Mitos y leyendas de Andalucía

Mitos y leyendas de AndalucíaEn estos últimos años se viene hablando mucho de la identidad de Andalucía. Los estudiosos de las Ciencias Sociales, sociólogos y antropólogos, vienen, desde los años 80, revisando y preguntándose si existe realmente una cultura andaluza y hasta qué punto existe o no conciencia de nación en Andalucía.

El profesor Pedro Gómez, antropólogo de la Universidad de Granada, dice que para saber si hay o no una identidad andaluza habría que definir primero “identidad”, y él la define como “conjunto de esquemas y referencias socioculturales compartidos, constituidos por una conminación estructural; un trasfondo histórico y ecológico variable con respecto a otras, algunas de las cuales pueden pertenecer al mismo grupo de transformación, es decir, a la misma tradición común original o entrecruzada; identidad que debe ser apreciable, sensible e intelectualmente, en síntesis, por cierto aire, cierto sabor singular”. Dice el prof. Gómez que hay una serie de constantes o referentes permanentes en el tema de la identidad andaluza. Por una parte, el marco geográfico, que siempre ha sido el mismo, sus sierras, sus campiñas, sus mares, sus ríos. Y por otra parte la población, pues tiene una característica que es el constante trasiego étnico. No obstante, siempre ha habido modelos que se han ido integrando y se han ido adoptando como propios.

Otro estudioso, José Acosta, resume así las características de los andaluces: el andaluz tiene una visión universalista por el hecho de haber pertenecido a un lugar, una cultura, que es puente entre civilizaciones. Otro factor en el cual coinciden casi todos los antropólogos es el radicalismo revolucionario: gente montaraz, muy radical, pero que al mismo tiempo es capaz de un escepticismo político que hace que el pueblo se quede en cierta pasividad y tenga un cierto pesimismo sobre las posibilidades de triunfar, de alcanzar logros en la vida de todos los días.

Andalucía, además, fue raptada por Oriente, y siempre tiene una vocación orientalizante. Y por último, el predominio del realismo y la sensualidad sobre el misticismo.
Una visión un poco pesimista es la del catedrático de Antropología de la Universidad de Sevilla, Isidoro Moreno, que dice que hay en la historia de Andalucía un punto de no retorno en el surgimiento del capitalismo en el siglo XIX. Desde entonces el pueblo andaluz dejó de ser lo que era, ya que este sistema que se impone al final del siglo XIX le da a Andalucía un papel subsidiario, marginal, del cual no se puede liberar, dependiente de otras áreas con más capacidades de decisión. El pueblo andaluz se ha definido con dos rasgos que a mí me interesa subrayar porque coinciden con lo que dijeron los antiguos de los andaluces: por un lado, la tendencia a la personalización de las relaciones sociales, es decir, se huye un poco de la formalidad, hay una cierta no-creencia en el sistema imperante, y la defensa que genera el pueblo andaluz es personalizarlo todo.

Por otro lado, también se niega simbólicamente esa suerte de papel de subalternos que tienen los andaluces merced a una serie de formas culturales. Hay muchas costumbres andaluzas que son una forma de defenderse creando cierta autoestima. El gusto por la limpieza, por las casas encaladas, por los adornos florales, por esos jardines llenos de macetas, por ese cuidado hasta el mínimo detalle incluso físicamente de la gente, viene a ser una defensa ante esa suerte de estado de postración en el aspecto político y social. Otra negación simbólica de esa situación de subalterno se plantea en la generación de formas culturales, como por ejemplo las pequeñas sociedades, que proporcionan protagonismo social paralelo y a veces en contra del propio sistema; las cofradías, las peñas, las reuniones, los clubs, activan la vida en Andalucía y son fórmulas de socialización.

