Vampiros

Los orígenes de un mito

Los vampiros han acompañado a los seres humanos desde el principio de los tiempos. Los egipcios temían a un pájaro «bebedor de sangre», al que consideraban la reencarnación de un inocente ajusticiado, que había adquirido esa forma para atacar durante las noches a los hijos de sus enemigos.

Los antropólogos han localizado el origen de los vampiros en las enfermedades con pérdida de sangre, que los antiguos atribuían a seres diabólicos que atacaban durante la noche en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir.

El nacimiento del primer vampiro, de acuerdo a una antigua leyenda, se debió a un sueño que tuvo Adán antes del nacimiento de Eva. En el transcurso del mismo deseó intensamente una compañía femenina y se sintió repentinamente satisfecho. Este principio de vida que no pudo generar otra similar, se mantuvo en activo con una fuerza sobrehumana de supervivencia. En el momento que este germen de desesperación encontró un cadáver, surgió el primer vampiro.

Una acertada definición


La acertada definición que redactó Collin de Plancy en su Diccionario infernal, publicado en 1803, dice: «Se da el nombre de upiers, upires o vampiros, en Occidente; de brucolacos, en Medio Oriente, y de katakhanes, en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días que regresan hablando, caminando, infectando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales y, sobre todo, sorbiendo su sangre, debilitándolos y causándoles la muerte. Nadie puede librarse de su peligrosa visita si no es exhumándolos, cortándoles la cabeza y arrancándoles y quemándoles el corazón.
Aquellos que mueren por causa del vampiro, se convierten a su vez en vampiros».
Singularmente, en la zona de los Pirineos se daba el nombre de brucolacos a los
ahorcados injustamente, que abandonaban sus tumbas durante las noches para chupar la sangre a sus verdugos, sin detener este ataque hasta que los habían arrebatado la vida.

En el Rapaganmek Acadio es el primero en anticipar la figura clásica del vampiro
literario. En la tablilla de la diosa Isthar Descenso al país inmutable ya se condensa por completo la esencia de estas diabólicas criaturas. Los vampiros en Grecia eran llamados Vaimones Prostoxivi. Y en la Edad Media nacieron los luttins de los normandos y los voukodlaks de los eslavos.

La eclosión del vampirismo
La leyenda de los vampiros había ido desapareciendo de Europa, cuando en el siglo
XVII el abad Dom Agustín Calmet, un erudito en arqueología y teología, a la vez que en los temas bíblicos publicó un librito titulado Vampiros de Hungría y los alrededores. Como se cuidó de incluir testimonios médicos sobre el desenterramiento de infinidad de cadáveres incorruptos en los países que formaban la región de Transilvania, creyó estar ante unos evidentes casos de vampiros:
Durante el presente siglo, un nuevo panorama se ofrece ante nuestros ojos en
Hungría, Moravia, Silesia y Polonia. Es un fenómeno que viene produciéndose desde hace unos sesenta años. Cuentan las gentes, que han visto a muertos, que llevaban varios meses enterrados, volver, hablar, caminare infestar pueblos enteros, maltratando a los hombres y animales, chupando la sangre de los inocentes, a los que enferman y, por último, los llevan a la muerte. De esta desgracia nadie se salva, porque es imposible evitar las visitas de tales enemigos. El remedio parece ser desenterrar a estos muertos, cortarles la cabeza, arrancarles el corazón o quemarles. Se confiere a estos resucitados el nombre de upiros o vampiros, que es como tacharlos de sanguijuelas. De ellos se describen tantas particularidades, todas ellas detalladas y revestidas de hechos tan evidentes, y de informaciones jurídicas, que uno debe creer a los habitantes de estos países cuando afirman que los resucitados salen de sus tumbas para causar tanto daño.
Ciertos sectores de la Iglesia, unido a unos editores avispados, convirtieron la obra
de Calmet en una «lectura obligada» dentro de toda Europa. Se diría que contaban con el antídoto para frenar el avance tan espectacular del protestantismo. Así resurgió el mito de los vampiros con una fuerza inusitada.
Voltaire llegó a escribir: «…No se oye hablar más que de vampiros entre 1730 y 1735; se les descubre en todas partes, se les tiende emboscadas, se les arranca el corazón, se les quema…». Pero el gran pensador francés llegó a más, al considerar que se estaba dando muerte a centenares de incautos, cuando los verdaderos «vampiros» eran los poderosos que «chupaban la sangre de los más débiles» o los «religiosos que abusan de la ignorancia del pueblo».
Actualmente se ha podido comprobar que ciertas capas arcillosas, lo mismo que otras
clases de tierras, son capaces de mantener una temperatura cercana a los 0 ºC, con lo que impiden que se corrompan los cadáveres… ¿Cuántos muertos han sido considerados, al ser desenterrados, santos… o vampiros por el simple hecho de que sus cuerpos se mantuvieran intactos? Todo se basaba en que el cementerio se encontrara en una región católica o en otra pagana.

