La no-fallecida

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Carmen Aguirre falleció un 6 de Septiembre. Repentinamente y tras una afección cardiaca murió en la cama del hospital donde era atendida. Fue rápidamente tratada por el equipo de emergencia del hospital pero sin ningún resultado.

El médico concluyó: «No hay nada qué hacer, la hemos perdido». Pero a los pocos segundos las constantes de la señora parecieron resurgir y volver a la vida, en ese momento fue retomada por el equipo médico y regresada al mundo de los vivos. Carmen nos relataba su experiencia contándonos que se encontraba en una esquina de la habitación observando cómo aquellos especialistas trataban de reanimar a alguien.

Había una gran agitación y en un determinado momento el médico dijo «no hay nada qué hacer, la hemos perdido». Todos sintieron un gran pesar e incluso un asistente golpeo la pared en un gesto de impotencia. Todos estos gestos que solo ellos pudieron ver fueron apreciados por esta señora de 82 años. A los pocos instantes se abrió una gran luz al final de un túnel en la ventana de la habitación y surgieron voces reclamándola al otro lado… eran voces familiares, conocidas, cariñosas. Carmen se dirigía plácidamente hacía aquella luz cuando de repente quiso volver junto a sus hijas que lloraban angustiadas en el pasillo del hospital al ser desalojadas ante tan delicada-grave situación.

Entonces regresó y sintió en la oscuridad las palabras agitadas de los médicos. Ya no recordó nada más hasta despertar días después junto a sus hijas. El cerebro sigue siendo nuestro inseparable y desconocido compañero. No sabemos si drogas naturales internas segregadas por el mismo provocan estado alterados de conciencia ante situaciones límite, percepción extrasensorial o simplemente mantienen nuestros sentidos abiertos y receptivos a estímulos e información mientras tiene en plácido estado la mente y el cuerpo del moribundo. Se puede deber a innumerables causas que no tiene por qué deberse a la llamada del más allá pero tal vez y ante la unanimidad de experiencias registradas el más allá, el otro lado, la otra vida o como quieran llamarlo sea una realidad más tangible de lo que muchos creemos.

¿Quién no ha sentido alguna vez de pequeño ante las historias de aparecidos y de fantasmas? Son muchas las historias, documentos, fotografías y registros de supuestas apariciones o fantasmas buscadores de un objetivo en la vida aún no cumplido o condenados a morar eternamente por los lugares en los que se desarrolló su actividad en vida.

Románticas ideas comparadas con aquellas más vanguardistas y pragmáticas que nos hablan de la carga psíquica de un lugar, casa, paraje o entorno. Campos de batalla que rememoran puntualmente la gloria vivida, casas que recuerdan las miserias de sus moradores, espectrales visiones de seres ausentes hace siglos que se empecinan en seguir en un lugar y entorno. Ir más allá de la vida es atravesar la frontera con la muerte para ubicarnos en el lado oscuro de las creencias personales de cada individuo, una vez transgredido este portal estamos abocados a la fe, creencias y supersticiones de cada persona, en un salto insalvable para todo aquel que no esté lo suficientemente preparado para admitir otras realidades, tolerar otras opiniones y respetar –sobre cualquier otra cosa– la fe de cada individuo.

Para muchos, las apariciones espectrales no dejan de ser más que las manifestaciones de los muertos con diferentes objetos (ayuda, avisos, mensajes…). Para otros son la realidad de otras formas de vida tras la muerte y para otros son manifestaciones de carácter parapsicológico como bien lo podrían ser las proyecciones mentales generadas consciente o inconscientemente. Dependiendo del nivel cultural, formativo, carácter y psicología de la persona, cada individuo reacciona de forma totalmente diferente a cualquier otra reacción, aunque el miedo sigue siendo el rey de las reacciones. Recogiendo un sabio refrán de mi tierra sobre apariciones, se impone aquello de «mejor creerlos que no verlos…».

Enrique Conde falleció hace tiempo en una localidad vecina a Sevilla, muchos lloraron la muerte de este ejemplar vecino mientras que se recordaban las bondades y aficiones de aquel que ya no volvería.

Ignacio se sintió muy afligido cuando una semana después de su muerte le informaron del destino de su amigo. Casi sin creer lo que le estaban diciendo se apuró en preguntar cuándo murió. «Hace una semana» respondió el sacerdote del pueblo, sin embargo Ignacio negó esa posibilidad argumentando que estaba siendo víctima de una macabra broma ya que Enrique Conde «me visitó ayer en la noche y estuvimos charlando casi por espacio de una hora». Evidentemente, Ignacio había hablado con el cuerpo no físico de su amigo Enrique que había dejado de existir días antes…

Fuente: Jose Manuel García Bautista / El Correo de Andalucía

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