The imitation game (Descifrando Enigma).

CARLOS AIMEUR
La película que recupera la figura de Alan Turing retrata con fría precisión, casi indiferencia, su tragedia.
 A veces la persona que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie imagina. Esta frase se pronuncia hasta tres veces a lo largo de The imitation game (Descifrando Enigma) y podría resumir a modo de eslogan publicitario la filosofía de sobre de azúcar que anida en el largometraje impulsado por los hermanos Weinstein, ‘padrinos’ en todos los sentidos de buena parte del cine independiente americano de los últimos 25 años y a quienes retrató con acierto Peter Biskind en el imprescindible Sexo, mentiras y Hollywood. La pronuncian tres personajes diferentes y en todos los casos se usa con un mismo fin, dar un giro dramático y fijar un tiempo narrativo. Es una argucia de guión, un ardid que permite unir las distintas partes de una película que se suma a la inagotable lista de largometrajes ambientados en la II Guerra Mundial.

The imitation game (Descifrando Enigma) está llena de trucos del manual del buen cineasta como éste. La historia está estructurada en tres tiempos diferentes presentados en orden inverso cronológicamente hablando: los últimos años de la vida de su atormentado protagonista, el matemático Alan Turing (1912-1954); la II Guerra Mundial y la adolescencia del científico en un internado en la segunda mitad de los años veinte. La frase con la que se inicia este artículo se pronuncia en los tres tiempos de la narración. Así, se la dice a Turing su mejor amigo y primer amor Christopher Morcom después de que éste le ayude en el colegio; posteriormente él se la dirá a su amigaJoan Clarke durante la II Guerra Mundial para convencerle de que fiche por su equipo que intenta descifrar el código secreto nazi; y, finalmente, Clarke se la repetirá a su amigo al poco de su detención por homosexual. Con ello se consigue que el espectador vincule emocionalmente estos tres tiempos y los una. Turing descubrió la verdad, la transmitió y, cuando la había perdido, la recuperó de la mano de su amiga. A Paulo Coelho le encantará.

De Turing se ha hablado mucho estos últimos años. En España periodistas como Leontxo García lo han citado en numerosas ocasiones. Su compleja personalidad viene marcada tanto por sus habilidades intelectuales (gran ajedrecista, matemático notable, precursor de la informática moderna) como por su torpeza para mantener relaciones sociales convencionales. Incapaz de entender en ocasiones las ironías, el retrato que se ofrece de él en la película The imitation game invita a pensar en una persona con síndrome de Asperger. A ello hay que unir su condición de homosexual, que era delito en el Reino Unido El verdadero Alan Turing.de la época. Todo ello convirtió a Turing en un hombre que, como dice uno de los personajes de la película, está lleno de secretos. Poéticamente, pues, el más indicado para desvelarlos.

Su trágica muerte por suicidio en 1954, deprimido después de que fuera condenado a castración química por ser homosexual, constituyó una auténtica vergüenza para el Reino Unido. Porque Turing no sólo era un gran científico; además había sido un héroe de guerra como líder del equipo que el servicio secreto británico instaló en Bletchley Park, a 80 kilómetros al norte de Londres, y que logró romper el código de cifrado de las máquinas Enigma que empleaba el ejército nazi. Gracias a ello los aliados pudieron disponer de toda la información supuestamente secreta del Alto Mando alemán y se pudo terminar la guerra al menos dos años antes, según el cálculo que han hecho diferentes historiadores. Y es que, como apuntaban Williamson Murray y Allan R. Millet en La guerra que había que ganar, «aunque la potencia económica de los aliados influyó mucho en su victoria final (…) la superioridad material por sí sola nunca fue decisiva».

La odisea de estos criptógrafos y científicos ha sido objeto ya de varias producciones y obras de ficción. Sin ir más lejos, en 2001 Michael Apteddirigió Enigma, una mediocre película basada en una novela de Robert Harris a la que no salvaba ni el guión de Tom Stoppard. Partía con un hándicap muy grande y era su obsesión por ser comercial que le llevó a ridículos como hacer que el personaje inspirado en Turing fuera heterosexual para así tener un bonito triángulo amoroso con otros dos personajes femeninos inventados, interpretados por Saffron Burrows yKate Winslet.

Cinco años antes la BBC produjo Breaking the Code: Biography of Alan Turing un apreciable telefilme a partir de una obra de teatro de Hugh Whitemore, protagonizado por Derek Jacobi y dirigido por Herbert Wise.Esta película ha sido, sin duda, una referencia a imitar, valga la redundancia, para los productores de The imitation game (Descifrando Enigma); no en vano ambas se inspiran en el mismo libro de Andrew Hodges.

La nueva película viene a poner el foco sobre este personaje histórico tan interesante, sin noviazgos estúpidos ni memeces infantiloides, siguiendo la senda abierta por Wise. Y lo hace sobre la ola de los tiempos. Su reivindicación se convirtió hace años en un leit motiv por parte de la intelectualidad británica. Figuras como Stephen Hawking reclamaron que se le indultara y reconociera por parte del gobierno británico, una petición que se intensificó camino del centenario de su nacimiento y que se concretó en 2013, cuando la casa real británica le concedió el indulto. Desde la II Guerra Mundial la Casa Real británica sólo ha concedido cuatro indultos; pensando en la actual coyuntura española y en los indultos de la etapa del dimitido Alberto Ruiz-Gallardón, entran ganas de hacer chistes, si no fuera tan trágico.

