Corrientes y los fantasmas del Litoral.

Corrientes, en realidad, no se llama Corrientes. O, mejor dicho, la ciudad de Corrientes tiene un nombre mucho más largo y pomposo: se llama San Juan de Vera de las Siete Corrientes, denominación que hace honor a la geografía de sus costas, marcadas por siete “puntas” o penínsulas que sobresalen y generan fuertes corrientes de agua. Fue fundada el 3 de abril de 1588 por un grupo de colonizadores bajo el mando de Juan Torres de Vera y Aragón, que andaban en busca de una posta entre Asunción y Buenos Aires.
Pero mucho tiempo más llevan los guaraníes por aquí, quienes alimentaron una de las primeras leyendas fantásticas que proliferan en estos pagos: la piedra fundamental, quizá, para el resto de las historias de fantasmas y apariciones que abundan y habitan en los antiguos edificios de la capital correntina.
Por eso la Secretaría de Turismo local impulsa un atractivo paseo por los principales puntos urbanos, un circuito temático que recorre la ciudad de una manera novedosa, entretenida y a la vez importante para comprender un poco la historia de esta capital nacional, “generando así un valor agregado a los puntos de interés de la ciudad, que revaloriza de esta manera su patrimonio cultural”. Un tour histórico-cultural que rescata las leyendas urbanas de una ciudad con aire de campo. Historias que, como bien dicen por aquí, forman parte del acervo cultural correntino.
Aseguran por estos lares que Corrientes es tierra fértil para la aparición de fantasmas, espectros o espíritus que se pueden llegar a percibir en este paseo de una hora y media a través de los principales sitios donde –dicen que dicen– se verían estos seres. Un fantasma, comentan los entendidos, suele aparecerse en los lugares donde hubo un crimen, donde estuvo sepultado, donde hay un “entierro” y le cuesta “despegarse”. Las casas, edificios públicos e iglesias de la ciudad de Corrientes que tienen más de dos siglos están llenos de historias inquietantes.
CRUZ, TÚNELES Y ENTIERROS
 
