Sobre la antiguedad de la bandera de Andalucía.

La bandera de Andalucía es, sin ningún género de dudas, la más antigua de Europa…El V Congreso del Andalucismo históric o, celebrado en Almería en el año 1991, nos reveló un dato impresionante: la Verde y Blanca tenía más antigüedad de lo que se creía. Efectivamente, durante el reinado de Al-Mutasin, el rey poeta, entre los años 1051 y 1091, existió un visir llamado Asbag Iben Arquam que nos describió con claridad meridiana dicha enseña y como ésta pendía desde las murallas de la Alcazaba almeriense.

Asbag Iben Arquam, nacido en Guadix, vivió en Almería, ciudad en la que ocupó cargos públicos debido a su actividad política, que conciliaba con su amor por la poesía y la literatura. Compuso un bello poema, tal y como lo describía Henri Péres en su obra “Esplendor de Al-Andalus” que representa el documento más antiguo que menciona la enseña nacional de Andalucía. Sus versos testimonian la autenticidad de lo descrito anteriormente habiendo cumplido más de novecientos años de existencia.

“Una verde bandera

que se ha hecho de la aurora blanca

un cinturón,

despliega sobre ti

un ala de delicia

Que ella te asegure la felicidad

al concederte un espíritu triunfante.”

Otras historias y leyendas.

Igualmente se dice que los turcos y otros pueblos afines orientales también enarbolaron, con un claro carácter de bandera, el llamado Estandarte del Profeta, como equivalente a “convocar al pueblo musulmán”, y su color “El Verde” del Islam. Se debe tener en cuenta que la aceptación de esta enseña, que convocaba a los pueblos, no presuponía la necesidad de ser de raza árabe, sino la aceptación de una llamada y de un respeto al símbolo profético.

El blanco, que en el Islam representa la sunna del Profeta Muhammad (s.a.s), pero también significa en términos heráldicos universales “parlamento o parlamentar”, lo que unido a verde sería, en estricta expresión, “convocar al pueblo a parlamentar”. Y como toda bandera, significa también, en sentido genérico, “acogerse a un agrupación genuina o ideal determinado”.

Así, convocando a la unidad del pueblo andalusí, será la causa de los Omeyas y el califato cordobés el que utilizará el pendón de tafetán verde o bandera de seda muy tupida que en campaña se llevaba hechas jirones, sustituyendo cualquier tipo de escudo por algún signo místico o versículo coránico, pudiendo apreciarse algunos simples adornos, franjas de oro o, simplemente, la media luna blanca. Otros hablan de que el verde de la bandera iba sólo adornado en su centro con un alfanje bordado en plata.

La tradición que da origen a la leyenda de la bandera andaluza, está, sin duda, vinculada a estos dobles deseos, políticos y religiosos, de la unidad andalusí. Fueron, entonces, y lo son, hoy en día, los colores de Andalucía; pues, se trata de dos elementos fundamentales para la constitución del hecho andaluz, sin el cual no es posible entender la razón de ser de Andalucía.

Se cuenta también una historia almohade. Según estas leyendas, un wali mogrebí que ejercía su magisterio entre los pueblos del Atlas, posiblemente en los inicios del s. XII, tuvo una visión en la que un ángel le revelaba un imperio unido a las orillas del estrecho: el “verde” paraíso del Al-Andalus y el “blanco” y mesiánico Al-Mogreb. La visión, según la leyenda, fue simbolizada en una enseña o pendón partido diagonalmente de tal forma que el triángulo superior (esto es, el “sur”) en blanco, significaba los pueblos mogrebíes que un día serían convocados por el Mahdí anunciado por Muhammad (s.a.s). En el año 1146 cruza el estrecho Abdelmumen, sucesor de Tumart, soñando, una vez más, con la Isla Verde (Gibraltar) y los antiguos señoríos de Don Julián, Conde de los Esparteros, Señor de las Marismas, según la Crónica general de España.

Los Almohades o “unitarios” radiarán desde Sevilla un nuevo poder, una nueva esperanza musulmana.
Vencerá Abuyacub en Ataquines, y triunfará el sultán sevillano Almansur Yacub ben Yusuf en Alarcos, en 1195. así de nuevo volvemos a tener noticias de la tradición, casi mítica, de una bandera verde y blanca que ondeó en la Mezquita Aljama de Sevilla “hacia el año 1198” (fecha que consignaba en sus escritos Blas Infante), año que coincide con el de la muerte de este Yacub ben Yusuf “El vencedor”.

Cabe, pues, deducir que dicha bandera otra vez como ocurrió en Almería (1051 y 1091) debió ser colocada en el alminar de la aljama sevillana entre 1195 y 1198, bien para celebrar la victoria de Alarcos, o bien para exaltar la figura de este nuevo Almansur, muerto en olor de multitudes, y posiblemente glorificado desde el minbar (púlpito) en sus honras fúnebres. Leyenda, personaje, fechas y bandera que compaginan muy bien con la mística político-religiosa de aquel soñado imperio almohade.

