Reencarnación: “Las dos vida de Audrey Rose”.

Evaristo Flor

“Imagina que un desconocido te dice que tu hija fue su hija en otra vida. Imagina que empiezas a creerle. Imagina que es verdad”.

La inteligente frase publicitaria de Las dos vidas de Audrey Rose, película dirigida en 1977 por el artesano Robert Wise, ya anticipa por completo de qué va a tratar la película. Aquí no hay sangre, no hay monstruos, demonios ni ningún otro ser espeluznante. No hay asesinatos.

Solo veremos un miedo atávico, tan viejo como el mismo hombre, el miedo a perder la propia identidad, a que otros te miren, te reconozcan… pero no seas tú. Miedo explotado en el cine desde muchas premisas, desde la posesión demoníaca de El exorcista a perder la identidad individual en favor del colectivo en La invasión de los ladrones de cuerpos y sus remakes y explotaciones. Pero pocas películas tratan un tema tan ambiguo e increíble como la reencarnación de una forma tan sobria, tan seria y con tanto gusto como lo hacen en esta película.

Tras un inquietante prólogo en el que un coche sufre un accidente y se precipita por un barranco, muriendo dentro del coche una niña, se nos pone en situación. Varios años después se nos presenta a la idílica familia Templeton, Bill, Janice y su pequeña hija Ivy, la cual sufre en los últimos meses pesadillas muy realistas que olvida por completo al despertar. Su madre se percata de que un hombre trajeado y de abundante barba (Anthony Hopkins) sigue a su hija allá donde va, al colegio, al autobús, a casa… habla de ello con el marido, e informan a la policía, los cuales no se toman demasiadas molestias al considerar a los Templeton como padres histéricos. Finalmente, una tarde el hombre va al encuentro de los Templeton, explicándoles que es Elliot Hoover. Hace años, Elliot perdió a su esposa y a su hija Audrey Rose en un trágico accidente de coche, y desde entonces, a lo largo de los años, dos personas diferentes en dos países distintos en épocas alejadas le han dicho lo mismo: que su hija se ha reencarnado en otra niña. Le han dicho en qué ciudad vive, incluso un vidente le describió el salón de la casa de los Templeton, descripción que deja al matrimonio en shock al ser correcta. Por supuesto, la primera reacción de los padres es negarlo todo y advertir al desconocido que se mantenga alejado de ellos y de su hija. Pero una noche, durante una fuerte tormenta, en medio de una pesadilla, la pequeña Ivy se quema las manos al apoyarlas contra el cristal de la ventana de su habitación, totalmente frío (en el primer plano del film, la pequeña Audrey Rose sufre lo mismo al intentar salir del coche en llamas). Las pesadillas se vuelven más y más recurrentes, más terribles, Ivy empieza a recordar cosas, y solo parece tranquilizarse cuando el señor Hoover está junto a ella…

Como se puede ver por la sinopsis, Las dos vidas de Audrey Rose no es una película de terror al uso. En realidad, calificarla de película de terror, y no simplemente de thriller es muy arriesgado, pero la película atesora momentos de auténtico terror existencial donde asistimos tanto al trauma de una niña en cuyo corazón, quizás, late otra vida, otra identidad, otra conciencia; a la desesperación de un padre cuyas esperanzas y cuya búsqueda por medio mundo por fin han dado sus frutos; y, por último, a esa confusión y ese miedo por parte de los padres de Ivy, primero hacia ese desconocido señor Hoover, pero después hacia su propia hija.

Mientras que Bill es un hombre práctico, que no acabará de salir de su confusión e incredulidad, la película nos muestra el proceso de concienciación de la señora Templeton: primero solo siente miedo y hostilidad hacia el señor Hoover. Cuando las pruebas médicas indican que Ivy está perfectamente, pero la niña sigue sufriendo pesadillas que la atormentan con recuerdos de otra existencia, la señora Templeton comenzará a escuchar a Hoover. Habrá un juicio sobre el asunto Templeton, en el que se decidirá si Hoover tiene algún derecho sobre la niña, o si simplemente está loco.

La madre se pone en contra de Hoover, quiere mantener a su familia unida: su marido está completamente perdido y su hija ni siquiera es consciente de la situación. Es ella la que encara el problema, en un principio, apoyando la tesis del fiscal: Ivy solo sufre un trastorno psicológico influenciado por el señor Hoover, y no hay pruebas de esa “posesión” como la llaman burlonamente en el juicio. La niña ni siquiera pudo quemarse las manos en la ventana, sino en el radiador de su habitación.

Sin embargo, cuando la ciencia falla y está claro que el problema de Ivy no podrá solucionarlo la medicina, cuando la señora comprende que las intenciones del señor Hoover no son más que benévolas, que él es el único que puede ayudar a su hija (Audrey Rose) para así poder poner orden en la difícil vida que aguarda a la otra hija (Ivy) la señora Templeton pondrá en conocimiento del juez lo que ya sabía desde el principio y se había callado: que su hija no pudo quemarse las manos en el radiador, pues aquella noche estaba apagado, que se quemó las manos en el helado cristal de la ventana sin explicación racional. Es entonces, la última parte del film, cuando entran en juego la hipnosis y los recursos que los psiquiatras pondrán en marcha para racionalizar el suceso y evitar tener que utilizar el término “reencarnación”. El estudio psiquiátrico está viciado desde el principio, pues el doctor Libscomp no cree en la teoría del señor Hoover, y sigue pensando que Ivy sufre un simple trastorno que necesita de medidas extremas…

Un final, a la vez trágico, bonito y coherente para una película curiosa, fascinante, probablemente irrepetible. Anthony Hopkins está excelente por su interpretación del señor Hoover un hombre normal que se ve obligado a cambiar sus creencias al renacer sus esperanzas de (re)encontrar a su hija muerta. Como curiosidad, la película está supuestamente basada en un caso real acaecido a finales de los años sesenta, pero en realidad está basada en el libro de Frank DeFelitta sobre esos hechos. Dicho autor también lo es del libro sobre el caso real en el que se basaría la película El ente

Anécdotas

* En el casting para Ivy se probó a Brooke Shields. Para el papel de Hoover se pensó en Jon Pertwee. * En 1978 la Academy of Science Fiction, Fantasy and Horror Films nominó a Anthony Hopkins y Marsha Mason como mejor actor y actriz en una película de terror.

Bibliografía

DE FELITTA, Frank: El cristal ardiente: (Audrey Rose); traducción de Fernando Aragón. Argentina: Pomaire, 1978. Colección de bolsillo; 26. | El libro tuvo a su vez una secuela:

DE FELITTA, Frank: Por amor a Audrey Rose; traducción de Manuel Vázquez. Esplugues de Llobregat, Barcelona: Plaza & Janés, 1983. Colección: Novelistas del día.

Evaristo Flor Díaz (Elda, Alicante. España.

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