Milagros bíblicos

Desde muy temprano se han analizado los textos de la Biblia para averiguar su credibilidad histórica y científica. Desde hace siglos lingüistas y “arqueólogos bíblicos” se esfuerzan por arrojar luz sobre los numerosos pasajes oscuros que hay en el Antiguo y el Nuevo Testamento. El éxito de ventas de Y la Biblia tiene razón, de Werner Keller (1909-1980), fue durante decenios la obra de referencia para la búsqueda de las fuentes del libro seguramente más famoso del mundo. En el desierto del Sinaí, uno de los escenarios del Antiguo Testamento, se hallan las raíces del cristianismo, que desde ese lugar conquistó el mundo. Moisés, recién huido con un grupo de compatriotas del cautiverio egipcio, proclamó allí la fe en un único Dios. En unas tablas de piedra presentó a sus compañeros de fatigas los diez mandamientos, expresión clara y autoritaria de la voluntad divina que sigue estando vigente actualmente en las confesiones cristianas.

CUATROCIENTOS AÑOS ANTES DE MOISÉS
Pero por muy importante que fuera aquel acontecimiento, tampoco fue nada extraordinario. Ya la famosa “estela de la ley babilónica” en el Louvre de París muestra al rey Hammurabi (1728-1686 a. de C.) con barba larga y ancho ropaje sentado frente al dios del sol, Schamash, de quien recibe las tablas de piedra de la ley nada menos que 400 años antes de que Moisés recibiera sus instrucciones.
La Biblia no es un libro de historia. Ni la huida de los israelitas del cautiverio ni la aniquilación del ejército del faraón que había salido en su persecución, constan en las anotaciones, por lo demás minuciosas, de los funcionarios egipcios. Asimismo parece extraño que los hijos de Israel necesitaran 40 años para llegar a la tierra prometida: el trayecto entre el Nilo y el Jordán se recorre cómodamente en dos semanas.

AUTORES ANÓNIMOS
La mayoría de narraciones bíblicas tienen un valor de carácter más simbólico que histórico. Son metáforas de acontecimientos que no pueden ser verificados por los historiadores. A pesar de ello se han logrado descifrar muchos de los enigmas que se ocultan tras el florido lenguaje de los autores anónimos. Así, los orientalistas están de acuerdo en que los 40 años de travesía del desierto corresponden a la duración de una generación de entonces. El 40 es un número que aparece repetidamente en la Biblia y que por lo visto tiene un significado simbólico, pues también el ayuno de Jesús en el desierto duró 40 días.

¿DE DÓNDE VINO EL MANÁ?
Un milagro de la Biblia es el “pan del cielo” que hizo llover Jehová para alimentar al pueblo de Israel en su huida de Egipto. Cuando la gente vio los alimentos esparcidos por el suelo, preguntó: “Man hu?” (¿Qué es esto?). A partir de estas dos sílabas se formó la palabra maná. Los científicos sospechan que el alimento divino contenía la melaza de una cochinilla que habita en los tamariscos y que en el caluroso clima del desierto se espesa. Sin embargo, después de estudiar una serie de tradiciones judías, y sobre todo de la cábala, el ingeniero electrónico británico George Thornycroft Sassoon (1936-2006) y el biólogo Rodney A. M. Dale (n.1933) llegaron a una conclusión parecida: el maná era una especie de alga cultivada en un aparato, similar al alimento proteico a base de algas que llevan entre sus pertenencias los astronautas. Los investigadores hallaron también en los escritos místicos unas “instrucciones de uso” del aparato de producción de maná. En el libro Hadra Zuta Odisha, una parte de la cábala, aparece por lo visto descrito un aparato que cada día permitía fabricar un metro cúbico y medio de alimento. De acuerdo con esta tradición (2ª crónica 2,5), el extraño artilugio estuvo guardado en el templo de Jerusalén hasta que resultó destruido durante un saqueo. En Londres se conserva una copia reconstruida por Sassoon y Dale, que funciona.

