Los hermanos Colón, los espías y el misterioso robo de los mapas

La carrera por posicionarse en la salida hacia el Nuevo Continente enfrentó a Portugal y España. Y los hermanos Colón sabían moverse bien entre ambos reinos.

Foto: La expedición de Colón en su llegada a La Española.
La expedición de Colón en su llegada a La Española.
ÁLVARO VAN DEN BRULE/ElConfidencial

En la confluencia de los siglos XV y XVI, varias escuelas de cartógrafospugnaban no sólo por la supremacía tecnológica en lo que adelantos se refiere, sino además, por la fama que les podía reportar el reconocimiento y en consecuencia, el apoyo de las Cortes europeas, banqueros, comerciantes o mentores de diferente pelaje. Destacaban por su proyección e importancia las escuelas de Dieppe, Lisboa, Génova, la Balear y Sagres entre otras; esta última, formada según algunos historiadores por personalidades científicas y técnicos ligados a la experimentada navegación oceánica portuguesa, inspirada por el infante Enrique el Navegante. Eran la creme de la creme, la flor y nata de los pilotos y cartógrafos lusos del momento y Portugal estaba a la vanguardia de la exploración en aquel tiempo.

Próxima al Cabo San Vicente, en el extremo suroccidental de la península Ibérica, en las costas del Algarve, en un fortín cuyas murallas tenían proporciones descomunales y que más que disuadir, avasallaban, eran guardados con celo y medidas de seguridad fuera de lo común algunos de los secretos más comprometidos de la navegación de la época. Hay que recordar que en este tiempo los mapas eran secretos de Estado por su importancia geoestratégica y militar.

Si bien era desde la próxima ciudad de Lagos de donde salían las numerosas expediciones de exploración y colonización hacia las costas africanas e islas atlánticas –antes de las capitulaciones y ampliaciones del Tratado de Tordesillas–, la existencia de la Escuela de Sagres llevaba todo el peso de la apuesta exploradora portuguesa, hasta que a partir de la muerte del infante Enrique (1460) declina, mientras es desplazada y casi finiquitada por el nuevo centro impulsor de los descubrimientos portugueses; la serenísima Lisboa, capital de una Portugal mayúscula y eterna.

La codicia que había despertado la escuela de Sagres por su hermético secretismo era el detonante de oscuras intenciones por parte de algunos comisionados para el espionaje puro y duro. Bastantes Cortes europeas andaban cortejando a los portugueses, mientras estos se hacían querer y de paso mareaban la perdiz.

Unas cartas naúticas de altura

Por aquel entonces aparece en escena un personaje más que polémico, que probablemente dará un giro copernicano a la historia de la navegación y quizás, a la Historia sin más. Se llamaba Diego Colón.

Ttambién llamado Giacomo Colombo, era uno de los cinco hermanos (otras versiones hablan de tres) del Colón mayor, el Colón de la fama imperecedera. También era menos ambicioso que su hermano Bartolomé, que era un depredador sin ambages, y tenía el atenuante de lo religioso con el acento de una peculiar mística personal. Dador, altruista, pero controvertido donde los haya, se llevó “sin querer” de los archivos de Sagres y de Lisboa, un número de documentos indeterminado en un despiste de los aparentemente desconfiados guardias; unos portulanos muy raros y unas cartas náuticas de altura, que describían un rumbo por un mar extraño. Le descubrieron sí, pero ya había puesto los pies en polvorosa, esto es, en España; o mejor dicho, en losReinos de España.

Documentos y secretos de Estado que hoy estaban aquí, al rato habían volado unos miles de millas más allá, como quien no quiere la cosa

Tanto Diego como Bartolomé como Cristóbal pasaron por la escuela de cartografía de Lisboa en algún momento, y todos se lanzaron a buscar financiación en Francia e Inglaterra –los dos primeros–, y el que sería finalmente el “Descubridor”, en la Corte de los Reyes Católicos. Aunque no hay pruebas contundentes del levantamiento de documentos, si hay probatura documental de la busca y captura cursadas por la Corona portuguesa y coincidencias en demasía como para eludir una lógica de indicios, que sumada, podría conducir a algo más que sospechas fundadas. Pero España tenía mucho interés en no colisionar con Portugal, pues la división de las áreas de influencia del mundo estaba a la vuelta de la esquina.

La carrera por posicionarse en la salida hacia el Nuevo Continente obraba milagros de traslación en el espacio-tiempo. Documentos y secretos de Estado que hoy estaban aquí, al rato había volado unas miles de millas allá como quien no quiere la cosa. En 1487, mientras Cristóbal negociaba con Castilla su proyecto, presenció en Lisboa la llegada triunfal de su tocayo, Bartolomeu Dias, descubridor del cabo de Buena Esperanza. Pero para entonces, el pieza de Bartolomé, el hermano de Cristóbal, ya se había presentado en las Cortes más fuertes de Europa con una carta náutica de altura que aun hoy se piensa que era una de las que había “perdido” el navegante portugués y por las que éste , lloraba amargamente.

La inhabilitación de los Colón

En su largo periplo por tentar la suerte, llegaría a Andalucía a finales de 1493, aunque su hermano, ya Gran Almirante de la Mar Oceana, había partido para su segundo viaje a Indias. Solo le quedaría la alternativa de seguirle con tres navíos llenos de provisiones hacia La Española. Su impecable pericia como piloto le acercaría al lugar donde su hermano ya enfermo descansaba.

Pero la cosa se estaba poniendo fea. Los desatinos en la gobernanza, los enfrentamientos entre bandos rivales, la presión de la Corte Portuguesa que se la tenía jurada y andanzas varias entre las que destacaban líos de faldas en abundancia, hicieron declinar su estrella. El pesquisidor Francisco de Bobadilla, que a la sazón andaba por allá con la clara idea de meterle mano al tema de una vez por todas, metió en la bodega de una nao a los tres hermanos juntos por si acaso y los puso rumbo a la península. Aunque a la llegada y desde el mismísimo momento que tocaron tierra fueron liberados del hierro que los atenazaba, el rey Fernando no les confiaría para los restos responsabilidad alguna; aunque luego el viento de la historia diera algún bandazo.

No se sabe a ciencia cierta quien descansó tras la inhabilitación de los Colón, si las féminas agraviadas, el rey aragonés harto de recibir quejas, los indígenas…o la escuela de cartógrafos lusa que a esas alturas no permitían acercarse a ningún español a más de un kilómetro de distancia de sus celebrados secretos náuticos.

Para el año 1514, el rey aragonés (Isabel ya había partido diez años antes hacia el Gran Viaje), levantaría la mano y permitiría a Bartolomé ir a descansar a La Española. Ese mismo año, la Parca actuaria borrando de entre los oficiantes de la vida a este controvertido almirante especializado en volatilizar lo ajeno.

Los hermanos Colón, tela marinera.

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