El misterio de las tumbas de dos nobles anónimos de la Tebas faraónica

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Colina de Dra Abu el Naga, donde se han hallado las tumbas de funcionarios del Antiguo Egipto. F. CARRIÓN

Ambas sepulturas fueron localizadas en la década de 1990, pero no se habían desvelado los tesoros que sus dueños se llevaron consigo al más allá

Una bodega repleta de estatuillas, un mural lleno de jeroglíficos, fragmentos de ataúdes de madera y mobiliario funerario construido en oro

Más de tres milenios después de que las habitaran sus difuntos, el misterio aún se cierne sobre las dos tumbas cuyas entrañas ha desvelado este sábado Egipto en una ceremonia rodeada de la pompa habitual. Dos oquedades horadadas en una pedregosa colina de la orilla occidental de Luxor, la antigua Tebas, que sirvieron durante el reino Nuevo (1539-1075 a. C.) para el descanso eterno de altos cargos de la corte faraónica huérfanos aún de nombre y biografía.

Ambas sepulturas fueron localizadas y catalogadas como Kampp 161 y 150 por la arqueóloga alemana Friederike Kampp en la década de 1990 pero nunca hasta ahora habían desvelado los tesoros que sus dueños se llevaron consigo al más allá. Con su bodega repleta de estatuillas y restos de la colección, se hallan encaramadas en la colina de Dra Abu el Naga, un cementerio de nobles y altos dignatarios del antiguo Egipto plantado cerca del Valle de los Reyes, en la orilla occidental de la actual Luxor.

“No sé quién es su propietario pero en la 161 hemos hallado un mural maravilloso lleno de jeroglíficos que a mí personalmente me parece que se pintó ayer o hace un par de días”, relata el egiptólogo Mustafa el Waziri, director de la misión egipcia que ha rescatado su herencia. “Los muros fueron recubiertos posteriormente lo que permitió conservar los colores en buen estado hasta ahora”, arguye el experto.

La colorida obra asoma en la pared de la estancia rectangular que recibe al visitante, tras franquear una fachada de arenisca limpia de inscripciones. Intramuros, un nicho se abre en el centro de la estancia. El fresco faraónico que fascina al “mudir” (director, en árabe) exhibe dos celebraciones. “Una de las escenas muestra a un miembro de la familia del difunto, tal vez su hermano, que extiende sus ofrendas y flores al finado y su esposa”, relata el ministro de Antigüedades egipcio Jaled el Anani, encandilado también por “las tonalidades intactas” del hallazgo.

En la segunda de las representaciones, los invitados procesionan en una fila que encabeza el noble encargado de guardar el almacén. A falta de la identidad de su fallecido, las pesquisas reunidas en las pinturas y los objetos localizados apuntan a que el protagonista del enterramiento debió vivir a caballo de los reinos de Amenhotep II y Tutmosis IV.

Entre sus paredes, desperdigadas entre escombros, la expedición se ha topado confragmentos de ataúdes de madera entre los que figuran dos máscaras de madera, la parte inferior de un sarcófago con una escena de Isis, la gran diosa madre en la mitología egipcia, elevando sus manos y las cuatro patas de una silla de madera. “Se ha hallado mobiliario funerario, algunos construidos en oro; más de cuarenta conos funerarios y más de 500 ‘ushabti’ [una figurilla funeraria colocada en las tumbas del Antiguo Egipto con la creencia de que sus espíritus trabajarían para el difunto en la otra vida]”, reseña el ministro.

La Kampp 150, en cambio, conserva aún las huellas de un pasado más glorioso. La arqueóloga alemana inició su excavación pero se detuvo al alcanzar la puerta principal. En su patio todavía despuntan algunas pinturas con escenas de carpinteros ensamblando muebles y de un hombre arrodillado ofreciendo comida a cuatro bueyes. En su interior, tras un breve pasillo, se abre una habitación rectangular con dos oquedades, en el norte y el sur. Ambas albergaban dos sorpresas de las que presume la misión. “De la del norte hemos recuperado una estatua de casi 60 centímetros dedicada a ‘Isis Nefret’. Yo creo que se trata de la madre de propietario de la tumba”, indica El Waziri.

“En otra de las cavidades -agrega- ha aparecido una momia que está en buen estado de conservación en la misma posición que la estatua de ‘Isis Nefret’, con los brazos cruzados sobre el pecho”. Según el equipo, los exámenes preliminares sugieren que el finado, envuelto aún en vendas, podría ser “un alto funcionario o una personaje poderoso” de la antigua Tebas. En el inventario desempolvado, también se hallan un centenar de conos funerarios; una colección de 450 estatuillas talladas en fayenza (cerámica con un acabado vítreo), madera y arcilla; una pequeña caja de madera con forma de ataúd empleada probablemente para almacenar un “ushabti” de 17 centímetros de altura; y vasijas de arcilla.

Un cartucho del monarca Tutmosis I recuperado del techo de unas de las estancias de la tumba -reutilizada en la antigüedad- sitúa su construcción entre finales de la dinastía XVII (1580-1550 a.C.) y principios de la XVIII (1550-1295 a.C.). “Aquí el trabajo aún no ha acabado. En el lado derecho hay diez metros de profundidad y una cavidad en la que hemos detenido la excavación. Continuaremos hasta finales de mes. Yo confío en seguir descubriendo más objetos”, admite El Waziri.

De la identidad del dueño que una vez halló sepultura en su rocoso perímetro han aflorado al menos dos hipótesis. La primera musita el nombre de Djehuty Mes, un nombre localizado en uno de los muros. La segunda esboza el de Maati, un escriba cuya firma junto a la de su esposa Mehi se cita hasta en medio centenar de conos funerarios desenterrados de una de las cámaras.

“2017 ha sido un excepcional año de descubrimientos”, se jacta Al Anani. Desde el pasado abril la misión egipcia ha revivido a un puñado de residentes de Dra Abu el Naga, un promontorio que desde hace tres lustros ha puesto en el mapa el proyecto español Djehuty del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El primero en recuperar el hálito fue Userhat, un juez tebano, y una colección de decenas de estatuas, ataúdes y momias. En septiembre, fue el turno de resucitar a Amenemhat, un noble que portó el título de “orfebre” de Amón y que consagró su existencia a preservar aquellos objetos que rendían culto al patrón de la ciudad que acabó aupado a la cúspide del panteón de los deidades egipcias.

Los conos funerarios que han emergido -con nombres como Bengy, Ruru o el visir Ptahmes- alumbran, además, la esperanza de nuevos hallazgos y la fiebre de los egiptologos. “Sería interesante si apareciera la tumba del visir Ptahmose porque podríamos estar ante una tumba de grandes dimensiones y monumentalidad, con un ajuar importante y, lo que es más significativo para los científicos, un complejo funerario que presente información a través de sus textos, relieves e iconografía sobre la época y la vida de este señor”, murmura Antonio Morales, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y director del “Middle Kingdom Theban Project” que ausculta también el cotizado terruño de Luxor.

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