En los siglos XVII al XIX, cuando empiezan a ser grandes potencias Inglaterra y Francia, comienzan a interesarse por el mundo exterior, y en su afán expansivo, buscan el exotismo y llegan muchos viajeros extranjeros a Andalucía. Estos viajeros vienen buscando lo que quieren encontrar, y cuando regresan a sus lugares de origen, después de haber pasado bastante tiempo viajando, escriben las correspondientes obras de viaje, con descripciones que tratan de satisfacer el gusto de sus propios lectores. Poco a poco se va generando una imagen de una Andalucía romántica, donde hay bandoleros, donde las mujeres son muy ardientes y tienen rostros agitanados, donde hay ruinas sublimes de esplendores grandiosos de civilizaciones. Es una Andalucía misteriosa, enigmática, mágica, un poco de cartón-piedra, podríamos decir. A su vez el majismo del siglo XVIII, que se impone como reacción a la Ilustración, hace que surja ese fenómeno del casticismo que no ha dejado todavía de estar vigente. El andaluz, para sobrevivir, les sigue la corriente a esos fenómenos que vienen buscando exotismo, según el cliché acuñado desde hace tiempo.

Se folklorizan las manifestaciones culturales de Andalucía y se convierten muchas de ellas en mero espectáculo para aquellos que vienen a contemplarlo, buscando una compensación exótica a sus vidas. Decía Ortega que los andaluces somos muy aficionados a convertirnos en espectáculo. Actualmente, con la influencia de la T.V., que magnifica todo este fenómeno y frecuentemente lo desvirtúa, lo que llamamos cultura o rasgos de identidad andaluza están más en peligro de lo que pudieron estar en el siglo XIX con sus secuelas de explotación. Todo ello hace que tengamos que irnos a valores seguros a la hora de construir una visión del mundo, adentrarnos en lo que podríamos llamar el alma andaluza.

Una de las cosas seguras era recurrir a esos lugares mágicos, a esos “centros de poder”, como los llama Castañeda, donde se han establecido actividades humanas relacionadas con “lo sagrado”. Por otro lado, otro elemento seguro es la referencia a los mitos, fundamentalmente al mito de los orígenes. Decían las antiguas sociedades tradicionales que cuando se trazaba el relato de los orígenes, cuando se contaba cómo comenzaron las cosas, cómo se iniciaron aquellos primeros momentos del cosmos, ese era realmente el rito por antonomasia, puesto que de esta manera se conectaba con esa primera energía de los orígenes y las cosas volvían a comenzar. Había una renovación del tiempo sagrado que se levantaba por encima del desgaste del tiempo lineal, cotidiano o profano, y esa posibilidad de elevarse por encima de lo profano permitía volver a la energía primordial de los orígenes. Por ello, todos los ritos, de una manera u otra, tienen una referencia a sus orígenes.

Paredes Groso recurre a Hesíodo en la Teogonía y busca las referencias a Occidente, evidentemente pensando desde el mundo clásico. Andalucía era la tierra de Occidente y así fue mencionada por muchos autores y textos antiguos. Esa tierra de Occidente era un lugar tenebroso donde habitaban los más antiguos Dioses y donde incluso cabe la posibilidad de que se diera el escenario de la lucha de los Titanes en la gran guerra que produjo la nueva generación de Dioses. Ese mundo hesiódico del siglo VI-VII a.C. es una tierra tenebrosa llena de fantasmas, de seres terribles, oscuros, que incitaba un cierto pavor, un cierto miedo. Este autor identifica el río Guadalete con el Leteo; el río que hoy llamamos Guadalete fue llamado en algunos momentos “el río del olvido”, como uno de los ríos que estaban en el Hades, llamado Leteo porque al ser cruzado uno olvidaba lo que había sido en vida y empezaba su camino en el mundo de los muertos. Parece ser, según dice Estrabón, que los túrdulos fueron acusados en un momento dado de haberse olvidado de su origen, y por eso tenían un río que llamaban del olvido.

