Volvamos a Empezar… por Rosa Santizo Pareja.

Por Rosa Santizo Pareja.

¿Y los niños? ¿Ellos también han de ser ejecutados?

¿Te refieres a esos mocosos malolientes? Tan solo son tiranos que lo único que saben es exigir, criaturitas consentidas por unos padres pusilánimes, que lejos de corregir sus bravatas se doblegan ante unos perversos seres cuya única diferencia con sus mayores es su estatura. Personajillos insignificantes manipuladores y ruines, por supuesto que también me refiero a ellos. Cortadles las cabezas al igual que a sus padres, quizás así aprendan algo.

Morgaus lo veía todo, lo escuchaba todo, para ello se había asegurado de apostar esbirros en cada esquina de la ciudad, gente que cumplía ciegamente sus mandatos, sin cuestionar que había de bueno o de malo en sus actos, no tenían nada que perder, ni que ganar. Eran escoria, desheredados de una tierra que ya les había expulsado de su seno aun antes de nacer. Morgaus supo aprovechar el caos en el que se sumió la ciudad, cuando el pueblo cansado de los abusos de sus dirigentes se alzaron como uno solo, al principio solo querían derrocar a los malditos tiranos que oprimían sus gargantas, siempre sedientos de más riquezas y poder. Pero pronto alguien sesgó de un tajo la primera cabeza, y los demás como si fuesen marionetas deseosas de imitar al primero que se decidió a hacer lo que todos pensaban pero no se atrevían, se sumaron a la locura.

Morgaus estaba allí, sabedora del dolor, la indignación, la alienación que poco a poco se iba apoderando de un pueblo sin orgullo ni identidad propia. Allí estaba ella, sonriente al ver como los que al fin se creían libres, dueños de sus vidas seguían siendo manipulados como títeres que una vez han dejado de servir son eliminados, siendo sustituidos por otros, cuya rabia y brío les haría seguir obedeciendo. Porque como Morgaus sabe, esta chusma ha sido diseñada para ser sometida, una masa amorfa que habla de libertad cuando lo único para lo que sirve es para acatar lo que se les ordena. Siempre buscan a un señor ante el que doblegarse, pues bien ahora la ama de sus mentes, la que decide quien vive y quien muere soy Yo, Morgaus, por ello nunca olvides que soy la dueña de tu destino.

Mi alimento sois vosotros. Tu angustia, tu desazón es el aire que respiro. Mi abrigo, la sangre de tus hijos; tu sudor, tu esfuerzo, tu piel es lo que me da fuerzas para seguir humillándote. Todo aquel cuyas rodillas no se doblen ante mi, será exterminado. Es lo que tiene nacer esclavos de un sistema, que aunque este caiga y los esclavos sean liberados, ha sido tanto el tiempo que han vivido engrilletados, que aunque se piensen libres no lo son. Y eso es lo mejor, porque mientras un siervo es consciente de su opresión, luchará por conseguir su libertad, pero si se cree libre, dueño de su destino, habremos conseguido su sumisión total.

Morgaus lo sabía, y aprovechó esta baza para hacerse con el control de toda la población, mujeres, hombres, niños, viejos y jóvenes, todos sin excepción cayeron bajo su férrea mano.

Habían pasado tanta hambre, tanta sed, tantas penalidades bajo el yugo de los anteriores dignatarios, que ahora que Morgaus atendía sus peticiones, dándoles tan solo las migajas que caían de su boca, el pueblo se mostraba agradecido, viendo en ella a una líder a la que seguir hasta la mismísima muerte, si así ella lo reclamase.

Las cabezas comenzaron a rodar, los cuerpos desmembrados inundaron las calles, esos poderosos, los llamados “nobles” comenzaron a ser una ralea extinta, uno a uno iban dejando de existir entre los aplausos y los gritos enfebrecidos del gentío que con sus ojos desencajados, llenos de un visceral odio veían al fin algo que a ellos se les antojaba estaba cerca de la justicia. En su delirio, se embadurnaban con la sangre aún caliente de los déspotas, que daban sus últimos estertores entre las risas de una turba embravecida, llevándose sus cabezas como trofeos cuando sus espasmódicos cuerpos todavía no se habían enfriado.

Mientras tanto Morgaus contemplaba desde el balcón de su regia casa, lo que ante sus ojos se derramaba como una bella escena, se enorgullecía en ver como su poder se incrementaba con cada cabeza que caía, con cada clamor de su pueblo. El olor de la sangre le excitaba, el griterío de la chusma hacía que su respiración se agitase, que entrara en un estado de pura lujuria y frenesí, pero para saciar sus apetitos tenía a toda una cohorte de machos elegidos por ella misma, dispuestos a satisfacer hasta sus perversiones más oscuras, aquellas que ninguna mente por depravada que fuese podría jamás imaginar. Allí ante la vista del mundanal gentío, gustaba copular sin pudor, degradando a los que se sentían privilegiados por haber sido elegidos por la gran dama que les había salvado de las cadenas de los que ahora lamían el suelo. Sin contemplaciones los montaba como su apetencia le dictase, desechándolos luego como si fuesen podredumbre, pero ellos se sentían felices por servir a su única señora, aquella que les había otorgado, a su parecer, la libertad.

Morgaus no sentía ninguna lástima por esa raza inmunda, maleable y pestilente, seres extraños creados por la torpeza de un dios que pensó serían de utilidad para sus fines egoístas, pero cuando vio que su obra se le fue de las manos, decidió huir dejándolos a su suerte, pensando que durarían poco y que debido a la maldad de su naturaleza pronto se destruirían así mismos. Pero eso no sucedió, y ahora era ella quien tenía que arreglar el estropicio para que así un Universo en peligro recobrase de nuevo el equilibrio.

La aniquilación estaba asegurada, era la naturaleza de esa raza maldita, cuando los poderosos hubiesen caído, poco tardarían en comenzar a arremeter contra ellos mismos, por celos, envidias, rencillas, cualquier suerte de motivos sería válido para que empezaran a aniquilarse los unos a los otros. Entonces ahí estaría ella, para alimentar desde las sobras la destrucción final.

Los días transcurrían, los años se sucedían, pocos eran ya los humanos que quedaban, a pesar de todo seguían destruyéndose. Hasta que un buen día Morgaus después de desperezarse, se sintió envuelta por el silencio, por la paz que tiene lugar tras la tempestad, satisfecha advirtió que su misión había sido cumplida. Echó un vistazo a un planeta que sin la lacra del ser humano pronto florecería, y marchó sin volver a mirar atrás, esperando no tener que regresar jamás.

Pero la maldad nunca muere del todo, lo que Morgaus nunca supo, es que dos supervivientes después de observar su partida desde las oquedades de los montes que les sirvieran de refugio, sintiéndose al fin a salvo  se miraron pérfidamente, mientras él se abalanzaba sobre ella tomándola, llenándola de la fuerza que su fértil vientre recogió ansiosa. Al finalizar entre risas sintiendo que habían vencido se dijeron: volvamos a empezar…

Dibujo realizado por el artista Zdzislaw Beksiński.

En Sevilla a 6 de noviembre del 2013.

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