Alfredo Portillos: El chamán del arte.

Después de subir el último escalón desde la puerta de calle, hay que esquivar los objetos desperdigados para llegar al dueño de casa, Alfredo Portillos. Es también su taller, aunque luce como depósito con columnas de cajas, marcos, libros y la mesa de carpintero donde trabaja su hijo, joyero. Sin embargo, Portillos –que sólo viste colores claros– ubica cada catálogo que busca, igual que la obra que hizo para donarle al Mamba. Si la memoria fuera una casa, luciría como este PH del artista con apariencia de gurú espiritual. Aquí se amontonan recuerdos superpuestos, algunos aunque irrelevantes en la superficie, y otros imborrables, casi escondidos. Portillos evoca personajes, revuelve su casa y su memoria.
–Cuando empezó a enseñar, ¿quería hacer algo distinto a la Cárcova?
–Porque tuve una experiencia mala. De estudiante me dijeron que lo que yo hacía no era arte. Después me echaron. Lloré, me había casado recién, y me hicieron un favor, porque caminando por Florida pasé por la galería Peuser y se anunciaban Los alumnos de Spilimbergo, y me metí ahí. “Esto es lo que a mí me interesa”, pensé y le dije a mi mujer que nos íbamos a Tucumán.
–A estudiar con Spilimbergo.
–Claro, lo vi y me dijo: “¿Por qué viene si ingresó a la Cárcova?”. “Maestro, me interesa ser artista y me interesa usted”, le dije. El viejo Spilimbergo hizo una muestra en la facultad, Salai la vio y me mandó a llamar. “Nunca me di cuenta de que usted era un tipo tan sensible”. Imaginate mi ego, yo tenía 25 años. Le dije: “Maestro, me gustaría que me dijera cuál le gusta y se la regalo. “Míreme, Portillos: ¿quién es usted para regalarme a mí un trabajo? ¿No se da cuenta de que usted es un mediador?”. Hasta que lo entendí, juro que pasaron muchos años.
En Tucumán se encontró con su destino y también con otros estudiantes de Spilimbergo como Carlos Alonso, Miguel Dávila y Leonor Bace. Siguió una estadía en La Rioja, en Buenos Aires y en la cárcel. Antes del exilio, integró el Grupo de los 13 que luego pasaría a llamarse Grupo CAYC, junto a su amigo Víctor Grippo, Luis Benedit, Jacques Bedel y –más tarde– Clorindo Testa. Ganaron premios internacionales, como el Primer Gran Premio Itamaraty en la XIV Bienal de San Pablo de 1977, donde presentaron Altar ecuménico , que reunía a las religiones históricas con el candomblé y en la que un sacerdote, un rabino, un pastor y un pae oficiaban ceremonias ante los espectadores.
Antes de ganar premios y fama, de gira junto a parte del Grupo de los 13 se topó con Thomas Huxley, el famoso antropológo y sobrino de Aldous. “Estábamos en Londres con Grippo y en una charla de Huxley toqué unas piedras en una estufa y me di cuenta de que tenían una energía de la gran siete. Me dijo que yo tenía que conocer al que se las había regalado, y me contactó con Carlos Castaneda”, dice.
–Entonces, ¿Huxley lo puso en contacto con Castaneda?
–Sí, se fue dando. No había usado el cerebro en ese sentido. Recién cuando conocí a estos tipos empecé a darme cuenta de lo que había dicho Salai y que toda mi obra está basada en eso. Castaneda era un tipo muy extraño, hablaba y tenías que estar más allá de lo intelectual.
–¿Compartió experiencias chamánicas con él?
–Yo las tengo por como soy. Por eso les digo a los pibes que no fumen esa mierda. Es preferible que alguien te de peyote, pero para eso hay que estar en otro lado.
De pronto, los recuerdos retroceden hasta el principio. Se crió en una familia pobre, compartía una única habitación junto a su padre español y anarquista, su madre devota, su abuela y su hermano. Cuando terminó sexto grado, se inició en el seminario. Un día, mientras caminaba al Centro Gallego, se topó con una humilde galería de arte y comenzó como ayudante. “Así empecé a conocer artistas. Yo llegaba a las ocho, él tenía dos sillas bajo una higuera y ahí nos poníamos a hablar de filosofía y un día me dijo: ‘Traete para pintar’”.
–¿Nunca antes había pintado?
–Esas son las cosas que te chocan. Creo en la reencarnación, en que tenemos varias vidas y que si hay algo que te quedó pendiente, volvés a cumplir. Si no cómo explicás el caso del pibe (Kieron Williamson) de 9 años que pinta en Gran Bretaña y es millonario. Yo tenía algo pendiente en el arte, pero no con la representación, sino en el arte.
Algunos baches de la memoria hay que llenarlos. Después de Tucumán estudió filosofía zen y se internó en el hinduismo. Se hizo cargo del Museo de La Rioja hasta 1962 y fundó la Escuela de Diseño y Técnica de la provincia. Con la caída de Frondizi, la escuela fue intervenida y Portillos, encarcelado. Volvió a Buenos Aires y se fue a Brasil, donde descubrió la performance. “Brasil te permitía eso, era más abierto. Yo venía del arte concreto”, recuerda.
En 1991 ganó el Premio Manuel Belgrano y al año siguiente el Konex de Platino en la categoría Instalaciones. En 1986 participó de la Bienal de Venecia y en 1993 participó de una muestra del Grupo CAYC en el Striped House Museum de Tokio con la obra La segunda conquista . Ese mismo año recibió el Premio al Artista del Año de la Asociación Argentina de Críticos de Arte. “Yo me llevo bien con todo eso –dice sobre el circuito institucionalizado del arte– pero porque no le doy pelota”.
Tatuaje sobre mi cuerpo, su última gran obra, la inició en 1995. Desde entonces diferentes artistas diseñan dibujos que su hijo va imprimiéndole. Pero la obra sólo terminará tras su muerte, cuando la piel sea separada de su cuerpo y subastada, para donar lo recaudado a la lucha contra el sida. Enseña sus brazos marcados.
–¿Y ahora en qué trabaja?
–Estoy haciendo el Homenaje a Lacan. La serie de las palomitas es un homenaje a mi madre, que cuando era chico me tiraba al canasto los calzoncillos enojada porque no podía limpiarme.
En una esquina de la casa, de una pila, emergen cuadros difusos de la serie. Portillos jura que lo hace con lo que recoge cada vez que va al baño. “Yo soy un mediador, no el que arma las cosas”, asegura.
(FUENTE: revistaenie.clarin.com)
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