La tradición de la bandera verde y blanca del País Andaluz fue languideciendo aunque conservada, sin duda, en determinados estamentos populares, especialmente de origen morisco, ya que después de la conquista fernandina (la occidental en el s. XIII, y la oriental en el XV), y pese a que durante mucho tiempo -todavía hoy perceptible- Andalucía fue anulada como pueblo autóctono peninsular, un cierto sentir “subterráneo” se mantuvo dando ciertas muestras de vigor andalusí en el transcurso de los dos siglos posteriores. Así, por ejemplo, relatan los historiadores de Sevilla, según apuntes recogidos por Manuel Chaves, con motivo del motín producido en el barrio de la Feria, en el año 1521, y que alzó en abierta rebelión al pueblo hambriento de la capital andaluza, que los amotinados recorrieron la ciudad enarbolando un antiguo estandarte conquistado a los musulmanes en tiempos de Alfonso X El Sabio, y que se guardaba en el templo de Omnium Sanctorum. Este estandarte, de tela verde, vino a dar nombre histórico a aquel conato de sublevación, conocido como “El Motín del Pendón Verde”

Granada, Córdoba, Málaga y Cádiz han sido siempre territorios de prestigio revolucionario, capaces de servir -en opinión del propio Blas Infante- de cauce adecuado a la dirección de movimientos nacionalistas andaluces, aspiraciones autonómicas y proclamas liberalistas.

En su obra sobre “La verdad del complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía” escribe Infante: “Cuando el Duque de Medina Sidonia intentó imitar a Portugal en la acción de levantarse contra Felipe IV (1642) y quiso proclamarse Rey de Andalucía, no osó acariciar el disparatado proyecto de extender su reinado a todo el País Andaluz; ni estuvo nunca esta idea en el pensamiento de su mentor y primo, el Marqués de Ayamonte, don Francisco Manuel de Guzmán, a quien costara la cabeza la ayuda prestada a su cobarde pariente. Antes por el contrario, los conquistadores, según prueban los archivos moriscos y silencian las historias españolas (historias asimilistas), protegidos por Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia, sobre todo Francia, pusiéronse en relación con un caballero morisco, cristiano aparente, el cual habitaba en la Sierra de Gador (Almería), y era descendiente de Mohamet VIII de Granada”.

El caballero morisco almeriense que, en 1642, quiso asumir la empresa de proclamarse rey de Andalucía oriental y que comenzó por reivindicar su nombre árabe, Tahir Al Hor (El Halcón), alzó también la bandera verde y blanca, “convocando a la disensión”, en franjas verticales de indudable paralelismo con la que será enseña portuguesa nacional y que ya los Braganzas de la sublevación militar utilizaron contra las tropas de Felipe IV. También los nobles y capitanes que secundan al Marqués de Ayamonte, en aquel fallido intento de “hazer República libre la Andalucía, o concitarla, para que otro se lebante por Rey” (citamos textualmente el documento de defensa presentado por don Francisco Manuel Silvestre de Guzmán ante el señor don Pedro de Velasco Medinilla, fiscal del Concejo), izarán los mismos colores andalucistas.

Tanto la empresa de rebelión encabezada por el Duque de Medina Sidonia, como la capitaneada por Tahir, encontraron en los judíos andaluces contribuciones y medios financieros para apoyar la libertad de Andalucía. No les faltaron alientos militares. Así, por ejemplo, El Halcón contaba especialmente con ejército compuesto por andaluces musulmanes, desterrados en Berbería y que el monarca de Marruecos intentó hacer llegar hasta las costas malagueñas. Precisamente allí, entre Estepona y Marbella, donde enarboló la verde y blanca, fue misteriosamente asesinado Tahir Al Hor mientras esperaba la llegada de las tropas andaluzas de Marruecos. Curiosa coincidencia, pues en aquellas mismas playas caerá fusilado, casi dos siglos después, otro rebelde libertario y legendario: Torrijos.

Ciertamente, desde la segunda mitad del s. XVII hasta pasado el primer cuarto del s. XIX, perdemos la pista a estos colores que, convertidos en símbolo de revolución, reaparecen (en dos franjas horizontales) en la llamada sublevación comunera de las mujeres de Casares (pueblo natal de Blas Infante). De este recuerdo, posiblemente materno, debió tomar de niño el propio Infante la certeza de ser el verde y el blanco el símbolo más reiterado en nuestro pueblo como bandera de la liberación de Andalucía. Signo de “regeneración” política, social y económica, y de “renacimiento” cultural y humano.
Hay lagunas históricas y etapas de la vida andaluza que tendríamos que investigar muy a fondo para analizar las reacciones internas del pueblo andaluz durante los siglos de mayor presión absolutista del Poder Central. Pues es indudable que tuvieron que existir unos mecanismos de adaptación, a nivel de base popular, que permitieran a los andaluces aprender unas formas de convivencia que les hiciera posible seguir siendo andaluces.

Será en 1918, en la Asamblea Andalucista de Ronda, presidida por Blas Infante, en los salones del Casino de Artistas, donde se determinará definitivamente la bandera de Andalucía, votándose se confeccionara en tres franjas iguales y horizontales, verde, blanca y verde, tal como en la actualidad se conoce, consagrándose como enseña nacional en el Estatuto de Autonomía de 1981. Debemos advertir que los colores allí elegidos corresponden a los primitivos pendones del Califato cordobés y del Imperio Almohade; es decir, “verde botella”, o más exactamente “verde omeya”, “Porque sus colores -dice Blas Infante- eran los más apropiados para representar la empresa de la restauración de un pueblo, nunca bélico y siempre creador de culturas originales, directoras de la humanidad, como lo fue Andalucía”.

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