The imitation game contribuye en parte a ese fin de enaltecer a Turing, aunque para eso recurre en ocasiones, demasiadas, a la simplicidad. Es un error habitual en el cine comercial. La fuerza del lenguaje cinematográfico se halla en su capacidad de síntesis. Una imagen, una frase, un gesto, transmite mucha más información en ocasiones que largos parlamentos. Esto lleva a pensar en ocasiones a algunos productores, guionistas y/o directores que la mejor manera de condensar las partes principales de una historia pasan por la reducción y confunden la síntesis con la amputación. Así, donde tiene que haber tres ajedrecistas, hay uno; donde tienen que estar decenas personajes, se dejan cinco; y así. Muchos de los errores e inexactitudes históricos que se suceden en la película (Turing jamás llamó a ninguna computadora Christopher, por citar uno) son más fruto de ese afán por conseguir un largometraje emotivo y ameno que por pura ignorancia. A veces funcionan. Otras, no.

Hay asimismo una apología de la diferencia que suena precisamente a lo contrario, por artificiosa e impostada. Cuando la monótona Keira Knightley(qué bella, qué insulsa, qué mohines…) le dice a Benedict Cumberbatch(posiblemente lo mejor de la película): «quizás desees ser normal; yo no quiero que lo seas, porque gracias a eso se han salvado millones de vidas», la frase parece decir: «a pesar de que eres raro, has sido útil». No se entiende la diferencia como parte indispensable de la vida, sino como un lastre que se sobrelleva a la espera de réditos posteriores. Ya saben: A veces la persona que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie imagina.

Al mismo tiempo se sublima ridículamente la influencia, innegable, de los rompedores de códigos en la II Guerra Mundial, hasta el punto de prácticamente despreciar la muerte de millones de soldados en los distintos campos de batalla, y sepultar el heroísmo de estos soldados, espías, civiles y políticos, que unieron sus fuerzas para derribar a los nazis. Igualmente, se soslaya el trabajo de otros miles de científicos cuyas investigaciones fueron claves para la victoria final, incluso en el mismo Bletchley Park. ¿Dónde están los criptógrafos polacos? ¿Y Gordon Welchman o Tommy Flowers? Como vulgarmente se dice, se desviste a un santo para vestir a otro.

La película tiene una querencia desmedida por acudir a esquemas previsibles, quizás por miedo a resultar demasiado rompedora, algo que se percibe en la búsqueda de antagonistas dentro del mismo equipo aliado. A partir del concepto reduccionista de que en toda narración debe haber un conflicto, se plantea una confrontación con el almirantazgo, especialmente con el personaje que encarna como buenamente puede Charles Dance, que hace de este rol poco menos que un cliché, y además patético, y que sus discusiones resulten puro deus ex machina inverosímil. Aunque transcurrieran tal cual se cuentan en la película, parecen falsas. En ocasiones faltan matices, sutileza y sobra trazo grueso. En contraposición, más interesante resulta el personaje de Mark Strong, como líder del MI6, aunque al final acaba siendo sólo un esbozo más.

Tyldum le da indicaciones a Cumberbatch durante el rodaje.

Cabe pues pensar que la influencia del noruego Morten Tyldum como director ha sido casi anecdótica. Aporta su vena de talentoso artesano a un producto creado por Graham Moore a partir del libro de Hodges; porque cabría hablar más de eso, de producto que de largometraje creativo en sentido estricto. A Tyldum se le deben algunos de los hallazgos visuales de la película, pero no muchos; la mayor parte de los aciertos narrativos se encuentran en el libreto, sobre todo en la parte de la adolescencia, la más interesante y la única en la que se muestra claramente la homosexualidad de Turing. Los escasos momentos del internado son, de largo, los más logrados.

Tyldum, de hecho, ni siquiera es capaz de eliminar algunos de los tópicos que sazonan la narración y en algunas secuencias acepta propuestas que son vulgares, como ese niño vendedor de periódicos en la estación de tren que debería servir para ubicarnos pero que parece más extraída de una parodia estilo Top Secret (1984, Abrahams, Zucker & Zucker). Incluso la impecable factura formal cabe achacarla más al trabajo del director de fotografía catalán Óscar Faura, colaborador habitual de Juan Antonio Bayona. Quizás, como buen director, su verdadera función ha sido que todo esté en su sitio o al menos así lo parezca, con lo que permite que se intuya la historia real, reflejos de la verdad, con algunos destellos de talento.

The imitation game (Descifrando Enigma) no es una mala película aunque tiene tantos defectos como si lo fuera. Aprovecha sólo en parte las posibilidades de su historia original y lo hace con una narración mejor estructurada que contada. Con todo, la imponente presencia del personaje de Turing, su peripecia, su tragedia, tienen suficiente fuerza como para imponer e impactar. Sólo se ve la punta del iceberg. Basta.

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