El templo del diablo está en Colombia rodeado de pastores alemanes

Resulta grotesco contemplarle en el reclinatorio, arrodillado ante la estatua del demonio. Saber que reza desde el fondo de su alma a la enorme imagen dorada de ojos rojos encendidos, cuernos y rabo, que le agradece los favores concedidos y le suplica por nuevos dones.
“Era muy niño cuando me cansé de pedirle a un Dios que no me escuchaba y empecé a pedirle a Lucifer un cambio en mi vida. Lo hizo y sentí una paz interior y espiritual increíble, y la vivo hasta el día de hoy”, afirma con convicción Víctor Damián Rozo. “Y no me arrepiento”.
El templo está vacío, el Hijo del diablo, como apodan unos vecinos a este antiguo policía de 42 años, casado y padre de tres hijos, lo abre sólo para Crónica. El fuerte rechazo social y las protestas ante su puerta que ha soportado desde que ofició su primera ceremonia, el 6 de junio pasado, le aconsejaron intensificar las medidas de seguridad y mantenerlo cerrado la mayor parte del tiempo.
Y en Semana Santa, a diferencia de las sectas satánicas clandestinas que sacrifican animales y en ocasiones humanos, prácticas que Rozo condena, se mantiene más alerta que en otra época del año y en silencio. “Nunca organizo nada para no provocar a los cristianos, esos días me quedo vigilando. Cuando inauguré, el temor era que nos iban a quemar o a tirar una granada”, rememora. “Si pudiera, en esas fechas haría un rito de oposición a los rituales católicos. Considero absurdo que la gente se deje llevar por la Iglesia después de tantas atrocidades que ha cometido. Y Lucifer es su mejor aliado. Si no existiera, ¿quién iría a una iglesia si no está atemorizado?”.
Resulta sencillo llegar hasta la edificación, aunque ya no se divisa desde la carretera; la tapa una alta valla metálica. Apenas se tarda media hora por carretera desde Armenia, la capital del departamento del Quindío, en el centro de Colombia. Entre suaves colinas verdes, fincas de recreo y cafetales, Rozo levantó su extravagante santuario. Costó 230.000 dólares, aportados por decenas de discípulos anónimos de Lucifer, procedentes de varias partes del mundo.
Hijo de un espiritista y una pitonisa, ambos muy reconocidos en su día en la región, Víctor Damián fue el único de seis hermanos que heredó los dones de sus progenitores y siguió sus pasos. “Mi padre, ya fallecido, maldecía, hacía magia negra, y también era el curandero, el yerbatero. Unos acudían a él para que les sanara la lepra, las paperas y demás enfermedades; y otros porque querían destruir a personas, y él se vendía al mejor postor. Tengo recuerdos muy vagos, cuando cogía una fotografía de alguien y la metía en la boca de un sapo y la gente luego decía: “¿Ve?, fulano de tal falleció”. Mi mamá solo predecía el futuro de la gente, leía el tabaco, el tarot”.
Entre los hechos que motivaron a Víctor Damián a seguir la senda de Lucifer estuvo la actitud de su padre. “Me llevaban a la Iglesia católica y mi papá, que hacía todo eso, era creyente y se arrodillaba. Yo nunca comulgué con esa doble moral. Lo mío es algo muy sano, no es para acabar con las personas”.
Al principio en su familia no sentó bien su decisión. “Cuando se dieron cuenta de que iba a adorar a Lucifer, se escandalizaron, pero poco a poco lo fueron asimilando. Fui ayudando económicamente a la familia y cambiaron”.
Una de las críticas frecuentes que recibe es que inventó una secta para enriquecerse a costa de los incautos. “Es la acusación del 80% de los colombianos”, admite con hastío. “Me han pedido que me vaya del pueblo, que no soy bienvenido en la región. Personas me tiran desde el carro [coche] medallas religiosas; otros, cuando llegan a la portada, empiezan a caminar de espaldas; otros lanzan agua bendita. Tanto que mandé poner un aviso: si va a arrojar medallas, que sean de oro. En su defecto, que sean billetes de cien dólares. Y si quieren que me vaya, les vendo”, apunta con sorna.
Es un hombre tranquilo, de ademanes educados. Amante de los perros, tiene en el jardín del templo 25 pastores alemanes, cada uno en su jaula, y piensa aumentar la familia canina. En cuanto a su vida, no deja de insistir en que Lucifer fue la guía que le condujo por un camino sembrado de beneficios. “Mejoré como persona en lo espiritual, emocional y económico, me ha ido súper bien”, asegura. “De profesión me dedico al espiritismo, pero no hago lo que hacía mi papá de magia negra. Leo la tabla güija, si quieren consultar un pariente fallecido, hacemos una sesión de espiritismo. En eso me va bien. Mi padre Lucifer me ha ampliado los conocimientos, mi fe en Lucifer es radical”.
Al verle postrarse ante la estatua, le pregunto sobre sus oraciones, si hay mandamientos. “Rezo con las propias palabras, más que todo son agradecimientos por lo que ha hecho en mi vida. Me arrodillo y le doy gracias lo mismo que hace cualquier cristiano ante Dios. Y la figura es así porque a Lucifer la gente lo ve con cachos, con cola, con un tridente, con fuego que echa por la boca”. Aunque en Colombia su credo cuenta con seguidores, el grueso de los fieles procede de Ecuador, Perú y México. Planean levantar templos similares en las tres naciones, donde cuenta con “seis ahijados que están llevando la palabra”. Pero actúan de manera sigilosa para que las autoridades locales no les corten las alas, como pretendieron hacer con él al inicio. “Yo organizo reuniones una vez al mes con 200 o 300 personas, invocan a Lucifer, le rezan. No hacemos nada malo, no sacrificamos animales y menos a niños, como dicen. El gobernador actual del Quindío es un sacerdote y nos ha hecho la guerra, pero me curé en salud poniendo cámaras de seguridad por todos lados y pueden ver lo que hacemos”, precisa. “Son miles de personas en todo el mundo las que creen en Lucifer, pero no todos salen a la luz pública por miedo al rechazo. Nosotros creemos en el amor, la libertad, la familia, el hogar, la democracia, la paz”.
(FUENTE: elmundo.es)
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