Roberto Llimós, el pintor que conoció a los marcianos y se convirtió en su retratista

Esta es una historia de amor. Una de las de entrega incondicional, sobredosis de lealtad y ceguera total que impide querer ver nada más allá que el más allá. Lo hemos leído mil veces: un amor irremediable y sin sospecha de ruptura, surgido de un encuentro inesperado. Y, a pesar de eso, cuesta creer que no sea una leyenda increíble. El amor es algo extraterrestre, que abduce y abdujo a Robert Llimós, en una salida al campo, hace ahora nueve años. Allí, entre matorrales y nubes, en pleno silencio, aparecieron ellos.
Lo que le hace falta al Prado es un OVNI, ya verás. Todo el arte debería abrirse a esta pintura,
Un platillo volante y dos horas y media después, los seres devolvieron al artista que hablaba como un expresionista abstracto antes de aquel día, en Fortaleza (Brasil). Era otro pintor. El encuentro en la tercera fase con los vecinos del piso de arriba cambió la vida y la obra a Llimós. Él, que había dedicado su trayectoria -mucho antes de que la libertad de expresión fuera un derecho de los españoles- a buscar su lugar en el mundo de la plástica, que fue costumbrista en los sesenta y conceptual en los setenta, que en todas esas décadas de búsqueda y definición, en las que fue tantas cosas y tan indefinido, trató de resistirse a la realidad.
Todo en él era mirarse, hurgarse y desvelar lo invisible. Puro universo psicológico. Hasta que el golpe de lo inesperado le vuelve del revés y abandona su ensimismamiento artístico. Necesita contarlo, sacarlo y difundirlo, y se entrega a lo visto el día en que una pareja de extraterrestres le miran y se dejan ver: al parecer, hembra y macho, verdes, de cuello largo y cabeza pequeña, cubren su piel escamada con algo parecido a un ¿batín militar? Ella lleva una diadema y tienen orejas en forma de trompetillas y ojos saltones. Los llama “reptilianos”. Están en una ventana, atentos a Robert, tiesos. Nada más, no hay más.
UN MARGINADO UNIVERSAL
Ha repetido este motivo cientos de veces, de distintas maneras: retratos de primer plano, de medio plano, juntos y separados, bustos de bronce, paisajes, tras la ventana, el OVNI, dibujos, grabados… “Nunca he trabajado tanto en toda mi vida”, dice. La planta baja del palacio en el que vive y trabaja, en el corazón de Barcelona, es una galería comercial que expone (y almacena) sólo su ingente obra. Está cerrada, impoluta, y la abre a los curiosos que se acercan, porque los coleccionistas dejaron de venir el día que ellos se quedaron en su vida. Los peines están abarrotados de lienzos pintados, a la espera de los compradores. No cabe ni un alma alienígena más, porque no vende ni uno.
“Me eligieron a mí. Querían que yo les viera para darlos a conocer al mundo, comunicar su existencia. Pero la CIA y la NASA no quieren que esto se sepa y lo ocultan. A la Iglesia tampoco les viene bien, imagínate…” Es consciente del órdago que ha lanzado al mundo y a la marginalidad que le lleva. Tampoco pretende evangelizar, sólo es un pintor que lo ha apostado todo a un motivo. Nueve años pintando lo mismo, incansable al desaliento, seguro de lo que hace.
Sus compradores habituales no entienden nada. Le han dado la espalda, no asumen el paso pictórico tan radical que ha dado Llimós.
A Robert le gustaría que lo asumiéramos, que lo aceptásemos, que los amásemos… y que le comprásemos algo. No está obsesionado con que lo creamos. El lienzo más grande de todos, una vista gigante de la nave, 26.000 euros. “Este es un cuadro para entrar en El Prado”, dice, con una sana ironía. “Lo que le hace falta al Prado es un OVNI, ya verás. Todo el arte debería abrirse a esta pintura”, cuenta. Esa es la cuestión, ¿se le rechaza por el tema (marciana) o por la técnica (realista)?
