Huesos, dientes y espinas: reliquias en la «siniestra» procesión del Corpus

En la actualidad, la única que pervive es la Santa Espina, aunque llegaron a salir multitud de reliquias en el cortejo.

Lignum Crucis en el Corpus del siglo XVIII
Por MANUEL JESÚS ROLDÁN
Los cortejos de la procesión del Corpus y, más en general, los de las procesiones sacramentales, han sufrido notables variaciones en sus siglos de historia. Un análisis de las descripciones de los cortejos desde el siglo XV hasta nuestros días permite comprobar la desaparición de algunos elementos, desde la elevada presencia del clero regular en siglos pasados a la variedad de imágenes de hermandades y cofradías gremiales o elevada presencia de corporaciones civiles, así como danzantes, actores, músicos o figurantes revestidos de gigantes, cabezudos, figuras alegóricas y personajes grotescos que daban al cortejo un aspecto mucho más heterogéneo que el actual. Entre estas desapariciones, quizás como fruto del reflejo de la ciudad que constituye el Corpus, destaca la casi total ausencia de las reliquias, que en tiempo pasados debieron conferir al cortejo una singular apariencia.

El culto medieval a las reliquias se mantuvo y aumentó en tiempos del Renacimiento y especialmente en el Barroco, chocando con los ideales ilustrados del siglo XVIII, periodo en el que comenzó su declive, entre furibundas críticas como la que realizó, ya el siglo XIX, José María Blanco White. Según los estudios de los profesores María Jesús Sanz y de Vicente Lleó, las reliquias debieron incorporarse al cortejo del Corpus a finales del siglo XV, aumentando su importancia con el paso del tiempo. En la descripción del Corpus de 1532 ya aparecen seis reliquias, que llegarían a la docena en el siglo XVII, en tiempos del Abad Gordillo, siendo hasta trece en la descripción conservada de las tiras dibujadas del Corpus del año 1747. Eran llevadas en andas con relicarios, siendo acompañadas por capellanes, y debían dar un aire misterioso y hasta siniestro al cortejo, con huesos, dientes, y piedras históricas, de dudosísima procedencia y veracidad. La enumeración de su presencia permite imaginar un ambiente propio de siglos pasados.

Se iniciaba el cortejo con «una cruz del primer oro que vino de Indias con diferentes reliquias»,una pieza que formaría parte de un altar y que presentaba un pedestal, no conservándose en la actualidad. Le seguía un llamativo relicario con «una muela de San Christoval», sorprendente reliquia, de un incuestionable falso origen, ya que el propio San Cristóbal es una iconografía no reconocida por la Iglesia, al basarse en una simbólica leyenda, aunque se mantenga su presencia en grandes pinturas murales (en la misma Catedral) o imágenes, ya que su simple visión garantizaba su protección. A continuación procesionaban tres relicarios: «un cáliz de piedra de ágata de San Clemente Papa y mártir; y a un lado parte de la cabeza de San Laureano, Arzobispo de Sevilla y al otro huesos de San Inocencio». La difícil veracidad del cáliz del ágata de San Clemente (fue uno de los primeros papas de la historia de la Iglesia) se justificaría con su vinculación sentimental en una ciudad que fue reconquistada por las tropas cristianas en el día de su onomástica. Se conserva hoy en el tesoro de la Catedral las reliquias de San Laureano, en un busto de plata de tamaño natural que se fecha hacia 1737.

Seguía un «un arca de nácar y dentro de ella huesos y reliquias de diferentes santos», pieza que se conserva en la actualidad, de posible origen indio-portugués y cuya indefinición permite imaginar las curiosas mezclas de huesos y reliquias que se podían producir en siglo pasados. Gran efectismo barroco, por no emplear otras palabras, tendría la siguiente reliquia, «el brazo de san Bartolomé», que aparece dibujado con un relicario que simulaba brazo, mano y dedo extendido, otra dudosa reliquia del apóstol que fue desollado en las lejanas tierras de Armenia y bajo cuyo amparo se situaba el gremio de curtidores.

Seguían unas andas con tres relicarios identificados como de San Pedro Apóstol el central, y San Lorenzo y San Blas a los lados. Se conserva el primero de los relicarios en el tesoro catedralicio, una donación de un platero en el siglo XVII, así como los dedicados al Santo de la parrilla y al protector de las enfermedades de garganta.

Seguía en el cortejo un busto relicario de Santa Úrsula que debió tener gran devoción ya que existía en el siglo XVII, una representación de una santa que hay que poner en relación con la legendaria historia de las once mil vírgenes, algunas de cuyas reliquias se conservan, según la tradición, en el convento franciscano de Santa Inés. El relicario se conserva, tiene tamaño natural es de plata y bronce dorado, con decoración en el vestido de tipo manierista y corona de pedrería falsa, una pieza que fue donada por Don Enrique de Guzmán, segundo conde de Olivares, en 1635. Seguían dos arquetas con «los huesos de San Florencio Confesor de Sevilla», y «otra urna de plata y cristal los huesos de Santos Servando y Germán mártires», dos piezas de gran valor, primeros ejemplos del Renacimiento en la orfebrería sevillana, realizadas entre 1558 y 1559 por Hernando de Ballesteros el Viejo.

Seguían las excepcionales Tablas Alfonsíes, un tríptico con varias reliquias donado por Alfonso X a la Catedral en 1284, aunque era un pieza algo anterior. Es un auténtico muestrario de diversas reliquias que se situaban en una especie de maletín de orfebrería que se abría para su uso a modo de altar portátil, conservándose en la actualidad en exposición permanente en la sacristía mayor de la Catedral de Sevilla. Tras las tablas seguía el busto de San Leandro, arzobispo de Sevilla cuyas reliquias se conservan en la actualidad en la Capilla Real en una urna de plata del siglo XVI.

Tras los desparecidos danzantes, cerraba el desfile de reliquias el llamado «Lignum Crucis de Constantino», cruz relicario de oro que se conserva en la actualidad, una pieza originalmente regalada por el cardenal Alonso de Fonseca a comienzos del siglo XVI que fue reformada por Hernando de Ballesteros en 1562, con el añadido de un nueva cruz para contener la sagrada reliquia. La presencia del Lignum Crucis en el cierre del desfile se explica por la gran devoción que debió tener desde los primeros siglos de existencia de la procesión, siendo su reliquia la pieza más difundida por todo el orbe católico: se pueden encontrar supuestos fragmentos de la Cruz de Cristo en un infinidad de hermandades, parroquias o conventos de los más recónditos lugares…A continuación procesionaba un relicario con la Sagrada Espina que formó parte de la corona que colocaron a Cristo en la Pasión, una reliquia de gran devoción y de amplia distribución por la Cristiandad (la hermandad del Valle custodia otro posible ejemplar). Es la única reliquia que hoy se conserva en el cortejo del Corpus, aunque ahora sale en la llamada Custodia Chica, obra de Arfe que fue adquirida por el cabildo catedralicio al convento del Vado de Gibraleón.

En el siglo XXI sólo pervive la presencia de la Santa Espina en el cortejo del Corpus. Si la celebración del Corpus refleja algo de la realidad de la ciudad, es obvio que al sevillano actual no le interesan los dientes, huesos y objetos diversos que en tiempos pasados movieron a la devoción de los fieles.

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