Una realidad inquietante
Puede afirmarse que desde siempre la sangre ha sido unida a la juventud, lo mismo
que a las enfermedades. Los médicos babilónicos podían ser considerados «sangradores», debido a que recurrían a las sangrías para curar a sus pacientes, al creer que provocaban una regeneración del cuerpo al expulsar el mal. Todo un error, debido a que sólo lograban el debilitamiento del enfermo.

Este recurso continuó siendo utilizado, en casi todo el mundo, hasta el siglo XVIII.
Mientras tanto, la idea de que la sangre era sinónimo de juventud daba pie a algunos de los crímenes más espantosos de la Humanidad. Como los perpetrados por la condesa
Elizabeth de Bathory, la cual sometió a infinidad de jóvenes vírgenes a unas torturas
sexuales, para extraerles la sangre que luego ella misma bebía dentro de un festín
diabólico. Como lo que estamos narrando sucedió a principios del siglo XVII en
Transilvania, es posible que esta historia influyera en las leyendas sobre los vampiros recogidas por el abad Dom Agustín Calmet.
También podríamos mencionar a otros grandes «bebedores de sangre» que han
quedado en la Historia como auténticos monstruos, como Gilles de Rais, que en el siglo XV se dedicó a matar niños para extraerles tan preciado líquido. Conviene citar los casos actuales, aunque mucho menos dramáticos, de enfermos mentales que creen necesitar el «alimento básico de la sangre», aunque en la mayoría do los casos se conformen con las de los animales.
Otro hecho clave es la importancia que la Iglesia concede a la sangre, ya que
constituye el centro mismo de la Misa, cuando el simple vino es convertido en sangre de Jesucristo en la consagración. Toda una ceremonia que algunos autores, como Bram Stoker, utilizaron para conferir una identidad inmortal y diabólica al vampiro: la contraposición de Dios, por eso se sirve de un cáliz para recoger su propia sangre, como Manuel Yáñez Solana nos muestra en su impresionante relato La sangre del vampiro.

Drácula, el rey de los vampiros
El irlandés Bram Stoker publicó la novela Drácula basándose en las leyendas surgidas
en la Europa Central, sobre todo en Transilvania. Es posible que hubiese leído el libro del abad Dom Agustín Calmet, así como los relatos de Polidori y de otros autores. De lo que no hay duda es que tomó como referencia al caudillo válaco Vlad, el Empalador, que mostraba un gusto exacerbado por la sangre de sus víctimas.
Si estudiamos la biografía de Bram Stoker, nos encontramos con un hombre
reservado, seguidor del esoterismo y un periodista que conocía el oficio, sin destacar por su brillantez. La mayoría de sus relatos reúnen el gancho de lo popular, al ofrecer el estilo más conveniente para la prensa, que en aquellos tiempos recurría a las llamadas «novelas por entregas» o a los cuentos más o menos sensacionalistas.
Pero Drácula resultó todo un acierto, al convertirse en lo que se ha considerado la
catedral del vampirismo. La novela está redactada en forma epistolar, lo que resultaba bastante corriente entonces (en Inglaterra la alta burguesía acostumbraba a escribir su Diario). Un recurso más directo, al ahorrarse muchas gratuitas descripciones.
El argumento de esta novela puede resumirse de la siguiente manera: Jonathan
Harker, un joven empleado de una firma inglesa dedicada a la compra y venta de fincas, llega a Transilvania para entrevistarse con el conde Drácula, el cual desea adquirir una propiedad en Londres. Desde el primer momento que Jonathan pisa aquellas tierras, advierte que ha entrado en un mundo cargado de supersticiones y amenazas tangibles, como la muerte de mujeres y niños, lobos sanguinarios, paisajes salidos de los infiernos y un castillo que parece haber sido edificado para dar alojamiento al mismo Satanás.
Todo lo anterior sólo es la antesala de la gran presencia, del vampiro por
antonomasia: Drácula. Bram Stoker le confiere esta imagen: Su rostro era firmemente
aguileño, exhibía una frente alta y abombada, y sus sienes aparecían cubiertas por un cabello ralo, que se hacía bastante abundante en toda la cabeza. Sus cejas casi quedaban juntas en el ceño al ser tan espesas, y se hallaban compuestas por un pelo tupido que adquiría una curva pronunciada debido a su profusión. La boca resultaba cruel debido a su firmeza, en la que aparecían unos dientes blancos y afilados, que le asomaban por encima de los labios. Éstos eran tan rojos que delataban una
energía prodigiosa en un hombre de avanzada edad. Por otra parte, exhibía unas orejas pálidas y exageradamente puntiagudas en la zona superior. En todo su semblante dominaba una palidez extraordinaria…
Pero si la figura del vampiro impresiona, mucho más sobrecoge su comportamiento:
no se refleja en los espejos, sólo recibe a su invitado durante la noche, es capaz de
descender por las paredes del castillo como lo haría un gato y, cuando Jonathan se ve
asediado por unas bellísimas arpías, interviene como un tirano poderoso para dejar claro que el «joven inglés» sólo a él le pertenece.
Puede resumirse esta parte de la novela como un macabro preámbulo de una
tragedia, que irá adquiriendo tintes de apocalipsis en un barco que atraviesa el Canal de la Mancha llevando en sus bodegas el ataúd del conde Drácula. Frente a las costas de Inglaterra, éste abandona la embarcación después de adquirir la forma de un perro gigantesco. Un suceso que va a ser encadenado con el ataque del vampiro, sobre unas bellísimas jóvenes londinenses, una de las cuales es la prometida de Jonathan Harker.

