La tumba de Oscar Wilde ya no recibirá más besos.

George Bellamy y Charlotte Hopewell están un poco desilusionados. Los dos estudiantes de literatura inglesa en Manchester, Gran Bretaña, llegaron al cementerio parisino de Père-Lachaise -una visita ineludible para muchos de los turistas que pasan por esta ciudad- con la intención de contemplar y besar la tumba del escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900), pero se toparon con un vidrio de dos metros.
La escultura bajo la cual yace el autor de El retrato de Dorian Gray -un ángel desnudo con las alas desplegadas, obra realizada en 1911 por el artista Jacob Epstein (1880-1959), suegro de Lucian Freud- estaba tan repleta de marcas dejadas por la acumulación de besos con labios pintados, que la familia de Wilde (su único nieto, William Holland) decidió hace poco más de un mes restaurarla y protegerla del público con un vidrio para que ello no volviera a suceder.

No es la primera vez. Holland, de 66 años, había hecho restaurar el monumento a mediados de los años noventa, pero el tiempo había traído los besos de vuelta. Según los guardias del cementerio, la manía se intensificó a partir de 2005. Y con ellos coincide la directora de Centro Cultural Irlandés en París, Sheila Pratschke. En diálogo con LA NACION, argumenta una combinación de factores: “Por un lado, restringieron el acceso a la tumba de Jim Morrison, porque era víctima de actos de vandalismo, y ello hizo que los visitantes trasladaran su amor hacia Oscar. Por el otro, es cierto que Wilde es conocido y amado por todos, y muy respetado por la comunidad homosexual. Con Internet, todo ello explotó. Y ésta es una obra de arte que vale la pena que sea conservada”.
Quien también explotó cuando le advirtieron que la marca de los lápices labiales arruinaría para siempre la escultura fue Holland, y por ello su decisión de aislarla. La obra duró seis semanas y costó 60.000 euros. Fue financiada por el gobierno irlandés y por la Ireland Funds francesa, precisa Pratschke. La abuela de William Holland -la mujer de Oscar Wilde- cambió de apellido, luego de que el escritor fuera condenado a dos años de prisión en Londres por “grave inmoralidad” en 1895, tras conocerse su homosexualidad.
El autor de La importancia de llamarse Ernesto se mudó a París después de salir de la cárcel, y aquí vivió los últimos tres años de su vida. Se alojó en el Hôtel d’Alsace, un hotel situado sobre la rue des Beaux Arts, en el 6° arrondissement , a metros del Sena y del boulevard Saint-Germain, por el que también pasaron Salvador Dalí, Frank Sinatra y Elizabeth Taylor, entre otros. El lugar sigue existiendo, fue enteramente renovado y hoy se llama simplemente L’Hôtel. Wilde murió pobre, de una neumonía, a los 46 años. Un mes antes, declaró: “Muero como he vivido, muy por encima de mis posibilidades”.
Por su tumba pasan cientos de personas por día. Algunas no entienden por qué está rodeada por esas paredes de vidrio, otras no le dan mayor importancia y hay quienes lo lamentan. “Es una lástima no poder dejarle algo lindo teniendo en cuenta que murió pobre y deprimido”, comentó a LA NACION George Bellamy, estudiante de 21 años. “No me gusta cómo queda”, agregó su compañera Charlotte.
A Joel Elton, un profesor estadounidense que enseña inglés en Madrid y que está sentado al lado de la tumba leyendo las primeras páginas de Dorian Gray, le hubiera gustado sentirse menos separado de su autor. “A fuerza de darle un beso hoy, uno mañana y otro pasado mañana? ¡la familia se cansó!”, le explica una madre italiana a su hijo.
Con dos millones de visitantes por año y 70.000 sepulturas, de las cuales por lo menos 200 corresponden a personalidades conocidas en el mundo entero, los guardias del espacio verde más grande de París -43 hectáreas- fueron testigos de todo tipo de historias. La tumba del pedagogo Allan Kardec, considerado fundador de la filosofía espiritista, es la que más flores recibe. Y la escultura del periodista Victor Noir, asesinado en 1870 por el primo de Napoleón III, está erosionada porque se la cree símbolo de fertilidad. Por suerte para los guardias, hay tumbas que atraen visitantes más discretos, como aquellas donde descansan la cantante Edith Piaf, el pintor Amadeo Modigliani, el compositor y pianista polaco Frédéric Chopin, el escritor Jean de La Fontaine, el diseñador Ted Lapidus o el maestro vidriero y joyero René Lalique, entre otras.
Jim Morrison se debe estar retorciendo de los celos en su tumba. El líder de la mítica banda de rock estadounidense The Doors es quizás el más rebelde de Père-Lachaise, pero no es el más besado.
(FUENTE: lanacion.com.ar)

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