Piden juicio para tres umbandistas que sacrificaron a un niño en un ritual

La “Mae Rosa” es Ramona Rosa Toledo tiene 53 años y nació en Corrientes. Ahora está presa en una celda de la Unidad Penal 50 de Batán y es probable que se quede allí un largo tiempo. Tal vez, en las penumbras de su calabozo, sufra algo peor que la falta de libertad: el acecho y el desamparo de los espíritus que invocaba, quienes solo esperarán el momento de la muerte para olvidarla del todo.
En otro sector de la misma cárcel está su hija Ivana (20), menos atormentada por lo místico y más atenta a las mundanas tareas de sobrevivir en el encierro. Acaso extrañe a su hermano Lucas (23) tanto como a su novio Diego Grollino (23), presos a un centenar de metros, detrás de otras paredes de Batán.
A Cristian Acha (32) no le molesta el aire de la cárcel porque es su aire. Se mueve con la tranquilidad y el conocimiento que le otorgan los años pasados en prisión.
Todos tienen por delante una vida entre rejas si se confirma con una condena ejemplar la investigación realizada por los fiscales Eduardo Amavet y Juan Pablo Lódola. Si la Justicia puede honrar con un fallo la vida de Uriel Cisneros (4), a quien los terribles tormentos que todos ellos le infligieron le causaron la muerte prematura. A Uriel lo encontró muerto un servicio médico de emergencias en una casa de Solís al 4700 en un estado de deterioro y lesiones inenarrables. Si hasta lo habían empalado. La llamada telefónica pidiendo una ambulancia la habían realizado Grollino e Ivana Toledo, quienes estaban a cargo de un niño cuya vida comenzó a escaparse en las ceremonias demenciales llevadas a cabo junto a los otros tres.
A principios de este mes de octubre el fiscal Lódola pidió la elevación a juicio de Ramona Toledo, su hijo Lucas y Acha, con la expectativa puesta en que le sea concedida del mismo modo que en septiembre del año pasado lo hicieron con Grollino e Ivana Toledo. Los padres de Grollino y la desamorada madre del pequeño Uriel, que lo entregó a esta secta umbanda para que hicieran con él aquello que les diera la gana y les reportara trascendencia espiritual, también deberán explicar sus responsabilidades laterales. En las más de 1.000 fojas de ambos expedientes –el segundo, enfocado al factor religioso- se detalla el accionar de esta banda inhumana que, en nombre de una fe, se apoderó de la existencia de Uriel Cisneros y dispuso sus padecimientos.
Un historia negra
Los sucesos que confluyeron en uno de los crímenes más horrendos que se recuerden en Mar del Plata en los últimos años tuvieron su inicio a mediados de 2010, en el ámbito de la religión Umbanda. Un hombre llamado Marcos Cisneros concurría a un grupo practicante de esa creencia afroamericana y en aquellas sesiones místicas conoció a Valeria Hernández. No fue necesario el aproximamiento lento y cortés. Ambos, potenciados por las libertades que ofrecían las ceremonias, desearon prontos encuentros sexuales y los consumaron. De ese lazo ocasional, sin compromisos ni mucho menos convivencia, nació el pequeño Uriel, quien recibió de su padre tan solo el apellido.
Poco tiempo después Cisneros formó una pareja y se fue a vivir a Buenos Aires, con lo cual el contacto con su hijo pasó a ser esporádico. En el verano de 2015, Cisneros regresó para trabajar en una playa y lo vio a Uriel, que ya tenía 4 años. “El nene estaba peladito, gordito, bien vivo…”, describiría ante el fiscal.
Para entonces Cisneros ya sabía que el pequeño había sido “regalado” -dos años antes- a Ramona Rosa Toledo, en condición de ofrenda. Valeria Hernández, que se consideraba hija de religión de la “Mae Rosa” y a quien un accidente en una mano le había hecho ganar el mote de “La Manquita”, lo entregó sin demasiadas reglas, y Uriel comenzó a pasar de “padrinos” en “padrinos”. La última pareja encargada de él resultó ser la compuesta por Ivana Toledo y Diego Grollino.
La secta estaba liderada por Ramona (“Roxana o Mae Rosa”) Rosa Toledo y se reunía en un templo de la calle 12 de octubre, pero las ceremonias más radicales y crueles (llamadas Desarrollos) las llevaba a cabo en la casa de Solís al 4700 y en una vivienda de Irala al 9600.
Cuando los conmovidos médicos y policías de la comisaría tercera encontraron el cuerpo de Uriel, percibieron que el esoterismo y los sacrificios -por inverosímil que aparentara ser la hipótesis- no eran ajenos a la muerte aquella: en la habitación había calaveras, restos de velas, alimentos y “cosas de macumba”, diría uno de los testigos.
