De San Longinos, el soldado que atravesó a Jesús con su lanza.

            De todos es sabido que el Evangelio contiene una mención a un soldado que en los estertores de la vida de Jesús, procedió a hincarle una lanza en el costado.
            “Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn. 19, 31-34).
            La mención es menos unánime de lo que acostumbra a creerse, pues el único evangelista que la recoge es el que escribe en último lugar, a saber, Juan, sin cuyo evangelio nos habríamos quedado sin saber que Jesús fue lanceado en sus últimos momentos de vida, o mejor dicho, cuando ya ni siquiera vivía.
            Pues bien, ese soldado que lanceó a Jesús cuando ya exhalaba el espíritu y que podría asimilarse al centurión que en los evangelios sinópticos expresa eso de “verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc. 15, 39, similar a Mt. 27, 54 y a Lc. 23, 47), viene a tener nombre en la tradición cristiana, nombre que no es otro que el de Longinos, que al fin y al cabo, no significa otra cosa que “lanza”, lonjé en griego. Una tradición tan sólida que hasta es considerado santo por la Iglesia Católica y venerado, precisamente, tal día como hoy, 16 de octubre.
            Una versión siríaca del Evangelio según San Juan del año 586 que se conserva en la Biblioteca Laurenciana de Florencia, iluminada por un tal Rabulas, recoge una ilustración con el episodio, en el que al soldado de la lanza aparece denominado ya Longinos (ver ilustración arriba).
            Aparece también en algunas versiones del libro conocido como “Evangelio de Nicodemo”, un curioso apócrifo formado por la unión de dos textos, el “Descenso a los infiernos” y las “Actas de Pilatos”, cuyo ejemplar más antiguo conocido es el llamado Einsidlensis, de alrededores del s. X, aunque su texto podría ser muy anterior, incluso del s. IV. Es la siguiente:
            “Y un soldado, llamado Longinos, tomando una lanza, le perforó el costado, del cual salió sangre y agua” (op. cit. 10, 5).
            En otro apócrifo que nos presenta una supuesta correspondencia entre Pilatos y Herodes Antipas, los dos protagonistas del juicio de Jesús según San Lucas, encontramos esta alusión que no sólo incluye el nombre de nuestro soldado, sino también su pertenencia a la primera comunidad cristiana:
            “Y has de saber que Procla, mi mujer, dando crédito a las apariciones que tuvo de él cuando yo estaba a punto de mandarle crucificar por tu instigación, me dejó sólo y se fue con diez soldados y Longinos, el fiel centurión, para contemplar su semblante, como si se tratara de un gran espectáculo. Y le han visto sentado en un campo de cultivo, rodeado de una gran turba y enseñando las magnificencias del Padre; de manera que todos estaban fuera de sí y llenos de admiración, [pensando] si había resucitado de entre los muertos aquél que había padecido el tormento de la crucifixión
Y mientras todos estaban observándole con gran atención, divisó a éstos y se dirigió a ellos en estos términos: ‘¿Todavía no me creéis, Procla y Longinos? ¿No eres tú por ventura el que hiciste guardia durante mi pasión y vigilaste mi sepulcro? Y tú mujer, ¿no eres la que enviaste a tu esposo una misiva acerca de mi? […]
            Al oírle decir tales cosas, tanto mi mujer, Procla, como el centurión que tuvo a su cargo la ejecución de Jesús, como los soldados que habían ido en su compañía, se pusieron a llorar llenos de aflicción”.
            Por último, el gran tratado hagiográfico medieval conocido como “Leyenda Dorada” que debemos al dominico Jacobo de la Vorágine nos dice de él lo siguiente:
            “Longinos fue un centurión que con otros soldados por orden de Pilatos, hizo guardia ante la cruz del Señor, y quien personalmente atravesó con su lanza el costado de Cristo; pero luego, al presenciar el obscurecimiento del sol, el terremoto y otros fenómenos extraños se convirtió. Dicen algunos que ya fuese por vejez o por enfermedad, tenía la vista muy debilitada y que al traspasar con su arma el pecho de Jesús, algunas gotas de la sangre que brotó del corazón divino saltaron hasta sus ojos, y que al sentir la salpicadura, comenzó a ver con perfecta claridad. Según estos autores a este milagro experimentado en sí mismo se debió principalmente su conversión, a raíz de la cual renunció a la milicia, recibió de los apóstoles la instrucción necesaria, se retiró a Cesarea de Capadocia, y allí permaneció veintiocho años haciendo vida monástica y convirtiendo a muchos a la fe de Cristo con su predicación y buenos ejemplos.
            De este santo se cuenta lo siguiente: el gobernador de la citada provincia lo detuvo y trató de obligarle a que ofreciese sacrificios en honor de los ídolos. Como no lo consiguiera mandó que le arrancasen todos los dientes y que le cortaran la lengua. A pesar de que estas órdenes fueron ejecutadas, Longinos no perdió la facultad de hablar y siuguió combatiendo la idolatría. En cierta ocasión tomó un hacha y con ella destrozó las imágenes de las falsas dsivinidades. “Ahora veremos -decía mientras quebraba aquellas efigies- si estas imágenes representan a dioses verdaderos”. Los demonios que se albergaban en ellas al quedarse sin morada, se alojaron en el cuerpo del gobernador y en el de sus secuaces , quienes con el juicio trastornado y ladrando acudieron a Longinos y se prosternaron ante él. Longinos entonces preguntó a los demonios: “Por qué moráis dentro de los ídolos?”. Los demonios respondieron “Porque queremos refugiarnos en sitios donde nunca se pronuncie le nombre de Cristo ni se haga la señal de los cristianos”. Longinos dirigiéndose al gobernador que desde que el diablo entró en su cuerpo habíase vuelto loco y quedado ciego, le dijo: “Tú sanarás, pero después de que me hayas dado muerte; porque me matarás, mas en cuanto me hayas matado, rogaré por ti y obtendré del Señor tu salud corporal y la de tu alma.

Al oír esto, el gobernador dio orden de que inmediatamente degollaran a Longinos, y en cuanto este mandato fue ejecutado, postróse ante el cuerpo del mártir, lloró copiosamente, hizo penitencia, recobró la vista, sanó enteramente, se convirtió y se dedicó a hacer buenas obras hasta el final de su vida”.

            Longinos es canonizado el 2 de diciembre de 1340 bajo el papado de Inocencio VI. Su cuerpo pasa por haber sido hallado en Mantua en el año 1303, consagrándosele una capilla en el monasterio benedictino de Santa Andrea. Sus reliquias, muy repartidas, se veneran en varios lugares, entre los cuales la iglesia de Sant’Agostino en Roma, y la Basílica de San Pedro, que guarda su brazo. Durante la Edad Media la lanza de Longinos será objeto de profundo interés relacionado con la leyenda del Santo Grial, y se veneran supuestos fragmentos de la misma tanto en Viena como en la Sainte Chapelle de París. En la Basílica de San Pedro en Roma, Bernini le dedica una preciosa estatua (arriba).
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