Estas coincidencias llevan al tema de las Hespérides. Cuenta Hesíodo que en los esponsales de Hera con Zeus, Rea le regaló a Hera unas manzanas de oro, y Hera se las confió a Océano y a Tetis, que habían sido como sus padres adoptivos y tenían un palacio en el extremo occidente. Esas manzanas son llevadas a este lugar que en los mitos clásicos es llamado las Hespérides, y una de esas Hespérides era Eritea o Eriteia, el nombre que los griegos daban en el remoto pasado a la isla de Cádiz, ya que en algunos textos había sido citada Cádiz como la tierra de Hera, la tierra que Hera amaba. Muchas de las vicisitudes que pasan a lo largo de la vida de la Diosa tienen este punto de referencia. En esa isla de Eriteia habrían estado las manzanas de oro y recogerlas habría sido uno de los trabajos de Hércules. Otro de sus trabajos, el de los bueyes de Gerión, también hace referencia a estas tierras occidentales. La teoría de Paredes es que responderían quizá a rivalidades de Imperios, de Centros civilizatorios que se disputaban el Mediterráneo y que estaban buscando un equilibrio entre los grandes Imperios del Mediterráneo oriental y este otro que estaba establecido en estas remotas tierras de occidente.

Otra fuente clásica es la del historiador romano Justino, que nos va a contar el mito de los orígenes de esta gran civilización llamada Tartessos, y a través de la definición de este mito de los orígenes, nos puede hacer ver esa concepción del mundo que en lo mágico-religioso pudieron tener los tartesios.

Justino nos habla de un período anterior, el cual estaría simbolizado en la figura de Gárgoris. Gárgoris gobernaba a su pueblo en un estado algo salvaje, semiprimitivo; no obstante había hecho algo muy importante: instruir a los curetes, que eran los habitantes de estos bosques tartésicos, en el cultivo de la miel, y además parece ser que estos curetes eran muy buenos ganaderos.

Pero Gárgoris comete incesto con su hija e intenta hacer desaparecer el fruto de este incesto, que es Habis. Hay dos pruebas fundamentales que tiene que superar Habis; lo lanzan al mar, pero se salva milagrosamente y aparece vivo de nuevo en la orilla, y lo envían a la selva para ser devorado por los animales salvajes. En este caso, es una gacela la que se va a encargar de alimentarlo, con lo cual le confiere una cualidad que tendrá toda su vida, y es la agilidad. Crece en contacto con la Naturaleza, y a pesar de estar en esa suerte de mundo caótico, Habis se presenta ante su padre y le reclama su derecho a ser nombrado heredero del trono. Viendo entonces Gárgoris en la supervivencia de su hijo una señal de que podía haber sido elegido por los Dioses, le nombra heredero suyo y, llegado el momento, Habis reina instituyendo una serie de normas civilizatorias. Dice Justino que les enseña a aquellos curetes a cultivar la tierra de modo que aquella forma civilizatoria, aún no demasiado concreta, de tipo ganadero, se convierte en agrícola. También dice Justino que reparte la población en 7 ciudades, les enseña a cocinar los alimentos e instituye también una serie de leyes de comportamiento sobre las cuales nada más se nos dice. Parece ser que cuando los tartesios descubren la forma de trabajar los metales, labran su propia muerte, puesto que los historiadores parecen hacer coincidir el declive de la civilización tartésica con la extensión del comercio de estaño para la fabricación del bronce. Ellos habrían podido mantener en secreto los orígenes de las extracciones del estaño y quizá esas alusiones a los peligros que entrañaba el occidente y la oscuridad de las noches, las medusas y gorgonas que había, podrían haberse orientado a desanimar a aquellos navegantes, tanto griegos como fenicios, a la hora de adentrarse por estas rutas.

Aquel esplendor y aquella riqueza, tan mencionados por muchas fuentes antiguas, poco a poco fueron perdiendo terreno ante los fenicios, hasta que llegaron, en tiempos de Argantonio, a hacer pactos por medio de los cuales perdían aquellas rutas comerciales. Ahí nació, según dice Paredes, la dependencia económica de Andalucía con respecto a otras potencias más seguras y más firmes. De todos es sabido hasta qué punto los fenicios habían organizado un sistema de financiación serio y consistente, y los tartesios no tuvieron más remedio que poner en manos fenicias las rutas comerciales del estaño, cosa que fue el principio del fin. No obstante, dice esta autor que los fenicios podían tener algún interés no solamente de tipo económico y material en este mundo tartesio, sino que, puesto que sus textos también hacían referencia a sus orígenes remotos en las tierras de Occidente, podrían estar buscando de alguna forma sus propias fuentes.

