El amor contra los puentes.

Los puentes de Europa se tambalean. Apenas pueden soportar el peso de los candados que los enamorados colocan en sus barandillas. El parisino Puente de las Artes se hundió un poco a comienzos de verano.
Cuando los operarios cubrieron con unas tablas la parte desprendida, los enamorados corrieron a llenarlo todo con pintadas. Pintadas de amor enamorado. Samantha x Jonathan. Los enamorados son por lo visto como la marabunta: un rebaño obsesionado, histérico y destructivo.
La culpa de todo es de Federico Moccia, un escritor italiano de novelas románticas para adolescentes y cerebros a medio hacer en general. Yo leí un libro de Moccia y no entendí cómo no estaba aquel hombre en la cárcel. Lo que le hacía a la literatura era algo devastador, cruel, despiadado. La cursilería y el cálculo mercadotécnico al máximo nivel. No recuerdo si el libro que leí fue ‘Perdona si te llamo amor’ o ‘Perdona pero quiero casarme contigo’. (Y hay que reconocer que los títulos de Moccia no dejan indiferente: son todos como órdenes de abrir fuego contra él.)
En cualquier caso, yo sé que leí algo posterior a ‘Hoy tengo ganas de ti’ (¡Fuego!), que es la novela que puso de moda los candados como objetos sentimentales. Los protagonistas de ese libro sellan su amor escribiendo sus nombres en un candado que cierran en la barandilla de un puente romano. Luego tiran la llave al Tíber. Como Moccia carece del menor sentido de la justicia, los protagonistas no van detrás de la llave.
Ese fue el comienzo de un fenómeno mundial que solo beneficia a los ferreteros. Los puentes del mundo se han llenado de candados y en algunos casos la cosa supera el trecho que va de la chorrada al vandalismo. Sucedió en el Puente Milvio, en Roma, donde, tras los primeros desperfectos, el Ayuntamiento comenzó habilitando unas estructuras ‘ad hoc’ para los candados y terminó prohibiendo su colocación y quien sabe si también el amor en todo el distrito XX.
En otros lugares apuestan por el pragmatismo y cada cierto tiempo retiran los candados. Uno cruza el Puente de Triana, o el de las Cadenas en Budapest, y ve candados, pero pocos y recientes. Desde 2008 en Sevilla llevan gastados casi cincuenta mil euros en cortar candados. Deberían por supuesto enviarle la factura a Moccia, que sigue en su web dando la tabarra con la cosa.
Estos días hemos sabido que en París van a intentar que los enamorados se hagan ‘selfies’ en los puentes en lugar de colocar candados. ‘Selfies’. Cómo se nota que París es la ciudad del amor y que Ninotchka y el conde d’Algou vigilan siempre desde la torre Eiffel.
Lo que yo no sé es si en el paisito ha prendido el fenómeno. Desde luego, no lo ha hecho con fuerza. Quiero decir que no parece que el Puente Colgante esté a punto de derrumbarse bajo el peso de la candadería sentimental.
¿Hay algún candado en el Puente de la Zurriola, en el de Trespuentes o en la Pasarela Zubizuri? Ojalá la respuesta sea no. Eso diría mucho de nuestro romanticismo. A favor, claro. Cualquiera sabe que los actos de amor arrebatado, los pactos temerarios y las promesas suicidas se han hecho desde siempre en el notario, firmando hipotecas descomunales y regímenes de gananciales que lo flipas. ¿Poner un candadito en un puente? No fastidies, Moccia. Qué culpa tendrán los puentes.
(FUENTE: elcorreo.com)

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