ABANDONADO POR LOS SUYOS
Al pintor le han abandonado todos. Cuando las vistas marcianas aparecieron en sus lienzos, nadie volvió a comprarle nada. Recuerda, con orgullo sosegado, que tiene obra en las colecciones del MACBA, el MNAC y del Museo Reina Sofía y que le gustaría que le compraran, ahora, lo nuevo. El Reina Sofía adquirió, en 2010, Quatre Pals, una escultura que hizo en 1972, formada por cuatro pilares de zinc que se replican en formas similares y en lona. En la web del museo lo relacionan con Matisse. También tienen en sus fondos la grabación de una performance que hizo con Antoni Muntadas, Jordi Benito y Francesc Abad.
Sus compradores habituales no entienden nada. Le han dado la espalda, no asumen el paso pictórico tan radical que ha dado Llimós. Tampoco las colecciones de bancos que le compraban obra. No están interesados en sus maneras realistas, no encaja en sus fondos esta pintura social. Siempre reconocieron en él una dimensión escultórica y rotunda de la figura humana, expresiva, pero no aceptan que se haya convertido en una especie de Antonio López de los marcianos (prefiere llamarlo antropología espacial): “Me encantaría que Antonio López viniera a mi estudio y viera mi obra. Gracias a los alienígenas estoy más cerca de su obra que nunca”. Llimós es siete años más joven que López. “También me interesa mucho la obra de Xavier Serra de Rivera”.
Me encantaría que Antonio López viniera a mi estudio y viera mi obra. Gracias a los alienígenas estoy más cerca de su obra que nunca.
Hemos dicho que todos le han abandonado, pero no es cierto. Vive de la generosidad de la Fundació Elsa Peretti, creada en 1996 para la promoción del arte catalán, y con un presupuesto anual de 2,6 millones de euros. Desde hace nueve años se encargan de las facturas del artista a fondo perdido. “La pintura no se vende, pero esto menos porque va contra el sistema y todo lo establecido. Ellos pensaron en mí porque sabían que yo tenía apoyos. No podría hacerlo si no fuera por la ayuda de la fundación de Elsa Pereti”. ¿La fundación está interesada en esta obra? “No, están interesados en mí y aceptan que esté en este tema, a pesar de que sea una pintura que no he hecho nunca”.
“Ayudamos a mantener a Roberto, por su legado como artista catalán, aunque su obra sea universal. Es un gran artista y Barcelona le debe mucho”, cuenta a EL ESPAÑOL Stefano Palumbo, director de la fundación, con sede en Roma y Barcelona. “Sus alienígenas son una obra figurativa completamente nueva y valiente. Le ayudamos a moverla por el extranjero, pagamos la producción de su obra y nos encargamos de su mantenimiento, porque no vende. Es muy frustrante para un artista no vender obra”, explica a este periódico.
La Funadció Elsa Peretti, con proyectos en todo el mundo, no compran su obra, Roberto es el dueño de la obra: “Nosotros no entramos en el mercado, sólo nos preocupamos por el arte. Estamos interesados en el valor de su obra como artista, no en su precio”, señala Palumbo.
SIN RASTRO DE IMAGINACIÓN
La visión de los dos seres es la única imagen que recuerda y con la que sueña. Acaba de someterse a una regresión hipnótica para rascar más, para encontrar algún rastro de aquella cita que, dice, duró dos horas y media. Pero nada. “En blanco”, está molesto porque podría cuestionar su experiencia y ha hecho de ella su bandera. Hemos dicho que esto era una historia de amor y, como tal, no hay opción a la derrota ni a la rendición.
Son cuadros alegres, sin misterio, ni inquietud, son seres serenos y pacíficos. Recuerdan a las esculturas de los kuros y las korai hieráticas de la Antigua Grecia.
Le gusta trabajar de día, con la luz natural que entra por los grandes ventanales del estudio, en la última planta del edificio. El espacio es espectacular. Aquí, antes de su marcha a Nueva York, donde vivió entre 1975 y 1983, compartía espacio con el fotógrafo Gabriel Casas y de él conservó sus negativos hasta que fueron depositados en el Arxiu Nacional de Catalunya. La luz natural, dice, aguanta la luz eléctrica. Pero a la inversa, no.
