Relato: «La tuberculina».

 

Por Andrés Gandía.

Hace quince días, concretamente a la entrada sur de la Avenida Alemania en Sevilla, me detuvo una patrulla de la policía nacional, cuando yo circulaba con mi automóvil por el carril derecho en dirección a La Palmera.

Me extrañó, porque la policía nacional no se encarga habitualmente de cuestiones de tráfico y porque parecía ser una patrulla especial, distinta a las que se suelen ver vigilando algunas zonas.

Muy amablemente me solicitaron el carnet de conducir, la documentación del coche, el recibo del seguro, etc. Todo estaba en regla, excepto el dichoso recibo, que yo no encontraba. Me dijeron que no me preocupara, que ya se habían puesto en contacto con la central y estaba comprobado el pago del mismo. También me pasaron una especie de aparato lector electrónico por el hombro izquierdo, le dieron a un botón y me dijeron que todo estaba en orden y podía seguir mi camino.

Tras aquel encuentro me quedó una especie de desazón, sobre todo por lo del hombro izquierdo.

Por la tarde, comenté el tema con un amigo, autoridad a nivel internacional en temas de seguridad que, casualmente, estaba pasando unas semanas por la zona y había venido a visitarme. Su explicación me dejó asombrado. Le dije que me estaba tomando el pelo y, muy serio, me respondió que me lo contaba porque sabía que nadie me creería, pero que las cosas eran tal cual.

Según me recordó, cuando yo tenía 15 años (ahora soy sesentón), me hicieron una prueba en el Instituto Nacional de Enseñanza Media, consistente en la inoculación de una dosis de tuberculina, muestra pequeña del bacilo de Koch, como prueba previa a la vacunación frente a la enfermedad, por si se había estado en contacto con el bacilo y algún niño era portador sano. Según me aseguró, en el mismo momento nos inyectaron un chip subcutáneo que nos ha acompañado el resto de nuestros días. Yo le dije que eso era imposible, que en los años sesenta no estaba tan desarrollada la electrónica como ahora, en que esos chips o similares se ponen a las mascotas. Me respondió que pensara bien, que en esos años se había llegado a la luna, que la tecnología se tenía, solo que no se utilizaba tanto como ahora y que ya había un plan, a nivel mundial, para el control de toda la población.

Tras unos minutos de reflexión, le planteé que ahora, desde hace ya mucho tiempo, no se hace la prueba de la tuberculina, sino que, directamente, se vacuna a los niños que se supone no han estado nunca en contacto con la enfermedad. Pero tenía respuestas para todo: se había mejorado la técnica y junto con la vacuna se inyectaba el microchip, porque ya no importaba dónde estuviera alojado. El torrente sanguíneo lo llevaba a donde quisiera, aunque estaba calculado para que llegara al cerebro y ahí se parara. Así, además de controlar la población, podrían, en un momento dado influir en el comportamiento de las personas o, al menos, de un porcentaje muy elevado de ellas.

La manera de dar instrucciones al microchip era en la actualidad a través de los ordenadores, los teléfonos, incluso la televisión o la radio.

Cuando al atardecer mi amigo abandonó mi casa, la desazón se había convertido en profunda preocupación. Esa noche no pude dormir. El caso es que mi amigo es un científico de prestigio que trabaja en una importante Universidad en EEUU y nunca me había gastado una broma. ¿Será verdad?

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