‘La cura del bienestar’, terror lunático y extraño

 

El valor de ‘La cura del bienestar’ radica mucho más en lo que intenta que en lo que llega a conseguir. Tras pasar varios años atrapado en el fango de los ‘blockbusters’ —tres entregas de la saga ‘Piratas del Caribe’, cada una más inflada que la anterior, primero; la incomprensible adaptación de ‘El llanero solitario’ después—, ahora el director Gore Verbinski parece no haber tenido el más mínimo interés en el público masivo. Tampoco, es cierto, en asuntos como la claridad narrativa o la lógica.
La película no versiona un cómic ni un parque temático, tampoco es una secuela o un ‘remake’. Es por tanto lo que conocemos como una idea original, aunque en realidad llamarla original sea excesivamente generoso. En cuanto vemos al antihéroe del filme, un cretino de Wall Street llamado Lockhart (Dane DeHaan), llegar a un siniestro ‘spa’ de los Alpes suizos en busca de su jefe desaparecido, resulta casi inevitable pensar en ‘Shutter Island’ —casualidad o no, físicamente DeHaan se parece a un hipotético hermano fumeta de DiCaprio—, y a lo largo del relato las referencias a otros títulos del cine de terror —de terror gótico, o terror psicológico, o terror corporal— se van apilando como revistas antiguas sobre el bidé. Y, sin embargo, ‘La cura del bienestar’ en todo momento se las arregla para ser una obra increíblemente extraña.
En parte tras comprobar que los pacientes del sanatorio —casi todos ellos viejos y ricos— han sido de algún modo inducidos a un estado de paz permanente por un inquietante doctor al que tratan como a un gurú, Lockhart empieza a acumular sospechas de que algo turbio sucede en el lugar. ¿O quizás es todo producto de su atormentada imaginación? Usando esa premisa como excusa, Verbinski dedica minutos y minutos de metraje a dar rienda suelta al mismo gusto por la densísima atmósfera de amenaza y la imaginería demencial que ya mostró en ‘The Ring’ (2002).
Gradualmente, Lockhart va penetrando en los misterios más profundos de la institución: ¿dónde está su jefe? ¿Cuál es el origen de la presunta enfermedad con la que los pacientes han sido diagnosticados y qué tiene de especial el agua que beben sin parar? ¿Qué es ese líquido contenido en botellitas de color azul que el personal del hospital consume gota a gota? ¿Quién es la extraña muchacha que deambula canturreando nanas? Y luego está el tema de las anguilas. Esta película está llena de anguilas, reales o imaginarias, que se filtran entre la madera o se hacinan en bañeras o se cuelan en las gargantas de la gente. ‘La cura del bienestar’ es la película con más anguilas en toda la historia del cine.
El sanatorio, obviamente, funciona de modo parecido al típico castillo de la literatura gótica: una construcción erigida sobre perversiones y transgresiones y pecados capaces de hacer temblar sus cimientos. Lockhart —y nosotros con él— pasa buena parte de la película explorando sus misteriosos pasillos y habitaciones secretas, y acumulando alarma y confusión mientras descubre frascos que contienen criaturas sumergidas en líquido color pipí y equipamiento médico más viejo que el picor, y va enterándose de las leyendas que circulan sobre el lugar, y mientras tanto Verbinski nos encandila por los ojos de tal modo que tardamos un rato en comprender que todas esas pesquisas no valen para casi nada.
Y así avanza ‘La cura del bienestar’, estirando el misterio a base de trucos visuales y pistas —algunas reales y otras falsas— y personajes que se comportan de forma tan estúpida que dan ganas de lanzar algo a la pantalla, y sometiendo regularmente a su protagonista a todo tipo de torturas físicas y traumas de infancia.
En el proceso, Verbinski va acumulando bocetos de ideas —sobre, por ejemplo, cómo nuestra obsesión por el dinero nos abocará a la locura— y unos 15 finales a cada cual más bobo y, perdónese la insistencia, imágenes impactantes cuya arbitraria lógica resultará genuinamente angustiosa para algunos y más bien irritante para el resto. Como resultado de su autoindulgencia, la película se prolonga hasta las dos horas y media de duración, dándonos así tiempo para asomar la cabeza por todos sus boquetes argumentales.
Y pese a todo, decimos, resulta casi inevitable admirar ‘La cura del bienestar’ por su lunatismo. Incluye incestos, violentos partos de animales, estancias llenas de cuerpos desnudos flotantes, personajes que literalmente se arrancan la cara y escenas de torturas odontológicas que hacen que la de ‘Oldboy’ parezca una visita rutinaria a Vitaldent.
El gran misterio de esta película, mayor que nada de lo que sucede en sus fotogramas, es cómo se las arregló su director para convencer a un gran estudio de Hollywood para que se la financiara. Aunque solo sea por eso, hay que quitarse el sombrero.
(FUENTE: elconfidencial.com)
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