Como las jóvenes se consumen por culpa de una enfermedad misteriosa, se recurre a
los servicios del doctor Van Helsing. Y éste personaje se convertirá, nada más aparecer, en un incansable cazador de vampiros. Gracias a sus recursos, sobre todo el empleo de ajos y de cruces, junto a las puertas y las ventanas completamente cerradas, se logra detener los primeros ataques.
No obstante, Drácula cuenta con tantos poderes, que es capaz de influir en la mente
de un loco homicida para que le permita la entrada allí donde se encuentra su víctima más preciada. Ha convertido a una de las jóvenes en una vampira. Y cuando intenta hacer lo mismo con Mina Harker, que ya es esposa de Jonathan, a la que materialmente ha dado muerte, es destruido…
¿Destruido? La literatura y el cine nos han demostrado que por muchas afiladas
estacas que se claven en el corazón de Drácula, durante el día y mientras yace en el ataúd que le sirve de lecho, siempre resucita.

Bela Lugosi o la metamorfosis
Hemos de reconocer que Hollywood universalizó el mito de los vampiros gracias a
sus películas de los años 30. El actor que dio cuerpo e interpretación a Drácula fue Bela Lugosi. Puso tanto de sí mismo en sus caracterizaciones, que terminó creyéndose un vampiro, aunque no le diese por beber sangre humana. Realmente se introdujo de tal manera en el papel, lo vivió con una intensidad propia de una metamorfosis.
No sólo interpretó en varias ocasiones a un vampiro, lo mismo en el cine como en el
teatro, sino que vestía en la calle como en el escenario y adoptó gestos y hábitos propios de esos diabólicos personajes. Hasta que se le consideró loco.
Otro gran intérprete de Drácula fue Christopher Lee. Su caracterización fue tan
perfecta que somos muchos los que, al imaginar al famoso vampiro, lo vemos con la
imagen brindada por este famoso actor británico. Pero Lee era tan versátil que consideró el trabajo como otro más, a pesar de realizarlo de una forma excepcional.
Mención aparte merece Terence Fisher, como la figura del profesor Van Helsing o el
cazador de vampiros. Otra de las grandes interpretaciones en el cine que no olvidaremos.
Esto se lo debemos a la productora inglesa Hammer, que se encargó de reactualizar el mito de Drácula, en la década de los sesenta, de la manera más acertada.

Un vampiro real más reciente
El 2 de julio de 1931, en el patio de la prisión de Klingelpütz, en Colonia, era llevado al patíbulo Peter Kürten, el cual ha quedado registrado en la historia de la criminología como El vampiro de Düsseldorf.
Los jueces le probaron nueve asesinatos, aunque quedó la sospecha de que cometió
muchos más. Kürten actuó como un auténtico vampiro. Asesino maníaco-sexual, buscaba a sus víctimas entre los chicos y chicas, a las que llevaba a un bosque cercano a Düsseldorf.
Allí les abría una herida en la garganta con unas tijeras y, después de chuparles la sangre, las remataba.
Como vemos Kürten fue un vampiro real. No era un «no-muerto» como Drácula, sino
un ciudadano sin ataúd, que en lugar de abandonarlo para chupar la sangre de los vivos salía de su domicilio, situado en una calle de Düsseldorf, con el aspecto de un obrero normal y corriente. Para convertirse en un monstruo en el momento que se encontraba junto a sus jóvenes víctimas.

