La espiritualidad de los incas del Tawantinsuyu

Muchas cosas que hay en el universo y el cosmos eran sagradas, dentro del cual estaba Wiraqocha Pachayachachic “dios hacedor del universo” como lo divino y parte integral del cosmos o de la realidad. En este cosmos está el Hanan pacha, no como cielo astronómico sino como orden cósmico del estrato superior y parte de él es Wiraqocha Pachayachachic. El Kay pacha es la realidad espacio-temporal, el aquí y ahora, el “espacio de la vida”.
El hombre andino concibe al cosmos como un conjunto integrado de relaciones, en un orden de correspondencia y complementariedad. Esa relacionalidad cósmica es sagrada y refleja lo divino. Por tanto, lo espiritual en una “relacionalidad sagrada” (Lozano Castro, 1968) tan importante para el hombre andino que por eso tiene que practicarla para que los demás aspectos tengan sentido. Es decir, esta relacionalidad es la espiritualidad, su función es ser integradora de los procesos que dan vida a la vida y al hombre mismo.
Para el hombre andino todo el universo es animado y, por eso, concibe que la inmanencia de lo divino está en el cosmos; es decir, en todas partes hay espíritus. Todo es sagrado porque forma parte del orden cósmico y divino, y toda relación es “espiritual” como nexo directo o indirecto con lo divino, puente de conexión con lo sagrado, razón por la cual adoraba a las montañas, las lagunas, el sol, la luna, la cumbre más alta.
José de Acosta dice, “finalmente, cualquier cosa de naturaleza que les parezca notable y diferente de las demás, la adoran como reconociendo allí alguna particular deidad”. “A este tono cualquier cosa que tenga extrañeza entre las de su género, les parecía que tenía divinidad, hasta hacer esto con pedrezuelas y metales, y aún raíces y frutas de la tierra, como en las raíces que llaman papas hay unas extrañas a quien ellos ponen el nombre de ‘llallahuas’, y las besan y las adoran” (Varios, 1996, 1976, 1968).
Bajo este principio de espiritualidad, cada una de las partes del cosmos y las chakanas representan el orden divino mediante el sistema holístico de la relacionalidad (Lozano, 1996) y un nexo de conexión podía ser la cumbre del cerro más cercano porque le servía de chakana entre el Hanan pacha y el Kay pacha.
Religiosidad andina
La espiritualidad es un conjunto de creencias y símbolos que el hombre andino tiene para entrar en relación con lo sagrado. Lo sagrado está cargado de poder, de ser y representa la plenitud de la existencia. Es un vivencia propia de algo profundo y trascendente.
Los incas creían en el espíritu de los cerros y del espacio como fuentes inagotables de energía “que como luz radiante nos invade con sus ondas benéficas para hacernos participar de la dulce danza cósmica” para que surja una nueva humanidad (Varios, 1999, 1996).
Por tanto, los habitantes andinos eran espirituales porque se relacionaban con lo divino de muchas maneras y una de ellas era practicando el culto al espíritu de los cerros, llamados ‘Apus’.
Es decir, eran de mentalidad sagrada y por ello practicaban ritos de fertilidad, de agradecimiento a las divinidades protectoras que vivían en lugares especiales llamados “lugares de encuentros sagrados”. Por este sentido de sacralidad denominaron a los sitios sagrados emanaciones de poder y energía, como wacas, que se convirtieron en divinidades locales, Guamán Poma las llama “huacabilcas” e indica que a estas wacas realizaban sacrificios, sin acostarse con mujeres y llevándolas desde le Huanacauri hasta el Pacaritambo.
En definitiva, la religiosidad andina estuvo vinculada a la energía del cosmos mediatizada mediante las chakanas en las cuales están las wacas. La waca es el espíritu de la tierra, de acuerdo a las circunstancias tiene un carácter benéfico y su lugar sagrado es fuente de energía. De allí surge la sacralidad de la tierra. La afirmación “pertenecemos a la tierra y la tierra es nuestra madre” refleja una verdad profunda de arraigo y vinculación especial a la tierra y una visión espiritual en forma colectiva.
Gutiérrez de Santa Clara, al referirse a la tierra, dice que “la tierra era la diosa”. Tocaban y juraban con los cuatro dedos de la mano derecha y alzaban la mano en lo alto al Sol y a la Luna diciendo “jullai annan pacha ynde, o annan pacha quilla” que significaba “juramento lo hago al sol o al hacedor de la gran tierra y de la luna”, (Burgos Guevara, 1995).
La vida para los incas era una espiritualidad porque había una sociedad sacralizada. Una forma espiritual de conexión, de purificación y meditación, de sacrificio, para tener derecho a la vivencia social comunitaria. Es decir, los incas practicaban y creían en el principio de unidad del cosmos con hombre/mujer, el principio cosmo teándrico en el que “lo divino, lo humano y lo cósmico son tres dimensiones reales y diferentes que constituyen la realidad” (Varios, 1995).
Toda esta filosofía en el campo espiritual fue consumada por la extirpación de idolatrías a comienzos de siglo XVII, realizado por misioneros como Arriaga y Avila, quienes destruyeron varios cientos de wacas y símbolos andinos, cuyo resultado a futuro fue la desestructuración del mundo indígena. El culto al Inca, basado en el culto a las wacas, desapareció con la muerte de Atahualpa, ya que el Inca encarnaba el centro de convergencia y de divergencia del sistema espiritual, el punto para restablecer el equilibrio entre los dos principios estructurales: Hanan y Urin.
Pese a todos esos procesos de evangelización y de colonización, hoy en día en muchas comunidades indígenas andinas y no andinas mantienen todavía ese sentido de identidad y espiritualidad, así manifiestan los líderes y ancianos de los pueblos de ocho países del continente americano reunidos en la ciudad de Chapala México en marzo de 2002, “los pueblos indígenas nos reconocemos hermanos, con una espiritualidad fundada en el respeto y el amor a la naturaleza y con esperanzas semejantes”.
Este sentido de la vida y su relación se manifiesta también en los Saraguros, quienes continuamos manteniendo nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos con las cosas divinas, concepciones que están implícitas en los diseños de la indumentaria y en las expresiones rituales como son las ofrendas florales, que requieren descifrar el significado semiótico.
(FUENTE: eltiempo.com.ec)

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