se llevan a cabo cuatro intentos y si no se consigue el embarazo, la interesada debe someterse a reconocimientos y análisis porque se supone que debe tener algún problema. Entre cada intento debe dejarse pasar unos meses.

En el caso de mi amiga, lo consiguió a la tercera. ¡A la tercera va la vencida!, decía contenta cuando verificó su feliz estado.

Tuvo un embarazo tranquilo y sin problemas casi hasta el final en que las molestias propias de la avanzada gestación le impedían según qué movimientos. No quiso que se le hiciera ecografía alguna porque prefería tener la sorpresa del sexo cuando naciera. Si notaba que era un feto muy activo. Siempre se estaba moviendo, a veces violentamente. Y en los últimos meses tenía una tremenda pirosis a todas horas, comiera lo que comiera. “Eso es que tiene mucho pelo”, le decía su madre. Manías de viejas, pensaba ella.

Una noche, con ocho meses y dos semanas de embarazo, rompió aguas. Llamó a su madre para que la llevara en coche al hospital y cogió la canastilla que tenía preparada desde hacía más de un mes.

Curiosamente, estaba de guardia el médico que le había llevado a cabo la fecundación. “Bueno, ya tenemos aquí la criatura”, dijo el galeno, con una sonrisa nerviosa dibujada en su cara. A mi amiga le dio mala espina el comentario, normal por otro lado, más por la forma de decirlo que por el contenido en si del mismo.

Pasó rápidamente a reconocimiento y de ahí a la sala de partos puesto que, efectivamente, “la criatura” estaba en camino.

Los dolores eran muy intensos y el doctor tuvo que proceder a epistemosis bastante grande y en dos sentidos, para conseguir sacar aquella cabeza. El resto ya fue más fácil.

Cuando por fin hubo salido el feto, un varón bien dotado por cierto, unas carcajadas horribles se adueñaron de la sala. Era el médico que decía: “¡Ha salido bien, ha salido bien el experimento!”. Le entregó su hijo a mi amiga y el terror hizo mella en la mujer: la “criatura” estaba totalmente cubierta de pelo, cerdas más bien, tenía unas orejas puntiagudas, un morro en lugar de boca y nariz, unos incipientes cuernecitos en su frente y un rabito que movía graciosamente, además de largas y afiladas uñas en manos y pies.

¡Ahhh!. ¡Socorro!. ¿Qué es esto?. Decía mi amiga sudorosa cuando despertó. Todo había sido un sueño. Seguía estando embarazada de ocho meses y dos semanas y no había pasado nada.

Al día siguiente fue a que le hicieran una ecografía urgentemente, con la excusa de haber tenido molestias.

Albergaba en su vientre una preciosa niña que, de llegar a término, pesaría 3 kilos y 600 gramos. Esa noche durmió tranquila y feliz.

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