«En la otra Orilla» por Rosa Santizo.

Por: Rosa Santizo Pareja.

Orilla-Edmund Blair Leighton

Amanecía, pero antes la noche más densa le cubrió y eso hacia que solo pudiese ver la banalidad y el silencio que le rodeaba. A su apesadumbrada mente acudía algún que otro retal que aún podía recordar, de cuando tiempo atrás le dio por leer aquel libro al que muchos llamaban sagrado. Donde verdades a medias y mentiras se confunden, donde todo ha sido tan maquillado que ya ni se sabe si acaso queda aunque solo sea una base de realidad, algo a lo que asirse en los momentos donde todo falla. Pero para ella era tarde, su tabla se hundió y con ella sus fuerzas y sus ganas, expresando como ya dijese en Eclesiastés el rey Salomón cuando al final de sus fatigados años cayó en la cuenta de que: «Esto también es vanidad y un esforzarse tras el viento.» (Eclesiastés 2:26)

En el ocaso de su vida cuando ya comenzaba a declinar, soñó situaciones quiméricas que solo le causaron desazón, así al menos se lo hicieron ver los últimos acontecimientos que le sucedieron, sacudiendo su alma y haciéndole tomar conciencia de que el reloj imparable le precipitaba al vacío. La vuelta atrás no existía, el tic, tac sonaba cada vez con más fuerza como si tuviese prisa por terminar la partida, sacudiéndola y haciendo que la realidad cayera sobre ella como una pesada piedra.

 

Se engañaba así misma pensando ilusoriamente que el mañana sería mejor, pero ese mañana jamás llegó, viéndose un día sin saber ni cómo ni porqué sacudida por la realidad, despertando tan violentamente que pensó no podría soportar la brutal embestida que le hizo abrir los ojos y contemplar que había sido y que era su vida. Fue en este despertar cuando entendió, cuando por fin comprendió que por más que lo intentase nada tenía que ver con esos seres que podía observar a su alrededor, tan ajenos a su existencia. Nadie la miraba, nadie la veía, como una sombra invisible se deslizaba pasando desapercibida para los mortales que a sus ojos aparecían como si fuesen irreales, productos todos de un mal sueño del que ansiaba despertar. Las formas, los colores, las texturas, esas idas y venidas del gentío embotaban sus sentidos haciendo que se sintiese atrapada en un laberinto del que por más que intentaba huir, o encontrar la salida más aprisionada se sentía. Las paredes del laberinto se cernían sobre ella atrapándola y ahogándola, como si de una broma macabra se tratase.

Sin darse casi cuenta en el refugio de su mundo se alejaba cada vez más, intuyendo que al final desaparecería como la neblina que se disipa cuando los primeros rayos de sol comienzan con tibieza a acariciar la húmeda tierra adormecida, que despertándose tras el descanso se alarga en su plenitud para ser bañada por la calidez de esos brazos, que la buscan para fundirse como los amantes que siendo dos se convierten en uno.

En su caso y por más que lo intentaba siempre permanecía en la otra orilla, a veces, en contadas ocasiones conseguía cruzar y unirse a esa normalidad que la hacía ser parte de algo, haciéndola sentir segura y confortable. Pero quizás por una mala decisión o por su afán de querer escapar y verse libre de la soga que la oprimía, al final siempre volvía a ese otro lado. El alivio que tanto anhelaba no llegó, poco a poco la opresión fue mayor y un día casi sin darse cuenta allí se quedó, el último barquero pasó dejándola a su suerte y por más que esperó ningún otro llegó.

Con desesperación buscó una salida, quizás estaba a lo lejos, en algún lugar, pero no supo o no pudo encontrarla, cansada y con la mirada perdida en el infinito horizonte se quedó deseando atravesar, pero nadie llegó, y allí quedó en la otra orilla hasta que como la bruma matutina se fue desvaneciendo para dejar de ser.

Amanecía, la noche cual monstruo la devoró y ni siquiera quedó porque fue engullida. Las compañas repiqueteaban en la lejanía, pero no las oía, su lugar ya no existía.

Amaneció, pero fue tarde, porque como un ser espectral permaneció atrapada por siempre en la otra orilla…

En Sevilla a 2 de abril del 2013.

*Dibujo realizado por la artista Edmund Blair Leighton

 

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