Helen Duncan, la última bruja de Escocia.

El juez recorre con la mirada la sala, tras lo cual anuncia la sentencia: nueve meses de cárcel. Helen estalla en llanto y se cubre la cara con las manos. El jurado no tuvo en cuenta los otros cargos, entre ellos el más grave, conspiración, que podría ser penada incluso con la muerte, pero no obstante la declaran culpable del más absurdo: la práctica de la hechicería.

Los fundamentos para el cargo fueron provistos por una ley histórica sobre hechicería (Witchcraft Act), de 1735. Es enero de 1944.

Los comienzos de la carrera

Helen Duncan, la última bruja de Escocia, nació en noviembre de 1897 en la pequeña ciudad de Callender, cercana a Stirling. La pobreza reinante en la región obligó a la muchacha a tomar empleo en Dundee a los 16 años. Exceso de trabajo y las maas condiciones de vida se reflejaron rápidamente en la salud de la adolescente. Helen contrajo tuberculosis. En el sanatorio conoció a su futuro marido, el veterano de guerra Henry Duncan. En 1916 contrajeron matrimonio. Es probable que gracias a él haya ingresado en el mundo des espiritismo y haya descubierto sus excepcionales dotes. No sólo podía tomar contacto con el mundo de los muertos, sino que también podía materializarlo en ectoplasma. El rumor sobre su increíble don se expandió con la velocidad del rayo. Helen abandonó su región natal y junto con el marido comenzó una gira espiritista por toda Gran Bretaña. La actividad producía ingresos que ara la época eran altísimos; la mujer comenzó a llevar una vida que alguna vez sólo había podido imaginar. Su popularidad crecía, a pesar de que las denuncias oficiales no la favorecían.

En 1931 la Sociedad Londinense de Espiritismo llevaron a cabo estudios científicos sobre el fenómeno Duncan. Las conclusiones finales no dejar lugar a dudas: Helen era un fraude. Harry Price, director del Centro Nacional de Investigaciones Psíquicas (National Laboratory of Psychical Research), tuvo la misma actitud escéptica respecto al don de la médium. En 1934 un tribunal escocés la sentenció culpable de falsedad al presentarse como médium y por alterar el orden público.

El contacto con los muertos

A pesar de estos hechos, la popularidad de Duncan no disminuía. El verdadero boom de los servicios de la cuestionada médium llegó con el estallido de la II Guerra Mundial. Las familias de miles de soldados muertos o desparecidos eran un mercado inagotable para cualquier oferta espiritista. Las sesiones de Duncan por lo general se llevaban a cabo en casas particulares, y después de cada una crecía le pléyade de los que afirmaban que gracias a su intermediación habían podido contactarse con sus familiares muertos.

Entre las decenas de encuentros que se realizaron, hubo uno que años después se reveló como el más importante en la vida de la escocesa, y su sentido y veracidad siguen siendo un enigma hasta hoy. Hay algo seguro, esa sesión destruyó la vida de Helen Duncan, la convirtió en traidora y espía, en la última bruja condenada a prisión en Europa, y finalmente inclinó a expedirse en el asunto al entonces Primer Ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill. La sesión a la que los servicios especiales británicos dedicaron tanto esfuerzo, paradojalmente agregaron veracidad a las excepcionales dotes de la escocesa. Se realizó a fines de 1941 en Portsmouth.

La sesión más importante de su vida

La habitación está en semipenumbra. Todos los invitados tomaron sus lugares. Algunos tosen nerviosamente, otros parecen ausentes. Cada tanto alguien mira con nerviosismo la puerta o a la precaria cortina y la silla vacía de la médium. Llegó, se sienta. Lenta, concentrada, pero tranquila. El ayudante le venda los ojos. Durante un momento no sucede nada, parece dormida. Pero es ilusorio, algo comienza a salir de los labios de Helen. Los invitados se miran, nerviosos, y luego miran a la escocesa ausente. Después de un momento la substancia que sale de su boca comienza a tomar formas humanas. Una de las mujeres comienza a gritar. Luego estalla en llanto, hace tanto que no tenía noticias del hijo, le reconoce hasta el uniforme. No sólo ella, todos ven al marinero con uniforme completo. En su gorra se puede leer “HMS Barham”. “Hundieron nuestro barco”, dice la aparición con voz temblorosa.

Efectivamente, en noviembre de 1941 los torpedos alemanes habían hundido en el Mediterráneo al acorazado británico “arham”. Murieron 861 hombres. Pero esto había sucedido unos días antes de la sesión de Portsmouth y la información era estrictamente confidencial. El gobierno británico, temiendo afectar la moral de los soldados, decidió no publicar esa noticia. El mundo olvidó la sesión de Portsmouth durante un par de años. Lo recordó a fines de 1943. En ese momento se estaba preparando la mayor operación de la Segunda Guerra, el desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía. La inteligencia militar desde hacía meses estaba analizando toda clase de informaciones que podrían amenazar el éxito de la operación. Se llegaba a verificar las denuncias más vagas, y las acciones que se realizaban con frecuencia eran exageradas y cuestionables. El mejor ejemplo fue precisamente la causa de Helen Duncan.