Hay algunos otros elementos que permanecen vivos entre nosotros y que han sido traídos a colación muchas veces a la hora de constatar estas relaciones del mundo civilizatorio antiguo de esta zona con otros pueblos de la antigüedad, tanto de Oriente como de Occidente. Es el caso de los rituales de algunas fiestas que, si bien en otras épocas de la Historia han encontrado una explicación muy clara en intereses de tipo político o religioso, no obstante han revestido formas originales y notablemente equivalentes a las de otros lugares en el espacio y en el tiempo.

Podemos citar en este sentido el caso de la tauromaquia o el sacrificio ritual de los toros, o la afición taurina de los andaluces tan comentada, a veces discutida. Ya es conocido el paralelismo que encontramos no sólo con los ritos cretenses que están documentados en numerosas cerámicas, sino también con el sacrifico que Platón nos relata en el Timeo y en el Critias, como homenaje a Poseidón.

Por otra parte, tenemos también el caso de las fiestas marianas, tan extendidas a lo largo de Andalucía, y la tan comentada tradición del Rocío. Hay solamente dos rasgos sobre el culto del Rocío que, más allá de sus apariencias externas, muchas veces criticadas, nos hacen pensar en su parecido a ciertos ritos de Eleusis. Se trata de los cultos en honor de Perséfone, que coinciden en el caso concreto del ritual de la aparición, a la hora del amanecer, de la Virgen en el exterior del santuario. Tanto en el Rocío como en muchas otras ciudades, cuando se hace la procesión de la Virgen Madre, se espera la salida del sol para hacerla visible y para salir del santuario y manifestarse ante el pueblo. Ese mismo rito se celebraba en Eleusis con Perséfone, cuando sale del mundo infernal, es decir, cuando termina su ciclo en el Hades y es devuelta a Deméter, precisamente en el momento de la salida del Sol.

Otra coincidencia con el Rocío consiste en que cada cierto tiempo se produce el traslado de la Virgen desde la aldea del Rocío hasta Almonte. La Virgen, vestida de pastora, está cubierta con una especie de saco o de capa. En los ritos de Eleusis, la virgen, en este caso Perséfone, no estaba vestida de pastora, pero sí los sacerdotes que la acompañaban, que eran los eumólpidas y que se vestían así para ese ritual específico. Precisamente en ese traslado de santuario, también la virgen Perséfone era cubierta con una suerte de mantillo. Dicen en el Rocío que se hace así para que la Virgen no se manche con el polvo de las marismas, lo cual no es una explicación muy convincente puesto que por la misma razón se va a llenar de polvo en las procesiones donde no va cubierta. En el caso de Eleusis, la virgen, llegado determinado momento, coincidiendo también con la salida del sol, era despojada de este manto que la cubría.

No es que yo defienda una continuidad a ultranza, puesto que es sabido que después de la dominación del Islam en Andalucía hubo un gran interés por parte de las autoridades eclesiásticas en que la devoción mariana fuese muy extendida, sobre todo después de la Contrarreforma. No obstante, las formas en que estas devociones se actualizan, de alguna manera, están llegando desde el fondo del tiempo, ofreciendo ciertos esquemas de esa forma de vida tan antigua, tan milenaria, que ha formado al pueblo andaluz. Ahora que se nos plantea este nuevo ciclo de la postmodernidad o del nuevo milenio, puede ser el momento para recuperar un poco esa memoria y para conocer que hay algo muy antiguo que vive en nosotros o en nuestro entorno cultural, y que por eso nos lleva a ser más respetuosos, más cuidadosos con esa tradición y con lo que hemos heredado del pasado.

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