Bruja de Blair: cuando Hollywood cambió (sin saberlo).

El 14 de julio de 1999 llegaba a los cines de EE.UU. una película de terror llamada El proyecto de la bruja de Blair que, en su modestia, se convirtió en la película de la que todo el mundo hablaba. Todavía hoy día se sigue hablando de aquella cinta de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, entonces estudiantes de cine de la Universidad de Miami. Pero por otros motivos: ahora hablaremos de El proyecto de la bruja de Blair con admiración y respeto, por lo que tuvo de revolución inadvertida.
Rodada con dos cámaras domésticas, tres actores y un presupuesto ridículo, El proyecto de la bruja de Blair quedó limitada, cuando se estrenó, al gueto de los amantes del género. Aquel filme inesperado no sólo nos asustó -y mucho- en su momento, sino que, además, con la perspectiva que da el tiempo, se puede afirmar que El proyecto… cambió la manera de entender el cine. De hacerlo, por un lado. Pero sobre todo la manera de venderlo.
Veamos por qué.
«El proyecto de la bruja de Blair equivale, en estos tiempos de internet, a lo que La guerra de los mundos, de Orson Welles, representó en los años treinta, cuando el medio de comunicación hegemónico era la radio», reflexiona Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya y uno de los grandes especialistas europeos en Welles.
«Ambas películas captaron perfectamente las características de un determinado medio -la radio en el caso de La guerra de los mundos; internet, en el caso de El proyecto de la bruja Blair- y de la época en que se estrenaron. De esta manera, acertaron al explotar el potencial dramático del encuentro de la tecnología con los miedos del momento», añade el historiador del cine.
Rodada con dos cámaras digitales domésticas en ocho días y con un presupuesto que no llegaba a los 40.000 dólares (unos 35.000 euros de la época), El proyecto… acabó recaudando en taquilla cerca de 300 millones de dólares. O sea que, desde el punto de vista económico, fue todo un éxito.
Pero no es por ese motivo tan sólo por el que el filme de Myrick y Sánchez ha dejado huella. Aquella aventura macabra de tres estudiantes de cine que parten buscando las huellas de un akelarre, desaparecidos en un bosque cercano a la población de Burkittsville (Maryland), revitalizó todo un subgénero que había estado más o menos olvidado: el de la películas encontradas, o found footage como la denominan los especialistas. Su historia la conocemos a raíz del descubrimiento, un año después, de la película que dejaron.
Found footage: donde la realidad del documental y la ficción se confunden. O se intenta que se confundan, al menos. También se denominan falsos documentales. Ese es el juego que el found footage propone: la disolución de la verdad en la mentira, y viceversa. El proyecto de la bruja de Blair no se inventó tal recurso, que tiene muchos y nobles precedentes. Citemos dos como referencia directa: Question mark (1973), del citado Welles. Y ya propiamente en el género de terror, Holocausto caníbal (1979), de Ruggero Deodato.
«Se ha dicho que REC se inspira en El proyecto de la bruja de Blair y es verdad; tan verdad como nos influyeron otras películas del género. Pero lo cierto es que, en aquel momento, lo que más nos influyó fueron los programas de reportajes televisivos, tipo realities como Callejeros y otros», explica Jaume Balagueró, director, con Paco Plaza, de las dos primeras entregas de REC.
«El proyecto de la bruja de Blair me pareció en su momento -la vi en una cinta de VHS, en casa de Nacho Cerdà (director de cine y director de Phenómena), recién llegada de Estados Unidos, donde ya era un fenómeno», recuerda Balagueró, que ahora prepara en solitario la cuarta entrega de la saga de los zombies desatados REC Apocalipsis, que abrirá el festival de Sitges. «Me pareció, y todavía me parece, una película notable; extraña, rara (o lo era en su momento) y muy sugerente, que hablaba de un terror abstracto, presentido, nunca visto, un terror que juega…

…juega con la imaginación. Magistral, en ese sentido. Pero sobre todo me llamó la atención por su capacidad de conectar con el momento y hacer de internet su mejor arma publicitaria». Efectivamente, la utilización de las incipientes posibilidades de internet convenció al mundo de que El proyecto… podía haber ocurrido en realidad. O al menos dejó la duda sin despejar. Es lo que desde ese momento se conoce como el sistema de la publicidad viral (o por contagio). Afirma Riambau en su libro Hollywood en la era digital. De Parque Jurásico a Avatar (Cátedra, 2011): «El filme de Myrick y Sánchez sentó cátedra en lo que a estrategias de marketing se refiere».
El mecanismo fue el siguiente: los directores abrieron una página web, cuatro meses antes del estreno del filme, en la que jugaban con la idea de que todo lo que contaría el filme era cierto. Durante los seis meses previos al estreno, la web incorporó documentos, fotos y videoclips que contenían falsos informes policiales y entrevistas con los supuestos padres de los cineastas desaparecidos. Tres días antes del estreno en Estados Unidos, la productora (Artisan) emitió un documental (Curse of Blair Witch) que todavía abundaba más en la teoría de la veracidad de los acontecimientos. «La película resulta indisociable de su marketing», afirma el director de la Filmoteca.
La campaña todavía fue más lejos de lo que en aquel momento se podía uno imaginar. Llegó a extender rumores en los medios de que todo era cierto, y sus promotores impusieron un silencio total a los protagonistas (que utilizan su nombre real en el filme). La cosa llegó hasta el extremo de que añadieron en sus fichas de IMDB.com, el portal de referencia para buscar datos cinematográficos, que esos actores estaban «desaparecidos, presumiblemente muertos». En ese sentido, los esfuerzos de los ideólogos de la campaña publicitaria fueron tan efectivos que los familiares de los protagonistas recibieron llamadas de condolencia de sus amigos y conocidos.
De esta manera ir a ver esta película al cine, al menos en sus primeros días de estreno, era como ir a ver una película de las denominadas snuff: legendarias películas, de las que nunca se ha comprobado su existencia, en las que los participantes sufren agresiones de verdad. Incluso la muerte.
Así no se podía fracasar.
(FUENTE: lavanguardia.com)

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