Agarra una paleta gigante, y el tiento, aterriza en el lienzo, y sigue rematando los fondos amarillos. Lo que más sorprende es la naturalidad con la que expone el asunto y las técnicas tan tradicionales que emplea, para un tema tan E.T. Son cuadros alegres, sin misterio, ni inquietud, son seres serenos y pacíficos. Recuerdan a las esculturas de los kuros y las korai hieráticas de la Antigua Grecia. Pero aquí hay una explosión de colores fluorescentes, muy contrastados en los fondos y menos estridentes en los rostros. Esto no es Mars Attack!, es puro pop alienígena. Para Llimós la imaginación no es nada comparada con la realidad. Ahora, para el pintor imaginar es limitarse.
CRISTIANISMO VS. ALIENÍGENAS
“Vienen de toda la vida por aquí. Hay influencias de los extraterrestres por todas partes. Hay quien dice que hemos sido creados por ellos”, cuenta a este periódico el artista de 73 años, que ha rejuvenecido con estas insólitas visiones. Llimós es atrevido y aunque sea el único, no se siente solo: abre en su ordenador iMac de 21,5 pulgadas un par de imágenes de retablos medievales. Uno de ellos en el Museo del Prado.
“No sabemos cuántos cuadros debieron quemar la Inquisición para destruir las pruebas”, asegura. En una de las escenas del retablo aparece un arco celeste azul, del que asoman unos pies. “¿Lo ves?”. Lo que ve él es que esos pies ascienden pero no a los cielos, sino al platillo. Ahora muestra otra escena de lo que debería ser una adoración, allí están san José, la Virgen y unos haces de luz, que no iluminan o calientan al Niño. Pero no, el Niño Jesús sube a la nave, no es una adoración, es una adbucción.
“Me encantaría que los jóvenes siguieran esta tradición pictórica. Es una nueva pintura”
“Los historiadores del arte no saben nada, han leído la historia del catolicismo”. A los ojos de Robert han estado ahí siempre, aunque hemos preferido leerlo como iconografía cristiana, cuando era iconografía alienígena. “Me encantaría que los jóvenes siguieran esta tradición pictórica. Es una nueva pintura”, reconoce.
La obra de Llimós, más allá de las crónicas marcianas, es una reivindicación de la pintura, una reclamación de la vitalidad de la lengua muerta de las artes plásticas que se niega a desaparecer, que se resiste y se presenta como la única técnica posible para comprender lo que nos rodea. “¿No te has preguntado por qué no existen fotos de ellos? Los alienígenas tienen una fuerza magnética que neutraliza los dispositivos. Ellos sabían que yo pasaba por una crisis personal, tras la muerte de mi hijo, que no encontraba sentido a la pintura, que todo me parecía mediocre, que había perdido la fe en el arte, que sólo sirve para especular y decorar”. En este momento reniega de toda su obra anterior, al definirla como pinturas sin interés.
“La gente no me compra porque no quiere tener problemas colgados en su salón. Teóricamente estos personajes no existen. Hasta que la NASA no lo admita, esto no existirá. Ojalá fuésemos muchos más pintores haciéndolo, pero sólo se fijaron en mí para contarlo”. Ellos se fijaron en él por las dos esculturas que colocó en el puerto de Barcelona, dos cazadores de estrellas (Miraestels) flotantes, que en origen eran un homenaje a Joan Brossa. Un día, Llimós miró las estrellas y se encontró un platillo volante.
AMOR Y HONESTIDAD
No sabemos qué desenlace tendrá esta historia tan particular, la historia de amor de un pintor obsesionado por una relación de entrega incondicional, que le ha llevado directamente a la marginalidad y la sospecha, pero que no ha menguado su honestidad como pintor.
Y quiere explicarnos que han llegado para hacernos entender que la gasolina del universo es el amor entre dos. Porque esta historia de amor se revela en la pareja. No parecen tan distintos, quizá los marcianos seamos nosotros. El pintor hace parejas una y otra vez, como las que dice haber visto. En este caso, heterosexual. Una familia muy tradicional.
¿Cree en la pareja, Robert? “Sí, claro que creo en la pareja… aunque no sé si para todo el rato o para un rato”. Y ríe. Siempre ha contado con una persona a su lado, “menos desde que estoy con este tema, que tampoco tengo”. Su lealtad amatoria es con la pintura alienígena. La carne terrenal tendrá que esperar.
(FUENTE: elespanol.com)
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