Apenas llegados, los colonizadores se abocaron a construir un fuerte donde vivir, ubicado en la Punta Arazaty. Como símbolo de su fe erigieron frente a la fortaleza una enorme cruz de madera de más de dos metros. Los guaraníes, ofuscados con el invasor, atacaban el fuerte día tras día, pero no conseguían derrotarlos, y creyeron entonces que la cruz los protegía. Fue así que decidieron quemarla, pero la cruz no se consumía, se mantenía intacta. De pronto, un día de sol radiante se oscureció súbitamente, y un poderoso rayo cayó cerca de los indígenas que intentaban, infructuosamente, quemar el madero de la cruz. Los hombres huyeron despavoridos al monte. Afirman por aquí que este curioso y trascendental hecho marca la unión de dos culturas disímiles, y el comienzo de una ciudad con arraigada tradición religiosa.
Varias historias narran la existencia de una red subterránea: los Túneles de las Congregaciones, aunque entre los historiadores locales existen discrepancias. Se cree que las congregaciones religiosas los habrían construido como un medio seguro de comunicación en tiempos de guerras, que las conectaban con el río como vía de escape. Los túneles comenzarían en el edificio del Colegio Nacional, antiguamente solar de los jesuitas, y desde ahí continuarían su senda hacia la Iglesia de la Merced, la Casa de Gobierno, el solar de la Iglesia Matriz y el Palacio Municipal, para finalizar en el convento de San Francisco, que al igual que el Colegio Nacional se conecta con el Paraná.
En Corrientes, una provincia atravesada históricamente por luchas, batallas y enfrentamientos, existe la vieja costumbre de asegurar los bienes en “entierros”. Se trata, justamente, de enterrar en vasijas o recipientes las cosas de valor (generalmente monedas de oro o alhajas) en lugares secretos. para así evitar los robos ante la eventualidad de saqueos y exilios forzados. Las historias de fantasmas y “aparecidos” van de la mano con la sepultura de las riquezas, sobre todo en lugares como el Parque Mitre, escenario de combates con muchas bajas durante la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), un escenario que según dicen los habitués dejó varios fantasmas vagando que de tanto en tanto hacen rechinar sus espadas.
CONVENTO DE SAN FRANCISCO 
En este convento, de paredes de adobe y tejas coloniales, vivieron religiosos como Fray Luis Beltrán, San Francisco Solano y Fray José de la Quintana. Erigido en 1806, totalmente reconstruido entre 1861 y 1867, el conjunto fue restaurado en 1948 y hoy cuenta con un museo de imágenes sacras. Su claustro es la única obra colonial de envergadura que se conserva en la ciudad. Se comenta por aquí que, en días de tormenta, una niña de blanco suele aparecer en el pasillo de la galería hacia la gruta. Y que sobre el tejado, en la nave central, aparece la figura de una mujer también de blanco.
La vieja casona donde funciona hoy el Museo de Artesanías es un buen ejemplo arquitectónico del período colonial correntino. Fue construida en el año 1806, en tanto el museo se creó en 1981. Ubicada en pleno casco histórico, perteneció a una familia tradicional correntina, pero antes aquí se elaboraba café y se utilizaba como depósito. Cuenta la leyenda que en este lugar trabajaba un esclavo que pasaba las jornadas encadenado y que murió allí mismo: de aquellos tiempos llega el eco de ruidos extraños, pasos y cadenas que se hacen oír en la casona.
La residencia que pertenece al actual Museo de Bellas Artes fue construida en 1858. Hoy lleva el nombre de Juan Ramón Vidal, ex gobernador y médico local, que murió combatiendo la fiebre amarilla que azotó y diezmó Corrientes en 1871. En 1958, un policía renunció a su trabajo nocturno porque aseguraba haber visto a una mujer con vestido largo que se paseaba por la casa hasta el amanecer. El hombre, al ver una fotografía de Elisa Torrent, esposa del político, quedó atónito: era igual a la aparecida.
Frente a la plaza 25 de Mayo se levanta la Casa de Gobierno, donde se dice que vagan almas en pena. Son bien afamadas en el mundillo político las versiones acerca de espíritus que por las noches se pasean por sus pasillos y por la biblioteca de la Legislatura local. Un viejo empleado del edificio suele narrar que, además de estas “caminatas espectrales”, se suele oír el incansable teclear de máquinas de escribir, voces que deliberan y hasta la sensación de roces de dedos en la espalda. Desde el área de Protocolo y Ceremonial le ponen más pimienta y aseguran que en el mismísimo despacho del gobernador se puede escuchar cómo alguien araña la puerta. Sin embargo, un custodio del edificio asegura que nunca sintió miedo: “Si no se quieren ir es porque han querido mucho el lugar, por lo tanto no me van a hacer daño”.
MANSION DE LOS MEABE-PAMPÍN 
“La casa de los Pampín” o “el Sanatorio del Litoral” fue construida originalmente para una pareja de novios que nunca llegó a habitarla. Dicen que en esta mansión hay un fantasma que se pasea por salones y pasillos, que fueron ideados para grandes recepciones, pero terminaron siendo un sanatorio y hotel. La trágica historia de la familia se remonta a 1922, cuando Ana María Meabe y Fernando Pampín se casaron durante una lluviosa noche de abril. Hay un dicho que reza que aquellos que se casan un día de lluvia no tendrán un matrimonio feliz.
Cuando la fiesta se acabó, los novios se encaminaron a la quinta Pampín a pasar su noche de bodas. Al llegar, Fernando intentó abrir el pesado portón, pero no pudo. Forzaron entonces la cerradura, e ingresaron al viejo caserón para pasar su noche de bodas. Poco después partieron de luna de miel a las Cataratas del Iguazú. El vapor que los llevaba naufragó y Fernando, en el infructuoso intento de salvar a su familia, se ahogó en las bravas aguas del Paraná. Una vez en Corrientes, sus cuerpos fueron llevados al Cementerio San Juan Bautista. Ana ocupó el panteón Meabe, hasta que el cuerpo de Fernando fue encontrado y traído desde Misiones. Ambos fueron depositados en el panteón de los Pampín. La madre de Ana sentenció entonces que la mansión no sería hogar de ninguna familia. Con el correr del tiempo fue ocupada por el Club del Progreso, el Hotel Savoy, el Bristol, y finalmente el Sanatorio del Litoral. Por las noches, su señorial escalera de mármol suele ser escenario de la aparición de un fantasma que vaga por los salones, tal vez, como aventuran por aquí, anhelando ver bailes. Poco después, sale al jardín y se pierde traspasando paredes.
TEATRO JUAN DE VERA 
Dicen que el teatro es el hogar de un grupo de fantasmas que deambulan por los pasillos del centenario coliseo, generalmente en silencio. Pero ciertos relatos aseguran que uno de los fantasmas habla con quienes trabajan allí: se trata de un hombre que se presentó cierta tarde diciendo que vivía en los fondos del teatro, y a quien el guardia de seguridad le dio autorización para ingresar. Unos días después el guardia lo comentó con sus compañeros, y así se enteró de que en el fondo del teatro no vivía nadie desde hacía tiempo. Tiempo atrás, una familia había habitado el lugar, pero se fueron antes de las refacciones que se hicieran en el teatro.
Cuentan también que el mismísimo escenario es el sitio elegido por un grupo de fantasmas para hacerse ver. Y dicen que hay otros que se pasean por el foyer, los pasillos, los salones de ensayo. Hacen del coliseo lírico su lugar. También hay otros fantasmas, un tanto más juguetones, que se “manifiestan” en los baños prendiendo los secadores de mano y juegan a apagar las luces de los pasillos y salones. Dicen que en el foso de la orquesta se puede ver a una mujer que desaparece rumbo al sótano, por debajo del escenario. Ruidos de puertas y ventanas, luces que se encienden y apagan, personas que se hacen humo. Mitos y leyendas de una Corrientes fantástica.
FUENTE: pagina12.com.ar

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