Del desatre del “Titanic” de los cielos: el diri gible “Hindenburg”

En mi libro “Las Lágrimas del Tiempo” (Jose Manuel García Bautista; Absalon Ediciones, 2010) hablo en profundidad de esta tragedia y de otras sucedidas en el siglo XX pero como avance valga este recuerdo para conmemorar el 75 aniversario del desastre aéreo.

El colosal dirigible alemán se incendió en pleno vuelo, Los 35 pasajeros murieron. El episodio marcó el fin del reinado del zeppelin como medio aeronáutico. Las causas jamás fueron aclaradas.

Fue el “Titanic” de los cielos, el mayor dirigible del mundo y un orgullo de la ingeniería: hace 75 años, el zeppelin “Hindenburg” explotaba sobre la localidad norteamericana de Lakehurst, poniendo fin a una era.

Las imágenes del gigante en llamas, así como la descripción en vivo de un lloroso reportero de radio, quedaron grabadas en el imaginario colectivo de esa época, que vivía con una mezcla de algarabía e inquietud los primeros avances en materia de aeronáutica.

En otros países también había dirigibles, pero los alemanes se especializaron en esos gigantescos señores del aire. El duque Ferdinand von Zeppelin no fue su inventor, pero desarrolló el modelo que fue finalmente comercializado. El LZ 127, que llevaba el nombre del duque, es considerado el dirigible de mayor éxito del mundo y fue muy festejado en una vuelta al mundo que realizó en 1929.

La gente se congregaba cada vez que uno de estos colosos se elevaba lento y majestuoso hacia el cielo. Pero en realidad su lentitud no era tal. Con una velocidad de 100 kilómetros por hora eran tres veces más rápidos que un crucero a vapor. Y casi igual de grande. El “Hindenburg” tenía 245 metros de largo, tres veces y media más que un jumbo, y era casi igual de largo que el “Titanic”.

Sin embargo, llevaba tan sólo 72 pasajeros que pagaban para ello una suma millonaria y sólo comparable con los gastos de un pasaje para el ya desaparecido avión supersónico Concorde.

El “Hindenburg” había sido concebido para 50 pasajeros, pero como se empleó hidrógeno como gas de sustentación se pudo ampliar el número de cabinas. Sus constructores querían utilizar helio, un gas más pesado pero no inflamable. Un par de años antes, el dirigible inglés R101 había causado la muerte de 48 personas.

Pero sólo los norteamericanos tenían helio y se negaron a venderlo después de que los nazis utilizaran los zeppelins con fines propagandísticos. Con sus inmensas esvásticas, el “Hindenburg” era una bomba voladora.

Una bomba con salón de fumadores. Allí se encontraba el único encendedor a bordo. Muchos pasajeros tomaban asiento en el salón o en el restaurante desde cuyas ventanas podían admirar ciudades como Berlín, París o Londres (pero no Buenos Aires, que debió conformarse con que sobrevolara sus cielos el Graf Zeppelin).

Allí llegó el “Hindenburg” la tarde del 6 de mayo de 1937. El primer viaje de la temporada había transcurrido con normalidad hasta que de repente comenzaron a salir llamas de la parte posterior de la nave. En pocos segundos, estaba completamente en llamas.

“Está ardiendo, está ardiendo y se derrumba”, gritó Herbert Morrison desde tierra al micrófono. El reportero de radio era un profesional, pero la emoción lo embargó esa tarde. “Es tan horrible, la peor catástrofe del mundo”, sostuvo el periodista para ahogar un sollozo y pronunciar una frase que se hizo famosa en los Estados Unidos: “Oh, the humanity” (“Oh, la humanidad”).

“Es un milagro que haya salido alguien con vida de ese infierno”, comentaron los noticieros de aquella semana: sobrevivieron 62 de las 97 personas a bordo. Trece pasajeros y 22 miembros de la tripulación murieron así como un hombre del personal de tierra. La mayoría murió calcinada, otros asfixiados y algunos se arrojaron al vacío huyendo de las llamas.

Hasta hoy se desconocen las causas del incendio. La mayoría de los expertos cree que una descarga electrostática inflamó el gas. No hay indicios para las teorías conspirativas de apuntan a que fue una bomba puesta por los nazis o por sus enemigos.

No fue ni el primer ni el peor accidente de un dirigible. Pero marcó su fin. Poco después, la ya desaparecida aerolínea Pan Am comenzaba a ofrecer un servicio de vuelos regulares transatlánticos de correo y pasajeros con hidroaviones que eran más rápidos.

Más tarde fue construido un LZ 130 y su último viaje fue el 20 de agosto de 1939. Doce días después se desataba la Segunda Guerra Mundial, mucho más horrorosa de lo que hubiera podido describir jamás el reportero Morrison.

Los hangares de los dirigibles en Friedrichshafen, en el sur de Alemania, fueron destruidos de forma preventiva por el Ejército alemán exactamente tres años después del incendio de Lakehurst.

Los dirigibles cayeron en el olvido. Seis décadas después del desastre de Lakehurst partió de Friedrichshafen, a orillas del Lago de Constanza, un “Zeppelin NT”. Pero hay un universo entre este modelo y sus gigantescos antecesores. El nuevo zepelín tiene 8.000 metros cúbicos en lugar de los 200.000 del “Hindeburg”. También el contenido es otro: helio.

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