Para la Justicia fue difícil entender lo que sucedió porque, para ello, debía indagar en el interior de lo que presumía una secta, en alto grado de certeza. Los dos primeros detenidos fueron, naturalmente, Ivana Toledo y Diego Grollino, acusados del asesinato del menor y de las torturas que la autopsia reveló: golpes, quemaduras de brasa y de agua, cortes, pérdida de cabello por haber sido arrancado, desnutrición y empalamiento anal.
También se procesó a la madre de Uriel por abandono de persona seguido de muerte con el agravante del vínculo materno y a los padres de Grollino, Saverio Grollino y Lidia Maidana como partícipes necesarios, ya que sabían y permitían que pasara la que pasaba.
Ellos solos no habían sido responsables. Mucha más gente había intervenido, cegados por la fantasía religiosa, pero tenían miedo de hablar.
Bruja poderosa
–Entienda que si usted no nos cuenta lo que sabe va a ser acusada de falso testimonio y va a quedar presa –dijo el fiscal Lódola a K.A. una mujer concurrente a las ceremonias umbanda.
–Mire doctor, prefiero estar presa a que la Mae me haga algún trabajo. Es una bruja muy poderosa.
Ese diálogo se repitió, palabras más o menos, entre distintos testigos y el cuerpo de investigación de la fiscalía Nº6.
El temor a las consecuencias de esa superstición se transformó en un gran obstáculo para saber cómo y por qué habían destrozado el cuerpo y la vida de Uriel. Magia negra, trabajos, una vida condenada a penurias… Frente al acecho de un castigo eterno, todos preferían la cárcel que, después de todo, algún día se termina.
Sin embargo, una paciente labor de persuasión se puso en marcha y al cabo de varios meses la fiscalía logró romper las cadenas de los miedos y obtuvo una declaración. Karen Aranda, quien era novia de Lucas Toledo, no soportó más la culpa y narró en detalle lo que fue la ceremonia en la que Uriel fue asesinado.
Su novio le dijo que se preparara que esa noche iban a ir al templo de Irala porque “se iba a hacer algo rápido y cerrado, para poca gente”. Dentro del templo, que en realidad era una casa precaria alquilada por los Toledo, estaban Ivana, Rosa, Diego Grollino, Cristian Acha y el pequeño Uriel. “Estaba como sin ánimo, tenía la manito quemada…”, dijo. Luego narró que que todos se vistieron para el ritual: Grollino con sombrero negro (“Eu não quero dois pés -gallo-, não quero um quatro pés -cabra-, eu quero um filito -niño-“); Rosa se puso una pollera larga roja con una remera roja y Acha se vistió de blanco con un sombrero de vaquero.
Se encendieron luces, se pusieron bebidas sobre una mesa (fresita, whisky, vino mistela) y Lucas Toledo comenzó a tocar tambores. A Uriel lo cortaron con cuchillos –Grollino decía estar corporizando a Sau Sechi da Lira- mientras lo sostenían de las piernas y ante semejante aberración Aranda pidió que lo dejaran. “Andá a cortarla a ella”, pidió la “Mae Rosa”. Aranda vomitó y eso fue una señal de que “se estaba haciendo mal el trabajo”. La ceremonia se interrumpió en esa noche del 10 de septiembre de 2015.
El niño, casi en estado de inconsciencia, fue arrojado al baúl del automóvil de Grollino y llevado hasta la casa de la calle Solís, donde lo estrangularon hasta matarlo.
Como si fuera un perro
Cuando los policías y el servicio médico encontraron a Uriel fallecido, Ivana Toledo y Diego Grollino no parecían preocupados. “Qué culpa tengo yo, imaginate si te prestan un perro y se muere no es culpa tuya”, dijo Grollino. De inmediato quedaron detenidos.
Gracias a la presión de la Justicia, varias personas relataron los tormentos que previamente recibió Uriel (“pedía por favor que no lo dejaran ir con Rosa porque le pegaba”), su franco deterioro en los últimos meses de vida y, por otro, lado, los métodos amenazantes de la secta para que nadie declarara. Incluso a una de las concurrentes, enterada ya del asesinato de Uriel, la “Mae Rosa” le robó su DNI a cambio de que no incriminara a Ivana. También se supo que a Uriel lo emborrachaban, que lo quemaban con habanos, que lo cortaban para quitarle la sangre y con ella hacer otros rituales, que la entidad de Grollino era Sau Sechi y que la de Acha era Tranca Rúas.
Mientras se encomiendan a sus espíritus, a los cinco, Ramona Rosa Toledo por instigadora, y sus hijos Lucas e Ivana, Diego Grollino y Cristian Acha por el aberrante homicidio, les espera lo que está más a mano de todos, con sus aciertos y errores: el poder de la justicia de los hombres.
(FUENTE: lacapitalmdp.com)
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