ACEITE ARDIENDO
Los naturalistas también han ayudado a esclarecer algunos milagros bíblicos. Así, el Antiguo Testamento dice: “Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo pero no se consumía” (Éxodo 3,2). Un experto en vegetación bíblica, Harold N. Moldenke, director del Jardín Botánico de Nueva York, está convencido de que la zarza que Moisés vio en llamas era un arbusto frondoso con pequeñas glándulas de aceite. Este aceite es tan volátil que bajo una radiación solar intensa se evapora y a menudo incluso se inflama brevemente, aunque sin dañar a la planta.
Una explicación alternativa del fuego bíblico estriba en la floración carmesí de la rama de muérdago Loranthus acaciae, que crece en arbustos de acacia espinosos en el Sinaí y que a la luz del sol naciente y poniente tiene un efecto como el descrito.

AGUA EN EL DESIERTO
Los guías turísticos suelen enseñar hoy a los visitantes del Sinaí la roca de la que se supone que Moisés sacó agua a golpe de cayado para sus sedientos protegidos (Éxodo 17,1-7; 4). De hecho, es posible encontrar agua debajo de la piedra calcárea porosa si se palpan zonas húmedas. Quizá Moisés había aprendido este método durante su estancia entre los midianitas -según la Biblia, descendientes de la mujer de Abraham, Ketura-; quizá también dominaba el arte de los zahoríes. El gobernador británico C. S. Jarvis observó en la década de 1930 a un grupo de sudaneses de su cuerpo de camelleros que estaban familiarizados con esta técnica de obtención de agua.

EL SEÑOR EN FORMA DE NUBE
No faltan explicaciones sobre el modo en que los israelitas se orientaron en su travesía del desierto. La Biblia (Éxodo 13,21) dice al respecto: “El Señor los precedía por el día en una columna de nube para marcarles el camino, y por la noche en una columna de fuego para alumbrarlos”.
Se puede aceptar la hipótesis de que la columna bíblica era una columna de arena levantada por viento arremolinado de hasta veinte metros de altura; en el caso del fuego la cosa se complica. Algunos orientalistas consideran que es posible que fueran fuentes de petróleo en llamas las que guiaran a los caminantes nocturnos. Una opinión que se correspondería con la época moderna.

EL MAR SE LEVANTÓ COMO UNA MURALLA
Entre las escenas más impresionantes del Antiguo Testamento figura el paso de los israelitas a través del Mar Rojo: “[…] y el Señor, por medio de un recio viento del este, empujó el mar, dejándolo seco y partiendo en dos las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar como en tierra seca, mientras las aguas formaban una especie de muralla a ambos lados” (Éxodo 14,21).
Cuando los perseguidores egipcios se precipitaron con sus 600 carros de guerra, dotados cada uno de tres conductores, sobre el supuesto vado, murieron ahogados: “Las aguas, al juntarse, anegaron carros y caballeros […]”.

MISTERIOS INEXPLICADOS
En la Biblia no hay ninguna indicación del lugar preciso en que supuestamente se abrieron las aguas. En las últimas ediciones, el “mar Rojo” ha sido sustituido por el “mar de cañas”, ya que esta es la traducción de la palabra “jam suf”. La búsqueda de las causas de este milagro ha sido hasta ahora infructuosa. Quizá tenga su origen en las historias que se contaban junto a la hoguera del campamento de las antiguas tribus israelitas, que convertirían un posible incidente fronterizo en una gran victoria milagrosa.

Por mucho que la ciencia haya podido contribuir al esclarecimiento de los enigmas bíblicos, una cuestión sigue pendiente: ¿Quién fue realmente Moisés? Aunque no se sepa con certeza, de acuerdo con las descripciones ese hombre tuvo que ser un sabio con un gran carisma y tener una fe inquebrantable en sí mismo.

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