La redada policial y la cacería del espíritu

En enero de 1944 Portsmouth no tenía tan magnífico aspecto como cuando los Duncan realizaron allí sus primeras sesiones. Varios años de guerra dejaron visibles huellas sobre las paredes de la ciudad y sobre sus habitantes. Allí estaba la sede del puerto de marina naval más importante de Gran Bretaña, estaba constantemente amenazada por los bombardeos nazis; por lo tanto, sus habitantes vivían “oscurecimiento” permanente. La ciudad parecía somnolienta, sin vida. Pero nada indicaba que la sesión que se llevaría a cabo en Porstmouth en enero se diferenciaría tan dramáticamente de otras organizadas allí con anterioridad.

La habitación en penumbras, iluminada sólo por velas rojas. Helen está tranquila y concentrada. Saluda a los concurrentes y de a poco se prepara para la sesión. Hay silencio absoluto, sólo se escucha el siseo de la estufa a gas. Cae en trance, en su frente aparece una gota de sudor. De pronto, de los labios, o quizá de la nariz de la médium comienza a salir un substancia que de lejos parece algodón. Cuando alcanza el medio metro, la sesión es brutalmente interrumpida. Un silbido agudo, el estrépito de la puerta, la movediza luz de linternas eléctricas sobre las paredes y los aterrados rostros enceguecidos de los participantes. Golpetear de zapatones y gritos: “¡Policía, quietos todos!”. Alguien se lanza y trata de atrapar el ectoplasma que se desvanece. Es inútil. La policía se conforma con la médium. Helen Duncan es arrestada.

El absurdo proceso de Helen

Los preparativo insumieron siete días, y el juicio pasó a la historia como uno de los más absurdos de la historia moderna de Inglaterra. Helen Duncan fue acusada de varios delitos. Comenzando por vagancia y terminando por conspiración contra el Estado. La causa era grave, porque en caso de que se la hallara culpable de este último cargo, su sentencia podría ser la muerte en la horca.

Se escuchó a 44 testigos y no se encontró nada, salvo la Witchcraft Act, ley de 1735 para combatir a las brujas. Alguna vez había sido una perlita y motivo de orgullo para los juristas británicos (la ley no preveía la pena de muerte por brujería), pero con el tiempo se volvió tan actual como la teoría de la Tierra plana. Las democracias maduras, de larga tradición y permanencia del derecho encontrarán ejemplos de antiguallas jurídicas que siguen existiendo en los códigos (p.ej., hasta hoy sigue vigente el derecho a matar a un escocés en York, pero sólo por la noche y con la condición de que el escocés esté armado con arco y flechas). Nadie sensato trata con seriedad estas antigüedades; como mucho cada tanto, por diversión, se hace un listado de ellas y se las publica.

Winston Churchill defiende a la bruja

Quedó patente que la guerra, el planeado desembarco en Normandía y las amenazas imaginarias, atizadas por los medios, que veían espías por doquier, la justicia británica trasgredió los límites de la sensatez. Esto llevó a que interviniera el mismísimo Primer Ministro de Gran Bretaña. Winston Churchill mandó una carta en defensa de Helen Duncan. Churchil no anduvo escogiendo palabras y llamó “payasada” a todo el juicio: “Enviénme un informe de por qué una norma de 1735 sobre brujería ha sido utilizada en el sistema judicial moderno”- se ofuscaba el ministro. “Cuál ha sido el costo para llamar a los testigos desde Portsmouth y cuánto gastó el tribunal en ocuparse de esta payasada durante dos semanas”. El texto de la carta muestra bien a las claras qué pensaba sobre la sentencia uno de los británicos más prominentes del siglo XX.

Pero ni siquiera Churchill consiguió algo (no se le puede negar buena voluntad, parece que incluso visitó en la cárcel a la sentenciada). El Día D (día en que comenzó l desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía) absorbió todas las actividades de las instituciones del Estado. Nadie tenía tiempo para ocuparse del tema de la escocesa sentenciada. Toda la situación convirtió a Helen Duncan en la última bruja mandada a prisión en Gran Bretaña (la última sentenciada por hechicería fue Rebecca Jane Yorke, quien debido a su edad fue eximida de prisión. Su juicio se llevó a cabo unos meses después del de Duncan), y a la vez en símbolo de la indiscriminada aplicación de la ley por parte de las autoridades.

Justicia más de 50 años después de muerta

En las fotos colectivas de posguerra Helen sigue teniendo un aspecto magnífico. El tapado negro apenas puede envolver la potente figura de la escocesa. Sigue viéndosela grave, concentrada y digna. No obstante, sus conocidos y amigos sostienen que la estadía en prisión le arruinó la vida. No volvió a ser la misma. A pesar de haber cumplido la condena, la policía no la dejó en paz. Durante un allanamiento policial en Nottingham, durante una sesión, en 1956, fue brutalmente sacada de trance. Esto le provoca graves quemaduras de estómago, a causa de lo cual muere en diciembre de 1956.

Recién después de más de 50 años se le hizo justicia. No sólo ella, sino todas las mujeres condenadas en base a la “medieval” Witchcraft Act. El 28 de febrero de 2008 el parlamento escocés aceptó una petición para rehabilitar a todas las personas condenadas por brujería. La norma alcanzaría a alrededor de 4 mil personas, la mayoría mujeres, sentenciadas en Gran Bretaña a prisión o muerte, sobre todo en base a la Ley de hechicería del año 1735. Era hora.

Fuente: El desván diverso.

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de Revista Voces del Misterio Publicado en Teletipo

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