Relato: “Tenía que suceder”.

Andrés Gandía

El fantasma de la casa consistorial de Cazalla de la Sierra - EL CORREO DE ANDALUCÍA

He cumplido 93 años y ha llegado el momento en que tengo que describir lo que ha sido mi vida y porqué.

Nací en un bello pueblecito costero cercano a Valparaíso (Chile) en 1920. Chile entonces era una nación joven. No hacía tanto tiempo que había terminado la guerra independentista con España con un tratado de amistad y apoyo mutuo, aunque continuó la guerra con Bolivia por algunas cuestiones territoriales. Por entonces había democracia en el país. Mandaba Arturo Alessandri, pero eran tiempos revueltos. En 1925 se promulgó la Constitución que dio lugar a la República Presidencialista, pero en 1931 hubo un golpe militar que dio paso a  la República Socialista de Chile, hasta que volvió Alessandri y después Pedro Aguirre Cerda.

Fue precisamente en 1931 cuando mi familia, acomodada por su labor en la extracción de salitre, decidió que mi educación sería mejor si me llevaban al Colegio Alemán. Allí me eduqué. Había varios profesores que habían venido de Alemania y casi no sabían hablar español. Daban las clases en su idioma, el alemán. Eso hizo que pronto todos los alumnos de aquel colegio fuéramos bilingües.  Pude saber después que esto sucedía en muchos “colegios alemanes” a lo largo del país. Y no sólo en Chile. También en Argentina, en especial en Bariloche, en Brasil, sobre todo en la zona suroeste o de los alemaos, en Paraguay, en México, etc.

Aquellos colegios se habían empezando a fundar para atender a los emigrantes alemanes que llegaron a estos países tras la primera guerra mundial, pero su buena formación se hizo famosa y acudíamos a ellos los hijos de familias nativas que podían pagarlo.

Aquellos profesores no se limitaban a la lengua. Impregnaban su formación de consignas recibidas desde la propia Alemania y de las corrientes que imperaban entonces allí. Pronto empezamos a cantar himnos alemanes frente a una bandera con una extraña figura, que después supe se trataba de la esvástica. También nos organizaban a imagen y semejanza de las juventudes hitlerianas o nazis. Las consignas estaban muy claras. Un par de años después fueron expulsados del colegio varios compañeros por ser de origen judío, aunque sus familias habían venido de Alemania.

Cuando tuve edad suficiente solicité mi entrada en la Academia Militar, cosa que logré sin ninguna dificultad.

Terminé mi carrera militar durante la Segunda Guerra Mundial, en la que Chile se mantuvo teóricamente neutral, no así Argentina, que se había decantado claramente por Alemania. Brasil, que había comenzado apoyando a Alemania, finalmente le declaró la guerra. Todo el mundo sabe ahora que fue porque EEUU compró al gobierno de entonces. Me supongo que en la supuesta neutralidad chilena también tuvo que ver la influencia norteamericana, sobre todo por la explotación de las minas de cobre.

Después de 1945, la afluencia de alemanes a los países del cono sur fue masiva. Y con ellos, de capital para apoyar las empresas que ellos lideraban. Aunque este capital ya había empezado a llegar años antes a través de los Bancos Alemanes establecidos en todos estos países, para apoyar la “nazificación” de nuestra educación e ideales.

Mi carrera militar fue bastante fructífera. Los militares éramos una casta privilegiada, lo sabíamos y lo aprovechábamos. Los alemanes, ya en nuestro país y en los países del entorno, nos apoyaban, eran nuestros amigos, en especial de los que habíamos sido educados en sus colegios, que habían  seguido existiendo y educando  al estilo alemán de siempre.

Tras muchos avatares, en 1970, cuando yo tenía 50 años, fue elegido Presidente el socialista Salvador Allende, con gran enfado de todos nosotros, los militares. Yo era ya general del Ejército al mando del Regimiento de Artillería.

Allende era un médico con muy buena voluntad de apoyar al pueblo, pero con poca visión de que lo que había que hacer era engrandecer el país. El individuo no importa.

Nacionalizó la extracción de cobre, pero no resolvió con ello la crisis económica y la hiperinflación, que llegó a ser del 600%. Además se ganó la antipatía del gobierno americano cuyo presidente entonces era Nixon.

Cuando Pinochet acabó con las caceroladas, yo era uno de sus generales. De hecho, formé parte de su gobierno durante unos años. Y si, es cierto, en algunos Consejos de Ministros hablábamos en alemán. Todos procedíamos de aquella educación y teníamos imbuido en nuestro ideario aquella manera de ser y de pensar. Éramos nazis en Chile. Supongo que lo mismo sucedió, en su momento, en Argentina con Videla, en Paraguay con Stroessner, etc. etc.

Me doy cuenta ahora, muchos años después, de que nos manipularon, o nos dejamos manipular porque nos convenía. Hicimos cosas que ahora se ve que no estuvieron bien. Pero entonces las creímos necesarias. Tenía que suceder…

Sólo me queda una duda que ya no podré resolver: ¿qué hubiera pasado si Hitler, al que por cierto tuve ocasión de conocer en Argentina en los años 60,  hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial?. Lo cierto es que en mi país estábamos preparados para adherirnos a ese Nuevo Orden Mundial. Y en los de alrededor también.

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