Del terror de convertirse en otro al purgatorio de ser uno mismo.

En una mañana tranquila, hace tiempo, Jesús Ferrero se preguntó qué sería lo más terrorífico que podría pasarle. Entonces se imaginó despertándose un día cualquiera dentro de otro cuerpo. Pensó que no sería hermoso como ese pasaje del Orlando en el que el joven apuesto y refinado de la novela de Virginia Woolf descubre que su cuerpo tiene formas femeninas.
 “Ese momento es hermoso porque él lo reconoce como propio, pero lo que yo quería plantear es qué ocurriría si ese cuerpo en el que te encuentras no lo reconoces como tuyo”, explicaba ayer en la Pérgola el autor (Zamora, 1952), que ganó el VII Premio Logroño de Novela con Doctor Zibelius (Algaida), un libro donde da rienta suelta a una historia en cierto modo deudora de la tradición europea de la literatura de anticipación, esa rama particularmente inquietante de la ciencia-ficción.
“La propia editorial ha comparado este libro con Frankenstein, lo cual es un poco verdad y un poco mentira también”, matizó el autor de Bélver Yin, la novela a la que la que le debe buena parte de su prestigio, de Las experiencias del deseo. Eros y misos, con el que ganó el Premio Anagrama de Ensayo, o del reciente El hijo de Brian Jones.

“Tiene más que ver con Las manos de Orlac, donde se plantea ya el tema de los transplantes modernos, mientras que lo que se hace en Frankenstein es un puzle de cuerpos muertos, que es una cosa muy distinta”, explicó Ferrero a propósito del folletín que publicó en 1919 el francés Maurice Renard -y luego adaptado al cine en varias ocasiones, una de ellas por Robert Wiene (El gabinete del Doctor Caligari)- en la que se narra la historia de un eminente pianista que pierde las manos en un accidente de tren y consigue que un misterioso médico le implante otras, que pertenecieron a un asesino recién decapitado, y que se enfrentará, por culpa de esos apéndices extraños, a unos deseos de matar que nunca antes había experimentado.
“Me apetecía trabajar con esa idea en la que siempre han creído los poetas, que el cuerpo tiene memoria”, dijo Ferrero. De ahí surgió la trama que desarrolla en Doctor Zibelius, donde, sirviéndose tanto del pensamiento de los filósofos de la Grecia Clásica como del cine fantástico de posguerra, en una atmósfera propia de H. G. Wells pero en el Madrid de los años 80, y con un tono que busca una lectura turbadora, especula sobre lo que pasaría si la medicina consiguiera hacer posible transplantes de cerebros.
Lo conseguirá, en la novela, Juan Sebastián Zibelius, un investigador de oscuro pasado -“de niño que tendría que haberse vuelto loco, pero no lo hizo”- y cuyo padre, poco antes de morir, le deja en herencia un cuaderno lleno de hallazgos secretos. A llevarlos a la práctica y con todas las consecuencias se dedicará hasta que un accidente en el que dos personas resultan gravemente heridas, una con el cuerpo destrozado pero con la cabeza en buen estado, la otra con daños irreparables en el cerebro y el resto de los miembros más o menos ilesos, le brinda la oportunidad que siempre buscó.
Tras esta presentación, en la que participó el escritor y médico sevillano Francisco Gallardo, llegaron a la Pérgola Javier Salvago y Juan Bonilla para hablar del segundo volumen de las memorias que el primero acaba de publicar en Renacimiento. Tras la primera y cruda entrega, Memorias de un antihéroe, en las que hablaba entre otras cosas del infierno del alcoholismo, ahora, en El Purgatorio, el poeta sevillano escribe sobre su vida tras superar esa adicción, y en las páginas del libro adquiere mucha importancia su pasado como “guionista estrella” -así lo llamó Bonilla, que de hecho trabajó un tiempo a las órdenes, “absolutamente relajadas”, de Salvago- para Jesús Quintero, Iñaki Gabilondo o Encarna Sánchez, a los que en el libro llama “psicópatas”.
“Yo llamo a las cosas por su nombre”, dijo, “y ese tipo de personas van a lo suyo, no les importan los demás, no les importa la ética, y probablemente es que tiene que ser así, porque los que no son de esa manera no llegan nunca a eso”, afirmó Salvago, que decidió escribir sus memorias cuando sintió que “ya había escrito lo que quería escribir, y sentía que me estaba repitiendo, pero aun así tenía la necesidad compulsiva de escribir”. Llegó, pues, la prosa autobiográfica, en la que a veces tuvo que contenerse, admitió, para evitar la “acumulación de mala leche”, en particular en su retrato de Quintero, una persona “cursi”, dijo, que quiere ser siempre “muy elevada porque no se da cuenta de que todo es mejor a ras de suelo”.
“Puedo decir que he escrito miles y miles y miles de folios: miles, porque en mis tiempos en El loco de la colina cobraba por folio y detrás de cada uno había un billete, y yo tenía una familia… Y yo sé que incluso hay gente a la que le gusto más como guionista, pero yo he sabido siempre cuál era el poeta verdadero y cuál el poeta profesional, qué cosa era auténtica y qué trabajo”, confesó Salvago, que siempre se ha sentido un poco espectador de su propia vida, quizás por su carácter “fatalista”, dijo, un poco “fuera de todo”, puede que también debido a que ha hecho muchas cosas y ha estado en muchos sitios pero “nunca, nunca, me he creído nada”.
(FUENTE: diariodesevilla.es)

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