Esperando la novena gota.

Una universidad australiana lleva 87 años realizando el experimento más largo del mundo: demostrar que la brea es líquida.
PASCUAL PEREA 

Los nervios afloran estos días en la escuela de Matemáticas y Física de la Universidad de Queensland, en Brisbane, Australia. Los catedráticos se interrogan unos a otros como padres primerizos en la antesala del paritorio: «¿Hay novedades? ¿Por qué tarda tanto?». La razón de tanta expectación se encuentra en el vestíbulo de la facultad, bajo una campana de vidrio. A simple vista, esa masa negra e informe en la que se sustancia el experimento más largo de la historia no parece hacer nada en absoluto. Craso error: está fabricando una gota que se desprende perezosa cada diez o doce años. Apenas ocho gotas han caído desde que, en 1927, el profesor de física Thomas Parnell introdujo brea en un embudo transparente y se sentó a esperar qué sucedía. La novena gota está a punto de caer estos días, y de ahí el nerviosismo de los científicos australianos.

El experimento nació hace 87 años cuando aquel docente formado en Cambridge quiso demostrar a sus alumnos que las cosas no siempre son lo que parecen y que una masa aparentemente sólida, tan dura que se resquebraja si es golpeada por un martillo, puede ser en realidad un fluido. Eso sí, altamente viscoso: 230.000 millones de veces más que el agua. Así que tomó un pedazo de brea, esa sustancia pegajosa y negra tradicionalmente utilizada para calafatear barcos y emplumar a tahúres tramposos, la calentó para que se licuara y la vertió en un embudo con el cuello sellado. Tuvo que aguardar tres años hasta que se asentó lo suficiente para poder quitar el sello de la pipeta. Y a esperar. En diciembre de 1938 cayó la primera gota; la segunda, en febrero de 1947; las siguientes se desprendieron en abril de 1954, mayo de 1962, agosto de 1970, abril de 1979, julio de 1988 y noviembre de 2000. Aquella última gota pudo haber sido la que colmara el vaso de la paciencia de los científicos, pues tardó más de doce años en formarse, pero la que ahora está a punto de caer ya la ha superado en parsimonia.

Evidentemente, el bueno de Parnell dejó hace mucho de vigilar su experimento; de hecho, sólo pudo contar las dos primeras gotas antes de dejar este mundo. Sucesivos profesores de Queensland heredaron su responsabilidad hasta el actual ‘custodio de la gota’, John Mainstone, que comparte con él el dudoso honor de un premio Ignobel de Física, otorgado a ambos en 2005. Estos galardones, que nacieron como una caricatura de los Nobel para destacar las investigaciones más absurdas y/o estúpidas, hoy pretenden reconocer los trabajos científicos «que primero hacen reír a la gente y luego le hacen pensar».

Lo curioso es que, pese a todo, nadie ha visto caer la famosa gota. «He visto varias en formación, pero no las he visto desprenderse», lamenta Mainstone, que más que en el hecho en sí está interesado en conocer qué pasa en los dos o tres segundos anteriores al ‘chof’. «Si uno parpadea, se lo pierde: ¡todo ocurre en una décima de segundo, una vez cada diez o doce años! La última vez yo estaba en Londres y recibí tres emails. El primero decía: ‘Parece que va a ocurrir’. El segundo: ‘Lo siento, la gota cayó’. Contesté: ‘No se preocupen, cuando vuelva lo veo en la grabación’. El tercer email decía: ‘No podrá hacerlo, el sistema falló’». Ahora confía en que, ya sea en directo o a través de alguna de las cámaras de vídeo que apuntan día y noche a la masa de brea, pueda asistir al acontecimiento. «Ya tengo 78 años y es improbable que la décima gota caiga antes de que pasen otros diez, así que ésta podría ser mi última oportunidad».

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