Relato de terror: “El navegador”.

Por Andrés Gandía

Me he levantado temprano, repasé mi barba, me duché y bajé a la cocina a desayunar. Como siempre, café sólo y media tostada con aceite.

Tengo un viaje de negocios bastante importante. Elegiré un traje ligero, pero elegante y una corbata no demasiado estridente, pero tampoco excesivamente seria.

Bueno, he dejado la cartera con los documentos en el asiento del conductor de mi Audi A6 y me dispongo a recorrer los 250 Km. que me separan de mi destino. Pero antes pondré en marcha y ajustaré el navegador, porque no estoy seguro de saber llegar sin errores. Es la primera vez que acudo a esta empresa y es realmente esencial la puntualidad en la entrevista. Igual después me hacen esperar, pero yo debo llegar a tiempo.

Emprendo mi ruta con el soniquete de fondo de una voz femenina, con acento venezolano que me va dando instrucciones: “tuerza a la derecha”, “en 500 metros, en la rotonda coja la tercera salida”… Es gracioso el acento de esta mujer.

De vez en cuando suena una campanita anunciando la proximidad de uno de los radares conocidos, para que yo lo tenga en cuenta y ajuste mi velocidad a lo que marcan las señales.

Ahora me dice que llevo dos horas conduciendo y debo parar a descansar. Pero no lo voy a hacer. Queda poco para llegar y es preferible hacerlo con tiempo de sobra. Ya descansaré allí si llego demasiado pronto.

¿Qué sucede?. De pronto ha cambiado la voz. Ya no es una graciosa señorita con acento venezolano, sino una áspera y desagradable voz de varón que más que indicarme, me ordena cual debe ser mi ruta. ¿Porqué?. Se ha estropeado el dichoso navegador. Parece como poseído por el señor de la voz tosca e inquietante. “Le he dicho que tuerza primero a la derecha y después a la izquierda”. “Ahora acelere. A toda velocidad, todo recto”.

¡Socorro!, acabo de caer en un enorme agujero redondo que había en la planicie por donde me ha llevado el navegador… es muy profundo… hace mucho calor… está lleno de llamas, ¡me quemo!.

“Ja, ja, ja”, reía la voz del navegador, “bienvenido al INFIERNO”

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