El primer relato de vampiros
Sobre lo que pudo suceder en Villa Diodati, una mansión situada en las proximidades de Ginebra, se ha hecho mucha literatura, la mayoría de la cual puede ser considerada una mitificación. Lo que ha quedado como cierto es que allí se reunieron lord Byron, el poeta que ya se veía rodeado de una estela de diabólico romanticismo, el doctor Polidori, Percy, Mary Shelley y Claire.
Como no cesaba de llover, se vieron obligados a permanecer en la casa. En sus
reuniones tocaban todos los temas, especialmente los literarios. Al parecer disponían de varios libros sobre fantasmas, por lo que terminaron desafiándose a escribir un cuento de esta clase en el menor tiempo posible. Todos aceptaron el reto. Sin embargo, nada más que dos de ellos cumplieron su palabra: Mary Shelley, al crear la novela Frankenstein, y Polidori con El vampiro.
Caprichos del destino: este relato de El vampiro fue publicado en 1819, cuando su
autor lo había olvidado por completo, al considerarlo una obra menor. Al principio se
creyó que lo había escrito el mismo Lord Byron, porque los editores utilizaron un recurso publicitario que así invitaba a suponerlo, aunque en los ejemplares no se hubiera incluido el nombre del autor.

El vampiro es considerado por muchos como el primero de los relatos de este género,
porque ofrece todas las características básicas del monstruo: la inmortalidad, el dominio en su provecho de las debilidades humanas hasta conducirlas a la autodestrucción, la fascinación diabólica sobre las mujeres y los hombres, el poder de resucitar y un desprecio absoluto por todo lo humano, aunque lo utilice como elemento de conquista, supervivencia y destrucción. Otra de las novedades del relato hemos de verlo en «que el mal no es castigado», ya que, como sucede con el Diablo, siempre escapa nada más causar las tragedias irreparables, al destruir a las criaturas más hermosas con una crueldad propia de los avernos.

Otras variantes del vampirismo
Las vampiras más clásicas son Carmilla, de Sheridan Le Fanu, y Clarimonda, de
Gautier. No les anda a la zaga Verónica Aisworth, que es la vampira de Orgasmos de sangre, el cuento de Carter Scott.
Las vampiras no se diferencian materialmente de sus «hermanos» masculinos,
excepto en que ofrecen toda la hermosura fascinante de las grandes amantes de la historia: Cleopatra, Mesalina, Lucrecia Borgia, etc. También son dueñas de grandes riquezas y cuentan con un séquito fiel de criaturas infernales.
Pero los vampiros pueden adquirir otras formas, como las del supuesto hijo de un
sultán, en un cuento que forma parte de los dos centenares largos que dan forma a Las mil y una noches. Este engendro es clarividente, puede transformarse en el ser humano que estime conveniente o en cualquier animal, se alimenta de los cuerpos y la sangre de los hombres y mujeres y su «trabajo» principal es sembrar el mal por toda la zona donde se encuentra, al actuar como una especie de demonio. Esto no impide que pueda ser combatido con astucia.
Otras formas de vampirismo son las criaturas invisibles: ¿Qué era aquello?, de O’Brien, y en El Horla, de Maupassant. Enemigos muy distintos entre sí, ya que si el primero se limita a atacar, después de sembrar el terror con sus paseos casi fantasmales en el interior de un edificio, mientras que el otro ejerce un
dominio mental y físico sobre su víctima, hasta casi arrastrarla a la locura…
Podríamos enumerar otras formas, como las de la Inquisición, con su cruel sentido de
convertir a los infieles, que se aprecia en La promesa, de Villiers de l’Isle-Adam. Lo que nos importa es dejar claro que estamos analizando un fenómeno que va más allá de lo literario.
Como anécdota diremos que en América del Sur, sobre todo en Argentina y Uruguay,
hay unos enormes murciélagos, a los que se da el nombre de vampiros por su afición a
posarse sobre las vacas, los caballos y otros animales de gran tamaño para chuparles la sangre. La leyenda cuenta que también atacan a los hombres, cuando éstos duermen en el campo o han dejado abiertas imprudentemente las ventanas de sus dormitorios.

Victoria Robbins

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